El sueño de la sociedad de los iguales

Historia
El “domingo sangriento” del 22 de enero de 1905, inició el ciclo revolucionario ruso, continuado en 1917. Tras el fracaso del “socialismo real”, estos episodios continúan siendo poderosos y objeto de debate para distintas corrientes de izquierda
por Gabriel Di Meglio


“Acudimos a vos, Oh Majestad, en busca de justicia y protección”, sostenía el petitorio que una multitud de “obreros y habitantes de San Petersburgo” intentó hacer llegar al zar Nicolás II el 22 de enero de 1905. “Somos pobres, nos oprimen, nos cargan con un trabajo excesivo, somos tratados despectivamente.” Muchos de esos hombres, mujeres y niños creían que el soberano los ampararía. Pero al llegar al Palacio de Invierno los manifestantes fueron baleados por las tropas zaristas y decenas murieron. El sacerdote Gapón, que estaba al frente de la multitud, cerró ese “domingo sangriento" a los gritos: “Ya no hay Dios. No hay zar”.
La respuesta popular fue la revolución. Hubo huelgas espontáneas en San Petersburgo y más tarde los trabajadores formaron un consejo para dirigir la huelga general, el “Soviet”. A la vez, miles de campesinos atacaron propiedades de la nobleza, miles de soldados se amotinaron. Todo el país entró en rebelión. Al cabo de un año, después de algunas concesiones del régimen y de una fallida insurrección en Moscú, triunfó la represión y se reinstaló el orden zarista. No obstante, 1905 fue solo el comienzo y se liga directamente con su exitosa sucesora: la extraordinaria revolución de 1917.
Ambos episodios son fundamentales para las diversas tradiciones de izquierda. Tras el derrumbe de la URSS, se impugnó “in toto” a la revolución como alternativa política, se convirtió para grandes mayorías en un fallido sueño del pasado (para otros nunca hubo tal sueño, ya que una hábil operación ideológica liberal condena a la revolución como un conducto necesario a la dictadura). Por cierto, si bien el “socialismo real” demostró que los recursos alcanzan, que todos pueden educarse, curarse y contar con una vivienda, ello no compensa sus grandes males: anulación de la libertad, persecución de opositores, imposición de un pensamiento único, reemplazo de la explotación a manos de la burguesía por la explotación a manos de la dirigencia del Partido Comunista.
Hubo quienes culparon del desastre al giro impuesto por Stalin, continuado por Mao: líderes totalitarios, planes de transformación económica que provocaron millones de muertos por hambre, degradaciones y matanzas de otros revolucionarios, persecución de disidentes y de minorías; en el primer caso, además, una expansión de corte imperialista…
Frente a esto, fracciones que no gobernaron ningún estado, trotskistas en particular, pudieron reivindicar el legado leninista, tergiversado por sus sucesores. Hay varias defensas recientes de la figura de Trotski (por solo citar una, el interesante “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura). Acuden a su brillante perfil teórico, a la empatía que generan la persecución que sufrió y su horroroso asesinato.
Pero suelen destacar menos que cuando Trotski estuvo en el poder en la URSS nada aplicó de las ideas democráticas que pregonaría una vez derrotado: apoyó la prohibición de las facciones internas al partido y la creación de la terrible policía secreta, impulsó tras la guerra civil la militarización de las fábricas para controlar a los trabajadores y dirigió la feroz represión de los marinos revolucionarios de Kronstadt en 1921, cuando reclamaban que el poder fuera de los soviets, no del partido.
De ahí que para muchos el problema no estuvo en la “desviación” estalinista sino antes. La fabulosa revolución que hicieron los soviets de soldados, obreros y campesinos rusos en 1917 empezó a terminar a mediados de 1918, cuando los bolcheviques se apoderaron de ella.
Hoy, cuando los clivajes del siglo XX no son los que priman en las relaciones internacionales y el choque entre los mundos “occidental” y “musulmán” acapara los focos, la primacía del capitalismo continúa generando una esfera de izquierda. Para ella, revisar la experiencia rusa anterior a la victoria total de Lenin, es decir la que va entre 1905 y 1921, es muy provechoso para establecer filiaciones. La tradición menchevique es útil para los reformistas que busquen retomar el sendero de una socialdemocracia “real” –como la sueca de Olof Palme- y no la farsa de los socialismos a la española o francesa, que abandonaron las posiciones de izquierda. También tiene mucho para decirle a otras tradiciones transformadoras, como las que se han dado en América latina en años recientes. Y para quienes creen en el camino de la revolución, otras corrientes, como la de los socialistas revolucionarios de izquierda (el partido mayoritario en Rusia en 1918, antes de ser destruido por los bolcheviques), la de los “tolstoianos”, y, sobre todo, la autogestión y la acción popular de base, fundamentales en 1905 y en 1917, pueden ser más estimulantes que las versiones tradicionalistas del comunismo, el trotskismo y el maoísmo.
La contundente victoria capitalista de 1989-1991 dispersó a la izquierda pero también le abrió otras perspectivas. Algunos la encuentran en la recuperación del Estado y la resistencia a la ortodoxia de una parte de América latina en el albor del siglo XXI, otros se identifican con la línea anticapitalista del “altermundialismo”. Hay quien se entusiasma con figuras como Assange, o ven con optimismo el gran triunfo de Syriza en Grecia.
Es que quienes anhelan un mundo sin explotación, siguen y seguirán buscando caminos tras el estrepitoso fracaso de la experiencia bolchevique. Mucha izquierda puede considerar hoy al “¿Qué hacer?” de Lenin más una pieza de museo que una guía de acción, pero eso no quita que se siga emocionando cuando suena “La internacional”, o que recupere otras formas y otros momentos de lucha por el eterno sueño de acercarse a la sociedad de los iguales.

© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar