Chile, entre la guerra y el perdón

Cuaderno de Bitácora| Por Nelson Specchia

En los años de las transiciones desde las dictaduras de odio que habían enterrado los sueños de transformación en la región latinoamericana, los politólogos dimos por supuestos algunos cambios estructurales que, debemos ya admitirlo, eran demasiado optimistas. De hecho, era fuerte la sensación de que los juicios por las violaciones masivas de los derechos humanos habían dado vuelta una página para siempre jamás; que la presencia de los militares en las calles de las grandes ciudades reprimiendo a las multitudes movilizadas y encargándose de la seguridad interior era agua definitivamente pasada; que el cercenamiento represivo de derechos sociales como condición de aplicación de ideologías económicas monetaristas restrictivas no sería una metodología que volveríamos a ver por estas tierras. Parecía lógico, natural, fruto evolutivo de un proceso civilizatorio que, a pesar de haber sufrido el hondo bache autoritario de los oscuros 70, volvía tras las recuperaciones democráticas a retomar el cauce madre: el de los derechos, las libertades y las voluntades mayoritarias en la fijación de los rumbos políticos de los países de América latina.

Pero la forma en que termina la primera década del siglo XXI demuestra que aquellas eran expectativas demasiado altas, o que la alegría de las recuperaciones democráticas y de los partidos y frentes de masas había hecho bajar la guardia, desatender la extrema peligrosidad del adversario: una ideología de alto riesgo, que no acusó los golpes que sus desaciertos habían provocado por los ajustes bajo el paraguas protector de las dictaduras militares. Lejos de admitir que aquellos planes de los Martínez de Hoces bajo los Videlas habían sido un fracaso criminal, se reconvirtieron para esperar su oportunidad, ya no bajo las botas y las fustas de los generales, sino en unos formatos más “amigables”.

Pero no había en realidad nada nuevo, era el mismo viejo liberalismo que ahora mutaba sus discursos en base a la alegría, los globos de colores, la felicidad y el acceso al iPhone mediante el McStore que se instalaría en cada esquina. Era la misma vieja distribución regresiva del producto bruto nacional y del sistema apoyado exclusivamente en el monocultivo agropecuario (o minero) de exportación, que ahora se camuflaba en las palabras amables, posmodernas y tecnocráticas de ingeniería financiera, recitadas por gente como uno enfundada en camisas sin corbata, pantalones chupines, mocasines sin medias y camperas uniqlo.

El decorado del escenario, sin embargo, no puede maquillar una mala obra. Y vienen a demostrarlo los penúltimos desplazamientos tectónicos que están poniendo patas arriba toda la ola neoliberal en la región en los últimos meses. Uno fue la rebeldía en el Perú, que llevó al descabezamiento del empresario y banquero Pedro Pablo Kuczynski apenas dos años después de haber asumido la Presidencia; siguió con los fallidos intentos de aprovechar el caos generado por el poschavismo venezolano para meter al empresario Juan Guaidó por una ventana del palacio caraqueño de Miraflores; tuvo una nueva vuelta de tuerca en Ecuador, cuando los colectivos indígenas bajaron de la sierra y, después de haber amenazado con “guerra” rodeado de militares (aquellos mismos que supusimos que no volverían a aparecer en las escenas de seguridad interna), Lenín Moreno debió dar marcha atrás con los aumentos de combustibles. Y ahora tenemos otro de los penúltimos desplazamientos de placas tectónicas, y en uno de los lugares más sensibles de todos para la propaganda de los apóstoles del libre mercado y de la competencia perfecta: Chile.

También Sebastián Piñera, como antes Moreno, volvió a convocar a su mesa a los altos mandos militares, y rodeado de ellos en uniforme de fajina volvió al terrible mantra: “estamos en guerra”. Terrible porque una guerra se define en dos frentes, y uno de ellos es el del enemigo a combatir, a exterminar. Si se da al interior del mismo país, implica que habrá chilenos que saldrán a matar chilenos. Habíamos jurado, en las transiciones democráticas, que eso no volvería a pasar jamás. Ahora está pasando. Nadie puede saber las cifras reales (porque en Chile la prensa libre de libre tiene muy poco: responde a las altas corporaciones de las finanzas bancarias), pero al otro lado de la Cordillera los muertos ya se cuentan por docenas, y los desaparecidos (¡Otra vez! ¡Habíamos jurado que NUNCA MÁS!) se cuentan por centenas. Después de treinta años del experimento liberal reputado como el más exitoso de todo el Continente, el vino chileno rompe el odre por todas las costuras.

Y Argentina (donde este domingo experimentaremos otro de los penúltimos movimientos de reacomodación de las placas tectónicas continentales) no habrá exportado limones, pero sí ha exportado justificaciones presidenciales: como el presidente empresario Macri tras el terremoto de las Paso, el presidente empresario Sebastián Piñera apareció ante las cámaras y pidió perdón a su pueblo; dijo que lo había escuchado y anunció un paquete de medidas peronistas (disculpas, quise anotar “populistas”). ¿Alcanzó? Para nada: a pesar del toque de queda, después de su discurso a la calle salió el doble de gente, ahora ya directamente pidiendo su renuncia.
Y digo que todos estos movimientos son los penúltimos, porque, en política, el último siempre es el próximo.

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