Situación de la comunidad sorda en vísperas del Congreso de la Lengua

Rumbo al Cile | Por Cezary Novek

La primera mención que hace la historia al término “sordomudo” se encuentra en el código Hammurabi (Babilonia, 1760 aC). En ese entonces se lo utilizaba como sinónimo de “idiota”. Para las leyes de Manú (India, 1500 aC), no estaba permitido que las personas sordas tomaran decisiones legales ni participar activamente de la sociedad porque creían que habían pecado en la vida anterior. En Esparta, los sordos eran arrojados desde lo alto de una montaña cuando aún eran niños. En la Grecia clásica, el ideal de perfección y belleza excluía cualquier diferencia, razón por la que los niños con capacidades diferentes se podían utilizar en sacrificios humanos. El derecho romano los excluía de los derechos ciudadanos, otorgándoles el mismo lugar que a los locos. Los niños no oyentes terminaban abandonados en las plazas públicas. Los egipcios sólo les daban valor como esclavos discretos. Durante la Edad Media se los consideraba un castigo divino y eran abandonados por sus padres en lo monasterios: fue precisamente allí donde los monjes comenzaron a observar la manera en que los sordos se comunicaban entre ellos; fue por esa época que se creó el primer alfabeto manual.

Uno de los eventos más significativos para la educación de las personas sordas fue el Congreso de Milán, de 1880, donde se planteó la oposición entre educadores oralistas y los que bogaban por el uso de la lengua de señas. Este congreso significó la prohibición del uso de cualquier modalidad viso-gestual en la educación de los sordos, quienes quedaron sumidos en la total discapacidad.

Las posturas que existen en torno a la concepción de la sordera son dos. La perspectiva médico-clínica, que es la que ha prevalecido más tiempo, se conformó en Europa a partir del XV. Esta concepción entiende al sordo como discapacitado, ya que carece de una capacidad fundamental: la del lenguaje. En sintonía con esta idea, se los obligaba a emitir algún tipo de sonido aunque no pudieran, mediante adiestramientos muy crueles. Hasta la década del ’60 no se consideraba a la lengua de señas como lengua, sino como simple mímica de las lenguas orales.

A partir de 1960, un lingüista estadounidense –William Stockoe– a partir de los principios estructuralistas, que ya venían en boga desde mucho antes, estudia estructuralmente la lengua de señas y afirma el carácter verbal de la lengua de señas. Aquí surge la otra perspectiva de la sordera: la psico-socio-lingüística. En ella, se considera la existencia de muchas lenguas de señas alrededor del mundo, que han vivido, a través de sus hablantes, al igual que las lenguas orales. Pero son lenguas diferentes en lo estructural y tipológico.

De alguna manera, lo que esto viene a romper es la concepción de que lo verbal está ligado a lo oral. Ya que una cosa es lo oral en términos de modalidad de una lengua, como las lenguas orales, que se manifiestan a través del canal auditivo oral. Y otra es la diferencia entre oralidad y escritura. Este nuevo planteo, entiende al sordo como hablante de una lengua de diferente modalidad: la lengua de señas. En este sentido, las lenguas de señas desafían la hegemonía del sonido.

Según datos difundidos por la Federación Mundial de Sordos, y por la Organización Mundial de Salud (OMS), en el mundo existen 72 millones de personas sordas. La mayoría de ellas viven en países subdesarrollados donde por razones económicas, las autoridades, tienen grandes dificultades para atender sus necesidades. Sólo el 17% de las personas sordas del mundo puede acceder a la enseñanza, pero tan sólo el 3% recibe educación bilingüe, lo que muestra que todavía estamos en falta con esta comunidad lingüística minoritaria. Hasta ahora, 40 países del mundo tienen legislaciones que reconocen la lengua de señas como lengua natural de las personas sordas.

La mayoría de los sordos son analfabetos, primero, porque pretenden enseñarles una tecnología cultural, como es la escritura, pero que representa una lengua que no les es propia, ni se identifican culturalmente con ella (la lengua oral es la lengua dominante que representa a la cultura escrita, de la cual no forman parte, porque se vinculan desde otro lado: lo visual).

Para la comunidad sorda, cuerpo/lengua de señas, se transforma en un terreno de tensión y conflicto. Porque el cuerpo se hace lengua, pasa a ser la dimensión impúdica de la oralidad tanto en lugar de simbolización, en donde espacio, mirada y tacto se despliegan en una vivencia lingüístico simbólica genuina y en la que se desarrollan los propios modos de vivir el lenguaje.

13 Marzo 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar