Fortalecer la democracia

OPINIÓN | Carlos La Serna

Las semanas que acaban de pasar marcaron para muchos especialistas la debacle final de las políticas económicas actuales, producto de un deterioro que se hizo evidente a principios de 2018, con el reingreso de Argentina al FMI. La generosa asistencia acordada -la más abultada jamás otorgada- generó una ampliación de las oportunidades especulativas del capital financiero (se estima que el 70% del capital prestado salió del país), a la vez que una pérdida constante del valor de la moneda nacional, que pasó de 16 pesos en 2015 a alrededor de 60 pesos al presente. La contención del valor del dólar mediante el incremento de las tasas de interés no sólo ha fragilizado las reservas del Banco Central, ha generado asimismo una inflación que impacta de forma desbastadora en la economía de las familias, de las Pymes y de la industria en general. Multiplicación de quiebras y deslocalizaciones empresarias, cifras alarmantes de desempleo, sub empleo, pobreza e indigencia, son las consecuencias nada sorprendentes de las políticas neoliberales y conservadoras. Los beneficiarios: el complejo sojero, la minería, empresas petroleras asociadas al poder y el negocio financiero. Seguirá a estos resultados un serio riesgo de mayor concentración y extranjerización de la economía, así como el de su primarización.

Junto a las coordenadas del análisis económico, algunas cuestiones políticas asociadas. EE.UU. sigue considerando a América latina como su patio trasero, como quedó en evidencia durante el siglo XX con el Plan Cóndor, luego con el Consenso de Washington durante los 90, y hoy con las estrategias de “lawfare”: acuerdos entre opositores, medios concentrados, funcionarios judiciales y apoyos globales, orientados a desestabilizar mediante la violación o la manipulación de la ley, la continuidad de esa Latinoamérica de tintes progresistas que se construía.

Evidente si observamos la sistemática destrucción de sus avances en materia de integración (UNASUR, CELAC, ALBA, MERCOSUR), que buscaban un subcontinente con un creciente grado de autonomía política y económica. Tal estrategia tendía a proteger y consolidar una modalidad de desarrollo basado en recursos endógenos y en el mercado interno, en la distribución del ingreso y en la mejora los servicios y políticas públicas, en la sanción de nuevos derechos. Este tercer hito en el ejercicio supremacista del poder ha buscado desarticular las aspiraciones combinadas de ese conjunto de gobiernos que, con sus singularidades, estaban siendo más justos y equitativos. El aislamiento actual nos hace más permeables a mandatos externos, especialmente cuando los mandatos son parte de estrategias de dominación de poderes internos, que enarbola las viejas banderas del individualismo posesivo. Se amenaza con un desempleo y una pobreza que ve crecer a su alrededor, y se la desalienta mediante el uso de la violencia de fuerzas de seguridad públicas y privadas cuyo accionar se justifica desde el poder. Consecuentemente, se promueve una subjetividad creyente en la promesa de un futuro cuyo logro depende de sufridos esfuerzos al presente. Se pretende así lograr un grado de sujeción basado en la desposesión política, económica y cultural.

Tal estrategia, que comporta la producción de una suerte de disonancia cognitiva en la relación con la valoración social de la realidad que se vive, parece haber encontrado ciertos límites en el caso argentino: ha recibido un freno en las últimas elecciones primarias. La madurez que amplios sectores han adquirido en el último medio siglo pareciera haber resurgido con fuerza, y debe entenderse como un acto de resistencia que hace uso de toda la potencia del voto frente a un poder estatal que no repara en los medios a la hora de la consecución de sus objetivos.

La democracia resulta una herramienta fundamental a la hora de la disputa por un tipo de sociedad, esto es, por las reglas políticas y económicas que configuran una formación social. El reciente proceso electoral ha sintetizado la conflictividad que encierra la sola pretensión de ejercer la democracia. Ello ha desatado una cruda respuesta por parte del ejecutivo y la liberación del mercado cambiario, con las nefastas consecuencias que ello produjo. El futuro gobierno encontrará en este campo un espacio sin duda conflictivo; el saliente ha hecho de la ignorancia de la ley, del fortalecimiento y protección de la vigilancia, la coerción y las violaciones a los derechos la expresión de un estado de excepción. En los hechos, considera los derechos como “exceso de democracia”: las protestas, las demandas, el voto ejercido bajo el propio convencimiento, parecieran ser canales de un exceso que hay que recortar en favor de un orden uniforme y omnímodo. Por el contrario, los excesos achacados son los méritos de una democracia que es así ensanchada, que hace valer otros derechos, que pone límites al recrudecimiento del control y la coerción excesivos.

Se ha aceptado que un Estado de Derecho sólo es posible bajo el respeto de las normas y reglas de la democracia, y ello requiere de la efectiva vigencia de controles interinstitucionales, como de modalidades de participación que permitan el ejercicio del control ciudadano en relación con los poderes del Estado. Es sobre tales mínimas bases que será posible oponerse a los objetivos de menoscabar la efectiva participación autónoma de los pueblos en la construcción de sus propios, singulares y diversos mundos y horizontes de vida. Es el reconocimiento de tales aspiraciones puestas cotidianamente en práctica en nuestra sociedad, lo que podrá dar lugar a una interculturalidad que siente las bases de una siempre cambiante pero genuina democracia.

Coordinador del Doctorado en Administración y Política Pública IIFAP-UNC.

11 Septiembre 2019
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