Transición dinamitada

La Ciudad / Hora Cero | Por J. Emilio Graglia

El lunes 28 de octubre, a pocas horas del cierre de las elecciones presidenciales, Mauricio Macri recibió a Alberto Fernández y ambos iniciaron, desde un punto de vista formal, la transición que culminará el 10 de diciembre. Las imágenes del presidente saliente del presidente entrante, juntos, fue una buena noticia, sin dudas.

La invitación de Macri y la aceptación de Fernández deberían ser algo común y corriente, propio de una democracia que funciona normalmente. Sin embargo, no lo es. Todo lo contrario. La reunión del presidente en funciones y del presidente elegido para sucederlo constituye, entre nosotros, algo extraordinario.

Una transición no es un cogobierno. La autoridad que deja sus funciones debe tomar las decisiones hasta el último día y, por supuesto, hacerse cargo de sus efectos a corto, mediano y largo plazo. Aunque sería deseable, no está obligada a consensuarlas con su sucesor. Tampoco tiene derecho a pedir su consentimiento.

Las transiciones no implican compartir responsabilidades gubernamentales o administrativas entre los que se van y los que vienen. Para nada. Las transiciones suponen que los funcionarios salientes informen el estado del gobierno y la administración que heredan a los funcionarios entrantes. Nada más y nada menos.

Esto es lo que, lamentablemente, no está ocurriendo en la Municipalidad de Córdoba. Las elecciones municipales fueron el 12 de mayo. Desde ese día, valga la perogrullada, sabemos que Martín Llaryora será el intendente de la ciudad capital de los cordobeses a partir del 10 de diciembre.

Ha pasado casi medio año. Sin embargo, el intendente Ramón Mestre no ha tenido el gesto político que sí tuvo el presidente Macri. La única imagen de Mestre y Llaryora juntos se dio con motivo del acto de cierre de la avenida Circunvalación, el 5 de julio, y fue por iniciativa del gobernador de la Provincia, Juan Schiaretti.

La primera reunión formal entre los representantes del gobierno municipal saliente y los del entrante, se hizo el viernes previo a las elecciones presidenciales. Hasta entonces, todos los intercambios de información fueron informales y limitados a los buenos oficios de unos u otros.

“Nunca es tarde si la dicha es buena”, reza el refrán popular. Si bien la puesta en marcha de la comisión prevista por la ordenanza municipal Nº 12.523, sancionada durante el año 2016, se demoró sin ninguna explicación oficial, al fin y al cabo se puso en marcha. Esa pudo ser una buena noticia, tardía pero buena.

Hacerse cargo

Sin embargo, el domingo de las elecciones presidenciales, cuando fue a votar, el jefe comunal se despachó con una declaración a los medios de comunicación que llamó la atención de propios y extraños. Queriendo o sin querer, sus imprevistas palabras dinamitaron el tardío e incipiente inicio de la transición.

El intendente saliente dijo que, para pagar los sueldos de diciembre y el aguinaldo correspondiente, las nuevas autoridades municipales deberán cobrar una deuda del gobierno provincial por unos 1.000 millones de pesos. Según Mestre, esa deuda deriva del incumplimiento del Convenio de Equidad y Ordenamiento Fiscal.

Semejante declaración mediática fue entendida por sus sucesores como una confesión pública del Intendente, tan inesperada por el modo como alarmante por las consecuencias. Es evidente que no estarán los fondos para pagar los compromisos salariales a los empleados municipales a pocos días de recambio institucional.

El viceintendente electo, Daniel Passerini, hizo saber la sorpresa y el descontento de quienes deberán reemplazar a Ramón Mestre y sus funcionarios el 10 de diciembre. No es para menos. Primero, por la forma de enterarse del tema y, principalmente, por la magnitud del problema económico y financiero que heredarían.

Si el pago de sueldos y aguinaldo al personal municipal depende del cobro de una deuda que la gestión mestrista reclama a la provincia, entonces, la situación de la economía y las finanzas municipales es más que endeble. Consideremos que el gasto de personal es muy significativo pero no es la única erogación que quedará pendiente.  

Ahora bien, más allá de la agónica situación económica y financiera de la Municipalidad que deja Mestre, según sus propios dichos, es inexplicable e injustificable que el tema no fuera planteado antes y formalmente. Semejante bomba de tiempo debió ser expuesta en el marco de la comisión de transición como una cuestión prioritaria.

No dejar garantizados los fondos necesarios y suficientes para que las nuevas autoridades puedan pagar sueldos y aguinaldo en tiempo y forma, es algo complicado y no habla bien de la gestión municipal que se va. Además, anunciarlo mediante declaraciones periodísticas, como si nada, lo vuelve peligroso.    

La gestión de Ramón Javier Mestre quiso pero no puedo o no supo revertir la decadencia que la capital cordobesa sufre desde los tiempos de Germán Kammerath, Luis Juez y Daniel Giacomino. Al final de sus dos mandatos, sería bueno que los concluyera a la altura de las circunstancias, es decir, haciéndose cargo de su herencia.

© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar