De Martí a Llaryora

La ciudad - Hora cero | Por J. Emilio Graglia

El jueves de la semana pasada, la Junta Electoral Municipal proclamó, oficialmente, a Martín Llaryora como el intendente electo de la Ciudad de Córdoba. El acto de proclamación y la consiguiente entrega del diploma correspondiente, se llevaron a cabo en el patio del histórico Cabildo cordobés. El intendente saliente no estuvo.

En esa ocasión, el jefe comunal entrante ratificó lo que se sabe desde hace varios meses: las cuentas de la Municipalidad de Córdoba están en crisis. Por lo tanto, será necesario declarar la emergencia económica y financiera, inmediatamente después de asumir las funciones ejecutivas, el mismo 10 de diciembre.

Más allá de la publicidad que ha lanzado la gestión mestrista sobre las supuestas bondades de la transición municipal, hay evidencias que, como tales, no pueden negarse. El mismísimo intendente Mestre ha reconocido en público que la nueva gestión no tendrá fondos para afrontar el pago de los sueldos de diciembre y el medio aguinaldo.

Sobre la situación económica y financiera que heredará la futura gestión, se conoce poco y nada. El viceintendente electo, Daniel Passerini, ha reclamado, más de una vez, la información detallada de dicha situación. Según sus declaraciones, los funcionarios en ejercicio no la han proporcionado en tiempo y forma.

Veinte años separan la finalización de la gestión de Rubén Martí y la iniciación de la gestión de Martín Llaryora al frente del Palacio 6 de Julio. Nada menos que décadas entre el segundo mandatario radical y el primer mandatario justicialista de la democracia recuperada aquel recordado 10 de diciembre de 1983.

Durante estos veinte años, la decadencia o, en el mejor de los casos, el estancamiento han caracterizado el devenir de la capital cordobesa. Hoy por hoy, la realidad de la ciudad de Córdoba es tan lamentable como cierta. Muy lejos de la pujanza de otros tiempos, sin las obras necesarias ni los servicios suficientes.

Las gestiones municipales de Germán Kammerath, primero, y de Luis Juez y Daniel Giacomino, a continuación, resultaron desfavorables para el desarrollo de primera ciudad del interior del país. Como todas las gestiones públicas, cada una de ellas tuvo aciertos y desaciertos, aunque los balances fueron deficitarios.

Por diversas razones (y sinrazones), estos tres mandatarios municipales no estuvieron a la altura de las circunstancias. La ciudad sufrió las consecuencias de sus equivocaciones. Por acción u omisión, ninguno pudo o supo resolver los grandes problemas de una urbe millonaria como la nuestra.

Dos décadas perdidas
De esos tres intendentes que los cordobeses elegimos después de Rubén Martí, dos se retiraron de la actividad política. Kammerath y Giacomino se vieron obligados a hacerlo, entre otros motivos, por el rechazo ciudadano frente a los resultados de sus respectivas gestiones. La imagen pública de ambos sigue siendo negativa.

A diferencia de aquellos, Luis Juez, ha seguido y sigue muy activo en la política. Este año, participó de dos elecciones en menos de seis meses. Primero, fue candidato a intendente, el 12 de mayo. Perdió las elecciones (por segunda vez) pero, por las disposiciones legales en vigencia, fue elegido concejal municipal.

Muy poco tiempo después y sin la más mínima intención de hacerse cargo de su banca en el Concejo Deliberante, el mismo Juez fue candidato a diputado nacional en la lista de Juntos por el Cambio. Gracias a la gran elección del presidente de la Nación, Mauricio Macri, el 27 de octubre fue elegido y asumirá esas funciones.

A través de esos doce años de Kammerath, Juez y Giacomino, los cordobeses, poco a poco y casi sin darnos cuenta, fuimos naturalizando la falta de obras de infraestructura y la mala calidad de los servicios públicos. Gradualmente, Córdoba fue perdiendo lo que había logrado a inicios de la democracia.

Las dos gestiones consecutivas de Ramón Mestre (hijo) no lograron revertir la decadencia de esos doce años de malas intendencias. Sin dudas, la herencia que recibió en 2011 fue muy pesada. Es penoso decirlo y muy difícil aceptarlo, pero la herencia que deja, tras dos mandatos consecutivos, no es mejor.

Los ocho años de Ramón Javier Mestre redondean dos “décadas perdidas” para Córdoba. Más allá de sus intenciones, la gran mayoría de las promesas electorales no se cumplieron. Basta repasar las propuestas hechas en las campañas de 2011 y, en particular, de 2015 para advertir el abismo entre lo prometido y lo hecho.

Su paso por el Palacio 6 de Julio no se emparenta con las gestiones radicales de su padre y de Martí, para nada. Todo lo contrario, forma parte de los 20 años de fracasos y frustraciones que vinieron después. A diferencia del gobernador Schiaretti, el intendente Mestre no supo aprovechar el apoyo de Macri a Córdoba.

La conclusión dista de ser subjetiva. El 12 de mayo, como candidato a la gobernación, Mestre obtuvo una escuálida cantidad de votos, inferior al 10%, en la ciudad que gobernaba. Más allá de los méritos del ganador de esa elección, Juan Schiaretti, ese resultado fue un veredicto condenatorio a su gestión municipal.

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