Bon que bon, viaje de ilusión

Urbanas | Por Lucas Gatica

“Entre Olmos y Maipú, de mi Córdoba querida/ hay justito en esa esquina, el barcito Bon que Bon/ donde nacen ilusiones con sonidos musicales/ y un cuarteto tocará en los bailes populares”. Así comienza el cuarteto “Bon que bon”. Letra a cargo del santafesino Aldo Kustin que Carlos La Mona Jiménez hizo famosa y que ya es un himno en los bajo fondos del centro de la ciudad. Un clásico.

En medio de la vorágine de los colectivos, trolebuses, camiones y motos está, como un faro, el bar Bon que Bon. Lo dicho: las avenidas Olmos y Maipú. De un lado la iglesia Nuestra Señora del Pilar, del otro, la Cantina Los Panaderos y, un poquito más allá, las milanesas infinitas del boliche La Perla. El Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de la Divina Comedia del Dante, todo junto en cuatro esquinas.

Nunca te deja a gamba, cuatro de la mañana y con hambre, seguro que “El Bon” está abierto para “lastrarse” un lomito, una mozzarella o tomar un simple café. Los precios no son los comunes de los bodegones populares, están un poquito por encima de ellos, pero, de todas maneras, uno puede sentarse a disfrutar sin pensar mucho en el mango y relajarse aunque el humo y el ruido de motores no contribuyan mucho.

Entre sus mesas se han sentado los grandes valores del cuarteto y sus paredes están adornadas con fotos de esos monstruos: Gary, Carlitos Rolán, La Leo, Manolo Cánovas, Rodrigo…

“¿Quién no ha venido al Bon que Bon?”, se pregunta el mozo del lugar cuando, justamente, le pregunto quién pasó por acá.

En una de las columnas que sostienen al local hay a tamaño real dos Monas Jiménez haciendo ademanes con los dedos de las manos, comunicándose en un esperanto a modo de señas.

La cueva de la víbora

Uno de los tantos lugares por donde estuvo la vieja radio LV-2 quedaba por la zona del bar. Por eso los conjuntos de cuarteto se reunían en ese lugar para hacer publicidades, cerrar fechas, contratos o simplemente para llevar a cabo tertulias. A partir de allí, el bar fue apodado por la jerga cuartetera como “La cueva de la víbora”.

Mientras la cerveza baja, la charla con el mozo continúa y sale la cuestión de la canción. Dice que “fue Aldo Kustin quien hizo la letra, la escribió sentado en aquella mesa -señala con la pera-, tenemos la original de puño y letra en un cuadro”.

Esa letra no fue la única de Aldo Kustin que tomó Carlos Jiménez para engrosar las canciones de sus más de 80 discos, también grabó “Cortate el pelo cabezón” y “Muchacho de barrio”, otros clásicos del género.

El deseo de Kustin era vivir por siempre en el bar. Amó el lugar y sus cenizas están ahí mismo, en una maceta. Su hijo, que también es músico, cada vez que viene a “El Bon” la riega, da una bendición y se va feliz, cuentan.

Aquel apodo de “La cueva de la víbora” quedó ya lejano. Hoy el bar es habitado por una fauna diversa: bancarios, comerciantes, locutores, vendedores ambulantes, cadetes, señoras que hacen tiempo y público de los bailes, además de los músicos habituales. Pero no solo de cuarteto vive el Bon que bon, dice su mozo. “Viene gente del folclore como, por ejemplo, Los Nocheros, Horacio Guaraní, Jorge Rojas”… rememora.

Hasta rockeros con remeras de Metallica han sido vistos aquí, agazapados. El bar ha cruzado las fronteras del tunga-tunga. Incluso, vienen turistas de todo el país a sentarse y disfrutar de un momento en el bar que exhala más de siete décadas del género popular cordobés.

Cerramos la conversación pidiendo un fernet con coca que para el aire del bar es imprescindible y nunca está de más.

“Ay barcito Bon Que bon con color de fantasía/ sos el punto de partida hacia un viaje de ilusión/ mediodías incansables, entre charlas y café.”

18 Enero 2019
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