El sueño del Colorado

CUADERNO DE BITÁCORA | Por Nelson Specchia

En Buenos Aires, al rojo le dicen colorado, denominación porteña que, por extensión, ha recaído históricamente también en los pelirrojos, y ampliando su utilización desde el puerto al resto del país. Así que Jorge Abelardo Ramos, pelirrojo, porteño (de Flores) y pecoso, estaba destinado a ese sobrenombre, que asumió con humor y filosofía y utilizó durante toda su vida. Y a pesar de su materialismo (histórico y dialéctico), aludía a los determinantes del destino con esa ironía que formaba parte de su apabullante arsenal retórico, decía: “si nací zurdo, judío, pelirrojo y usaba anteojos, ¿cómo no iba a ser trotskista?”, según contó alguna vez su hija Laura.

Humoradas aparte, Jorge Abelardo Ramos fue un intelectual central en la formación de la conciencia nacional en América latina; un hombre que, lamentablemente, ha tenido un reconocimiento apenas marginal por esa incidencia en el pensamiento y en la bibliografía política regional. Una ubicación relegada en el panteón intelectual que obedece a causas conocidas: el Colorado Ramos fue inclasificable para el “mainstream” del pensamiento político local, y su construcción ideológica tomó rumbos heterodoxos durante el largo medio siglo en que se fue manifestando. Esa dificultad para encasillarlo lo dejó fuera de las aulas y de los cenáculos académicos; la heterodoxia de su marxismo lo convirtió en un antipático interlocutor para los partidos de la izquierda oficial -comunistas y socialistas-; y su adscripción indeclinable al pensar situado en lo popular y en la justicia social, que lo llevó a ser un compañero de ruta del peronismo, lo mantuvo también un tanto al margen de las reflexiones “serias” de la intelectualidad de clase media.

“E pur si muove”, como diría Galileo: todos los intentos del poder por callar, minimizar o ningunear esa voz, no han logrado, sin embargo, hacerla desaparecer totalmente del escenario. Y cuando los grandes temas de la agenda política vuelven a hacer crujir los cimientos, las reflexiones, las críticas, los largos y picantes debates, y los voluminosos tomos en que ha quedado plasmada la obra de Jorge Abelardo Ramos vuelven a emerger a la superficie. Tengo la impresión de que estamos, en esta coyuntura crítica a nivel latinoamericano, tocando una vez más esa orilla, donde la confusión y la anomia a las que nos han empujado los ensayos neoliberales vuelven a hacer imprescindible la relectura de las ideas-fuerza de largo plazo, de visión amplia y extendida, que propuso en sus mejores momentos el Colorado Ramos.

Gracias a un estimado amigo, hace poco pude hacerme con los cinco tomos de la obra de madurez de Abelardo Ramos, “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”: unas 1.500 páginas repartidas en cinco volúmenes de distribución gratuita publicados por el Senado de la Nación (cuando al honorable cuerpo lo presidía Daniel Scioli, entiéndase). He vuelto a estos ensayos históricos -que había leído salteados y fragmentados en la formación universitaria- y me he reencontrado con una mina de ideas, de tanta actualidad como si hubiesen sido redactadas para participar del debate que, con urgencia, requiere ser instalado hoy para sortear esta pendiente de decadencia que parece no encontrar fondo. “La factoría pampeana”; “Las masas y las lanzas”; “Del patriciado a la oligarquía”; “La Bella Época”; y “La Era del Peronismo”, los títulos que componen “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” son textos de historia, pero son, al mismo tiempo, mucho más: son cuadernos de propuestas para discutir los modos de salir de esta trampa en la que hemos entrado (o, mejor, en la que nos han metido).

Jorge Abelardo Ramos fue un porteño de Flores, decía arriba, pero también fue un cordobés de Alta Gracia. En la gran capital arrancó con el pie izquierdo (y valga la frase en sus múltiples sentidos): su primer libro, “América latina: un país”, publicado en 1949, fue secuestrado por el peronismo de entonces. En este ensayo temprano Ramos intentaba “concebir en términos marxistas el destino histórico de la gran patria dividida”; pero debió abandonar esa patria y partir hacia el exilio. Los próximos años escribió desde Francia, pero se fue acercando al peronismo que lo había perseguido y, después del cruento golpe de la Revolución Libertadora, instaló una librería y una editorial que se convirtieron en la levadura donde fermentaron los años 60: Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Methol Ferré, Ricardo Carpani, Ernesto Sábato, Fermín Chávez, Rodolfo Puiggrós, José María Rosa, François Lepot, Enrique Pavón Pereyra, Alfredo Terzaga, Jorge Enea Spilimbergo, Alberto Converti… la generación que empujó la renovación cultural más importante del siglo XX, y que sería luego aplastada y enterrada por la violencia del terrorismo de Estado. Y a esos años de plomo el Colorado eligió vivirlos en Córdoba, en la vieja villa serrana de Alta Gracia, hasta su muerte en 1994.

En estos días se cumplen 25 años de la partida de Jorge Abelardo Ramos, y 70 años de la publicación de aquel libro original con el que empezó a plantar su sueño, el de una América unida y coordinada para enfrentar la globalización que se venía (que se vino) y planificar un desarrollo equitativo y solidario. Me han invitado a reflexionar públicamente sobre estas ideas, el próximo miércoles 2 de octubre, en la sala Regino Maders de la Legislatura. Les dejo aquí la invitación a acompañarnos.

 

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