Papá se mueve poco

Laboratorio de padres | Marcelo Lucero

Entre los muchos regalos que ofrece la paternidad nos encontramos con nuevos dolores, hernias, malas posturas, rigidez, panza, calvicie y canas. Si no nos cuidamos desde ahora, dentro de 40 años seremos una bolsa llena de quejidos y gritos de dolor.

Con respecto al ejercicio necesario para ¿conservarnos? Ricardo Nickels, un profe de educación física de esta ciudad especializado en adultos mayores, dice que la muerte es la quietud total y que la forma de luchar contra ella es a partir del movimiento. A medida que uno está más cerca del cajón, se mueve cada vez menos, hasta que logra entrar en él y se queda quietito para siempre.

Entonces, una buena estrategia para vivir mejor quizás sea jugar a la par de nuestros hijos, ya que todo el día se están moviendo demasiado para nuestro gusto.

Palabras clave:
ayúdame a levantarme, despacito, Marta llamá al médico.

La niñita, mi hija, va corriendo por la trágica vereda cordobesa hacia la panadería. En un momento mira hacia atrás y me dice: “¡Apurate papá, no llegamos!” y tropieza con una baldosa terrorista salida de lo que uno supone que es su lugar. Ella se desarma en el aire, junto las florcitas violetas que arrancó de algún yuyal en el camino, y se hace pelota contra el piso.

Luego de una caída puede ocurrir que se largue a llorar desconsoladamente o que se levante y siga como si nada. Su reacción dependerá de lo entretenida que esté y el sueño que tenga, más que del dolor del impacto. Ella se queda tres o cuatro segundos infinitos arrodillada. Le mete suspenso a la situación. Pero finalmente se levanta, dice “no fue nada” y sigue corriendo renga.

Atrás voy yo, con los 11 muñecos que ella seleccionó cuidadosamente cual Menotti en el ´78 para que nos acompañen a comprar un cuarto de criollos. Camino lo más rápido que puedo para que la chiquita no se me vaya tan lejos y no me cruce la calle sola. Curiosa forma de correr nos regaló la evolución a los padres: damos pasitos cortos y acelerados, con el cuerpo rígido y los glúteos apretados para que no se nos muevan mucho las tetas y la panza, y no se nos caigan las prótesis sociales como los lentes, la billetera y el celular.

Tras la compra de los criollitos de hojaldre calentitos volvemos a casa y me siento frente a la mesa para comerlos, pero ella me dice “papi, los comamos en el piso, así podemos jugar mientras tanto”. Me canso de tan solo imaginarme bajando hasta allá y después subiendo otra vez hasta acá arriba, a 1,80 metros de altura. Hay una edad en la que uno empieza a pensar que tiene una edad y la empieza a usar como excusa para dejar de hacer todo lo que le da fiaca.

Ella me mira ansiosa e intenta entender por qué tardo tanto para hacer algo tan simple. “¡Dale, papi!”, me agita. Yo comienzo mi descenso, mi derrumbe, mi caída, mientras escucho crujir mis rodillas y siento cómo mis cortos ligamentos tensan peligrosamente distintas partes de mi cuerpo, a la vez que ensayo una sonrisa que me ayuda a ocultar mi mueca de dolor.

Conclusión:
el que se queda quieto, pierde.

13 Marzo 2019
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