Cristóbal de Aguilar: un sevillano discreto en la Córdoba colonial

Historia | Por Jaqueline Vassallo

No es para nada desconocido que Córdoba acoge desde hace años, gran cantidad de poetas. Desde tiempos coloniales la ciudad prohijó a quienes dedicaron su talento a la poesía, pero lamentablemente muchas de aquellas producciones no han llegado hasta nosotros. Tal vez, el nombre de Luis de Tejeda y Guzmán, conocido como el primer poeta nacido en el actual territorio argentino, concitó toda la atención y el estudio de su obra, que produjo en el marco de una apasionada existencia, teñida de aventuras amorosas, guerras y religiosidad.

Pocos saben, a decir verdad, de la existencia de Cristóbal de Aguilar, un poeta andaluz nacido en Sevilla, que llegó a Córdoba a mediados del siglo XVIII, aunque muchos de nosotros hemos leído su nombre una y otra vez, al pasar frente al Museo del Teatro y de la Música Cristóbal de Aguilar, contiguo al Teatro San Martín. A mediados del siglo XVIII, Aguilar ya se encontraba asentado en Córdoba de la Nueva Andalucía, muy lejos del río Guadalquivir y la Giralda de su ciudad natal, en una ciudad fundada dos siglos antes a la vera del río Suquía por otro andaluz, Jerónimo Luis de Cabrera. Por ese entonces, Córdoba era una ciudad edificada de manera uniforme, contaba con una universidad gestionada por los jesuitas, era sede del obispado y de una comisaría de la Inquisición, tenía varias iglesias, así como monasterios y conventos de monjas y sacerdotes. Una ciudad, que para un letrado como él, prometía fama y sustento.

En 1753 logró insertarse en la sociedad cordobesa, casándose con Josefa Pizarro, una mujer de la élite local, con quien tuvo 7 hijos. Se trataba de una sociedad jerárquica que se esmeraba en cuidar celosamente los espacios de poder y riqueza que las familias tradicionales habían heredado o alcanzado utilizando múltiples estrategias. Los cordobeses de entonces, según el parecer de un viajero inglés que pasó por la ciudad, tenían un carácter “cándido”, eran “malévolos y santurrones”. Las mujeres parecían “interesadas” y los hombres engañaban con “aires de beatitud”.

Aguilar combinó la escritura de poesía y teatro con su trabajo de notario mayor del obispado, y luego fue secretario del primer gobernador intendente de la jurisdicción, su “paisano”, el marqués Rafael de Sobre Monte y Núñez. Como secretario de Sobremonte, Aguilar fue parte y testigo de las numerosas transformaciones que se produjeron tanto en la ciudad como en la jurisdicción, como la reforma edilicia del cabildo, la construcción de defensas en el río para evitar que la ciudad se inundara, o la instalación de cañerías de agua y fuentes en distintos espacios de la ciudad. Sin olvidar que se empedraron varias calles, se mejoró el alumbrado público, y hasta se realizaron obras para un gran estanque en un paseo trazado en 1789, que hoy lleva el nombre Paseo Sobremonte. Aguilar también fue parte del grupo político de los “sobremontistas”, que dominó el cabildo de la ciudad durante varios años, y del que algunos de sus integrantes fueron acusados por la Junta de Mayo de 1810 de contra revolucionarios.

La suerte de Aguilar cambió luego que Sobremonte dejó el cargo en 1797, y si bien se concentró en escribir, la escasez de recursos llevó a su familia a vivir situaciones críticas. Incluso, se vio obligado a dar clases particulares, aunque sin mucho éxito. Dedicó poemas a la ciudad de Córdoba, a cuestiones de la vida cotidiana y costumbres de la época, así como de la vida política. Pero nunca olvidó su Andalucía natal, ya que le dedicó versos a la monumental Giralda, a la aldea de Brenes, y hasta a la famosa cerámica de la ciudad del Betis. Su obra poética y teatral se caracteriza por la moderación de un hombre del siglo XVIII, que fue crítico a las ideas de la Ilustración y resaltaba las bondades de una vida recatada.

A los personajes de sus piezas teatrales los hacía jugar en escenarios urbanos, insertos en familias tradicionales, portadoras de los valores religiosos que imponía el estado colonial. Ponía de manifiesto aspectos cotidianos, las diversiones a las que se entregaban los cordobeses, los alimentos que consumían y las ropas que vestían. Era amante de la música culta y de reuniones con amigos, en las que, en algunas ocasiones, se representaban sus piezas teatrales en la residencia del marqués, hoy museo.

Aguilar desdeñó desde sus escritos los “desbordes” que se producían en tiempos de carnaval, o la fascinación que tenían los cordobeses por los “juegos prohibidos”, a los que tanto empeño puso Sobremonte en controlar y criminalizar. Entre sus poemas podemos mencionar uno destinado a los presos de la Real Cárcel del Cabildo, la que seguramente visitó en varias ocasiones en su calidad de secretario de un gobernador que controló personalmente el ejercicio de la justicia durante los años que estuvo en el poder. Y cuyas celdas se superpoblaron debido a la aplicación de políticas de control social que implementó a partir de 1789: “Allá, cuando el sol sus brillos/ por las más altas almenas,/ apunta, suenan cadenas,/ esposas, cepos y grillos;/ las llaves y los rastrillos,/ de las puertas dan pavor,/ y los presos con dolor/ de su libertad perdida,/ tal vez maldicen la vida/ que los condujo a este horror.”

Cristóbal de Aguilar murió en 1828, en una Córdoba que se empeñaba en encontrar un lugar en el un nuevo orden revolucionario. Murió rodeado de hijos y nietos, muy lejos de su Andalucía natal y viendo que los Funes -los enemigos políticos de su grupo- gozaban de gran poder; en tanto que algunos de sus amigos llevaban un tiempo muertos: Victorino Rodríguez y Santiago Allende fusilados en Cabeza de Tigre por orden de la Junta en agosto de 1810, o el mismísimo marqués de Sobremonte, fallecido en Cádiz, un año antes.

11 Enero 2019
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