Una advertencia feroz

Por Nelson Specchia

Nada nos había preparado para lo que estamos viviendo. Nuestros consumos culturales han tenido siempre un carácter vicario, tanto a nivel apologético como ficcional. O sea, tanto el relato de los diversos apocalipsis que nos ha legado la tradición judeo-cristiana (por caso, el que integra la Biblia, adjudicado al evangelista Juan) como la larga serie de novelas, cuentos y ficciones literarias que imaginaron amenazas para la raza humana lo hacían para conjurarlas; para advertirnos que, si no se seguían ciertas indicaciones (los mandatos divinos, o el cuidado del planeta, o el control de armas nucleares, o lo que fuera) podían liberarse las temidas fuerzas oscuras de la caja de los truenos. Pero ese carácter era vicario (estaba-en-lugar-de) porque, en realidad, todos sabíamos que nada de eso podía suceder “realmente”. Hasta ahora. 

Inesperadamente, ahora nos toca vivir un enfrentamiento sin nombre y sin cura. Y le toca a nuestra generación, la más preparada tecnológicamente de toda la historia. Aún no lo sabemos, pero quizás esa tecnología sea finalmente la alternativa que nos saque de este pantano fatal, aunque también, y en un pie de igualdad en cuanto a las posibilidades, sea esa misma cresta tecnológica la que nos depare un futuro de mayor control y de menor libertad.

Además de no tener freno ni cura (de momento), por primera vez en la historia del hombre en la Tierra una amenaza se cierne sin límites: no hay dónde ir, porque el virus llegará, literalmente, a todos lados. 

En estos días, Claudia Lorenzón, periodista cultural de la Agencia Télam, me incluyó en un reportaje a diversos escritores, preguntándonos qué imágenes nos traía esta pandemia, siendo, como lo ha sido, un tema recurrente de la literatura. También en mi caso: las pestes y las distopías me han dado buenas excusas para armar argumentos que soporten lo que se quiere decir. En mis cuentos he recurrido a ellas, por caso, en “La rebelión de los insectos”, donde ficciono a partir de las invasiones de las mangas de langostas que enloquecieron a las primeras camadas de colonos inmigrantes en los territorios del Nordeste; o en otro cuento, “La ola”, imagino una catástrofe donde es el agua la que se rebela (en general he utilizado el recurso distópico para hablar de los daños que conlleva nuestra actitud depredatoria hacia la naturaleza y la Tierra).   

Pero lo que es inédito, y que no estuvo nunca en ningún cuento, es esta falta de límites espaciales que la globalización ha introducido, convirtiendo un riesgo sanitario en un ataque a toda la población. Lo podemos ver confrontando la imagen que nos dan los noticieros con aquella -canónica ya- de Giovanni Boccaccio y de su “Decameron”, esa centena de cuentos de mediados del siglo XIV, después de la gran epidemia de 1348 en Europa. Entonces, los nobles y los ricos aún podían huir, escaparse de esa “peste negra” que todo lo oscurecía: salían de las ciudades contaminadas y se recluían, a cal y canto, en las quintas de las montañas o en las villas de la costa marina. Esa reclusión obligada por la cuarentena, mientras en las aglomeraciones urbanas de los “burgos” los pobres caían como moscas, Boccaccio la presenta románticamente: como el acicate para divagar mediante la creación de historias. Pero ese paralelismo, que podría parecer directo con la cuarentena a la que nos está imponiendo el coronavirus, en realidad no lo es. 

No lo es porque en esta pandemia nuestra no hay dónde huir: la globalización ha transformado el planeta en un único “burgo” hiperconectado, tanto a nivel virtual como personal. Y el virus no fue informático (como nos decía la ciencia-ficción que sería), sino que llegó por el contacto de los cuerpos; cuerpos que se han movido libremente por todas las geografías, y lo han llevado consigo a todos lados. Entonces, esa actitud de cierta negligencia que habilitaría el espíritu de la creación y del ocio, no está presente. Antes bien, hay una alarma justificada ante una fuerza natural incontrolable, y para la cual no conocemos freno ni antídoto.

Y cuando la periodista de Télam me preguntó sobre qué imagen, entonces, podía servirnos para pensar esta distopía hecha realidad en forma sorpresiva, le dije que he vuelto a pensar mucho en “The Road”, la novela sobre un futuro post apocalíptico de Cormac McCarthy, sobre la cual John Hillcoat dirigió la película protagonizada por Viggo Mortensen en 2009. Y no por ese escenario helado tras una pandemia (que en la novela nunca termina de aclararse del todo cómo o dónde surgió), sino por las reacciones de los “otros”, hombres y mujeres, de esos coetáneos que, con cierto optimismo ingenuo, aún seguimos designando como Humanidad: ante el desastre y el peligro, en vez de la solidaridad y de la acción común, a la que suponemos nos deberían conducir siglos de civilización y cultura, se vuelve de golpe al más primitivo “estado de naturaleza” hobbesiano, en el que no solo sobrevive el más fuerte, sino que el más débil debe verse reducido a comida, a alimento. Una advertencia feroz, pero una buena advertencia.

Lo recordemos cuando nos pidan responsabilidad cívica para quedarnos adentro de nuestras casas, cumpliendo las cuarentenas que haya que cumplir para frenar una amenaza común.

 
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