Tribulación macrista

Tribulación macrista

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PANORAMA

De pronto, la estantería opositora tembló. Nos parece que por una “causa mistonga” –como dice el tango-, pero realmente tembló. Y desde su interior, así como desde su entorno mediático, surgieron voces de alarma y consejos de cambiar la estrategia antes de que el traspié del domingo pasado se convierta en debacle. Pero veamos: ¿qué pasó el domingo? En el ballottage de la ciudad autónoma de Buenos Aires ganó Horacio Rodríguez Larreta, el delfín de Mauricio Macri quien es, por lejos, el más destacado candidato de la oposición política y mediática para derrotar al kirchnerismo luego de doce años en el gobierno nacional. Bueno, ganó el candidato de PRO, lo que estaba señalado desde hace meses y por supuesto antes de las PASO porteñas en las que el candidato kirchnerista, Mariano Recalde, quedó en un lejano tercer puesto. Diríamos que todo fue dándose de acuerdo con la “normalidad” de este proceso preelectoral en el que las internas abiertas promueven la transparencia pero al mismo tiempo dejan espacio para que la iniciativa de algunas estructuras partidarias saque ventaja de ellas. 

 
Empero, el domingo por la noche no hubo gran festejo por el triunfo de Rodríguez Larreta. La celebración estuvo bastante apagada y no hubo baile del Arlequín, ese desaforado ritual al que nos tiene (muy a pesar nuestro) acostumbrados el mandamás del PRO. La culpa de ese ambiente mustio fue la escasa diferencia que el ganador le sacó a su rival, el ex ministro de Economía Martín Lousteau: apenas unas chirolitas más de tres puntos porcentuales; es más, si no fuera por los votos en blanco podrían haber terminado empatados. La sensación de fracaso se apoderó desde ese momento del variopinto conglomerado opositor, y horas después el diario La Nación, a través de uno de sus columnistas más destacados, le recomendaba a Macri un cambio de estrategia. No nos meteremos en el sentido de ese cambio, ni en el de otros que seguramente se siguen discutiendo en el PRO y sus alrededores, sean del ámbito político (Sanz, Carrió, etcétera), del empresarial (el siempre difuso círculo rojo) o del mediático (los medios de difusión concentrados y hegemónicos). Anotaremos solamente ese hecho singular que pone un signo de interrogante en la campaña opositora. 
Si un error hubo en la campaña del PRO, parte de la condición de súper jefe que tiene el ingeniero Macri. Lo señalábamos en relación con la frustración de la alianza con la UCR y el Frente Cívico en esta provincia, cuando Macri impuso su voluntad sin tener en cuenta cómo se iba a trasladar su orden hacia los planos medios de esos partidos.
 
Parte de la UCR  abandonó al candidato a gobernador porque Ramón Mestre fue desplazado desconsideradamente, y el Frente Cívico, además de sufrir una división, no termina de definirse respecto de la candidatura de intendente de Luis Juez. Ese manejo discrecional también parece haber incidido en la estrechez del triunfo de Rodríguez Larreta. Da la impresión de que muchos votantes independientes que habitualmente ponen en la urna la boleta del PRO, esta vez derivaron hacia Lousteau, un candidato joven cuya simpatía creció cuando surgieron evidencias de una campaña sucia para perjudicarlo, surgida de las filas del macrismo de paladar negro. El electorado porteño tiene sus exigencias, y eso lo saben bien los peronistas; parece que esa condición no fue totalmente advertida por los responsables de campaña del PRO.
El jefe también impuso a María Eugenia Vidal como candidata en la provincia de Buenos Aires, por lejos el principal distrito electoral del país. Tampoco parece que la elección “del dedo” haya sido un acierto.
 
También tuvo su incidencia en este proceso la importancia que se le dio desde el macrismo a la candidatura de Rodríguez Larreta y paralelamente la escasa importancia adjudicada a Lousteau y su grupo, que, de cualquier forma, eran socios en el armado opositor en el que se le negó el acceso al Frente Renovador de Sergio Massa. Ninguna de esas decisiones transmitió la idea de una formación con aspiraciones de sumar voluntades para asegurar una victoria en octubre y con ella la posibilidad de realizar el famoso cambio. En pos de esa mayoría contundente en el ballottage de la Capital Federal, Macri abandonó parcialmente su campaña por la presidencia, lo que contribuyó a generar cierta confusión en el electorado que naturalmente lo sigue por convicciones ideológicas. Si no se hubiera caído en esos errores de apreciación, es muy posible que el resultado que arrojó el veloz escrutinio del domingo último no habría tenido el impacto que ahora conmueve al aparato macrista.
 
Para colmo, en su discurso desde el búnker del PRO, Macri se preocupó en ratificar que si es presidente Aerolíneas Argentinas no sería nuevamente privatizada y que se preocuparía sólo de que sea bien administrada; asimismo, rescató las asignaciones universales por hijo (AUH), de las que rescató que son un derecho. Aunque no dijo nada de no pagarles a los fondos buitre –hace un año afirmó que había que pagarles-, sus declaraciones sonaron a kirchnerismo para muchos, a punto tal que él y Gabriela Michetti (ver en Portada) tienen que andar perdiendo el tiempo formulando aclaraciones. El pecado original, claro está, reside en la ausencia de precisiones acerca del contenido del cambio, o lo que es lo mismo en la ausencia de precisiones sobre el programa de gobierno que él impulsaría de acceder a la oficina principal de la Casa Rosada el 10 de diciembre próximo.  Ahora sabemos que el status de YPF no será modificado, y que posiblemente Galuccio seguiría al frente de la petrolera si Macri es presidente. También sabemos que se las AUH permanecerán y que Aerolíneas seguirá siendo nuestra línea de bandera, siempre en el caso de que Macri se siente en el Sillón de Rivadavia. En cambio, por descarte, podemos entrever la búsqueda de un arreglo con los fondos buitre, la rebaja o eliminación de retenciones a la producción agropecuaria, la desaparición de las restricciones cambiarias, otro rumbo en la conducción del Banco Central, y casi nada más. El resto es silencio, o sea es misterio.
 
Quizás las respuestas a las dudas del macrismo, que seguramente se extienden de norte a sur en el territorio nacional y también seguramente inciden en el ánimo de los aliados, se encuentren en la simple enunciación de sus programas, en los mecanismos que utilizará para enfrentar los principales problemas que cubren de nubes de tormenta el horizonte argentino, como la recesión brasileña, capaz de acotar las posibilidades de crecimiento de nuestro país. Tal vez si esos interrogantes se disiparan el macrismo podría encarar con más ánimo rl camino que falta para las elecciones.
 
E.P.

 

 

 
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