BoJack y el encanto de nuestras miserias

Diario serial | Debret Viana

A mí me es arduo no identificar cierto agotamiento en la serialidad. Su propio éxito, su multiplicación, su rentabilidad devinieron pronto en ese recurso capitalista tan tedioso: la infinita repetición de lo mismo. Las gemas son excepcionales (“Twin Peaks”, “Better Call Saul”, etc.) y la norma son enlatados en masa que repiten fórmulas consagradas. Lo que atraía por ser dominio de los escritores se volvió excesivamente dependiente de la novela, y olvidó la responsabilidad que reclama la imagen.

Así los tantos, mientras las series se vuelven un sistema de variaciones sobre narrativas ya conocidas y más o menos esperables, creo con fervor que es en las series animadas donde está ocurriendo el verdadero salto narrativo. Alejadas desde hace tiempo de la larga servidumbre al entretenimiento infantil, ahora también se emancipan de la comedia para arriesgarse en géneros y relatos más singulares y más verdaderos.

La acotada lista de sublimes implica a “Final Space”, a “Rick & Morty” y a “Adventure Time”, pero ninguna me parece tan peculiar, tan visceral, tan pertinente y perfecta como “BoJack Horseman”. BoJack (Will Arnet, “Arrested Devopment”, “Batman Lego”, “Flaked”) es un caballo antropomórfico y miserable. Es un actor que la pegó con una serie en los ´90, una especie de “Grande Pa”, de muchísimo éxito pero cero prestigio, y ahora hace 20 años que viene haciendo la plancha, en su mansión en las colinas de Los Ángeles, en un largo cóctel de alcohol, drogas y pereza. Vive con un amigo idiota, Todd (Aaron Paul, “Breaking Bad”), tan hipercreativo como absurdo, humano, aunque la serie está plagada de otros animales antropomórficos (los paparazzi son pájaros, el conductor del noticiero una ballena, su agente una gata y su archienemigo un labrador).

La trama de la primera temporada pasa por un intento de dar un golpe maestro y volver a la gloria: publicar su autobiografía que lo revelaría como un capo total, pero que está siendo escrita por una “ghost writer” (Alison Brie, “Community”, “Mad Men”, “Glow”) a quién quiere impresionar - o seducir, a pesar de que es la novia de un amigo- pero que ve el ser miserable y atroz que es, y lo va retratando de un modo despiadado. Nada de todo esto es importante. Se trata apenas del marco estructural que contiene una sucesión permanente de genialidades.

BoJack puede pensarse como la narrativa de la infinita falibilidad de nuestros vínculos, o de cómo gente que está lastimada lastima a otra gente, una y otra vez. Enmascarada al principio como una comedia, BoJack va lejos y va fuerte, volviéndose por momentos un dramón tan severo y tan interpelante que nos colma con la sensación de estar experimentando lo verdadero, porque el único realismo que nos queda es el que nos llega a través de los artificios que lo fabrican -o lo revelan.

Entonces BoJack no trata sobre un actor en Hollywood, sino sobre cómo nos relacionamos, sobre la soledad y sobre no poder estar solo, sobre el amor, el naufragio del amor, la inexistencia del amor, sobre querer amar y no poder, o no saber cómo, o hacerlo demasiado tarde o demasiado fuerte o demasiado mal, sobre las maneras en que nos acercamos y nos alejamos, las maneras con las que lidiamos con todo lo que hicimos mal, con el modo en que todo eso vuelve o está siempre alrededor, sobre cómo todos estamos d algún modo averiados y acarreamos esa avería para todas partes.

Y todo esto sin tragedia, sin grandilocuencia, sin melodrama lacrimógeno, pero sí con una fuerza impactante, con un guión admirable y con mil líneas que si fuese una novela subrayaríamos con pasión y quisiéramos recordar y citar.

BoJack Horseman es de Netflix, el creador y escritor es Raphael Bob- Waksberg y lo dibuja Lisa Hanawalt. Ya van cinco temporadas y es una de esas pocas series cuya vitalidad no decae entre la segunda y tercera temporada: al contrario, alcanza cada vez más vigor, más madurez y asesta golpes de una profundidad cada vez más honda, dejándonos al borde del llanto, con una sensaciones que oscilan entre la miseria de estar vivo y la poesía con la que eso nos fue mostrado (poesía con la que también se vislumbran destellos de lo poco que vale la pena).

A tal punto BoJack está lejos del desgaste natural de una serie longeva que fue en esta última y quinta temporada donde tuvo lugar el episodio “Free Churro”, quizás el mejor de la serie, y probablemente el mejor de la historia de una serie animada, comparado en relevancia por muchos críticos con el célebre e inagotable capítulo 8 de la tercera temporada de “Twin Peaks”.

Inenarrable, inasible por la reseña, “Free Churro” es un capítulo que no hay modo de asimilar salvo experimentándolo. Sin ribetes, sin una complejidad excesiva y sin manierismos oníricos, el capítulo es un monólogo del protagonista, a una audiencia que no vemos, en el (spoiler alert) funeral de su madre: una eulogía/stand-up de media hora, sin otros personajes, sin que nadie hable, sin contraplanos, solo una voz que discurre entre el horror y la comedia, entre la confesión y la poesía, entre el patetismo y la filosofía, con una escritura y una interpretación vocal de Will Arnet que cala el hueso. Yo la vi cinco veces y todavía no la asimilo del todo: es el tipo de rarísima cosa que cuando termina volvemos a la realidad pensando acabo de ver algo importante.

La sexta de BoJack comienza en septiembre: hay tiempo para maratonearla y para hermanarnos con el encanto de nuestras miserias reflejadas.

01 Febrero 2019
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