¿Alguien sabe qué hacer?

Cuaderno de bitácora | Por Nelson Specchia

¿Qué hacer?, se preguntaba Vladimir Ilich Úlianov, el camarada Lenin, frente al vacío del campo arrasado de la historia: un régimen feudal y totalitario se extinguía; en las alforjas tenía la teoría de un alemán barbado que escribía en Londres profecías económicas, de obligado cumplimiento en sociedades industrializadas; pero ante sus ojos y sus manos una inmensa y extensa sociedad agraria, analfabeta y cuasi medieval. ¿Qué hacer?, cuando lo que sabemos, lo que hemos analizado y estudiado hasta la nausea sirve de casi nada para enfrentar lo que tenemos frente a nuestras narices aquí y ahora. La disyuntiva de Lenin no es un hecho único, aislado, sino, por el contrario, una constante que -como esas mitologías del eterno retorno- vuelve periódicamente a instalarse en el escenario del presente.

Un virus microscópico, de origen aun desconocido (y en discusión) y de alcances inusitados ha puesto en cuestión todo lo que sabíamos sobre el ordenamiento político, comunitario y económico de nuestras sociedades. ¿Qué hacer? Nadie lo sabe. Y ese “nadie” tiene un alcance más vasto que la metáfora que supone: literalmente no hay nadie que tenga una receta cierta en el mundo entero.

Todo es ensayo/error: probamos. Las administraciones más cautas han optado, con matices, defender a la mayor cantidad de personas de la muerte por la vía de la reclusión obligatoria, asumiendo para ello el enorme costo de la desarticulación del armazón productivo y de los intercambios de bienes y servicios. Otros -los menos, pero muy significativos demográficamente- han decidido cerrar los ojos y dejar que la ideología y la selección natural inclinen la balanza, asumiendo como justificables las muertes que el virus provoque ante el “laissez faire”. De manera casi increíble, también a nivel local estos apóstoles del liberalismo libertario han encontrado epígonos que, con tal de hacer oposición, cacerolean en los balcones y hasta organizan marchas en reclamo del supuesto derecho a morir (y a matar) escupiendo el virus.

Ante la incertidumbre del qué hacer, y ante las disyuntivas con enormes costos en vidas humanas que se están planteando, es legítimo que una sociedad reclame a sus intelectuales el aporte de reflexiones, ideas y críticas: si no de respuestas, por no haberlas, al menos la asistencia en la elaboración de las preguntas oportunas y atinadas. En esta línea, hace poco me contactó José Emilio Ortega; acababa de conocerse el libro “Sopa de Wahan”, que tendría una enorme difusión en las redes en los días siguientes, y donde un conjunto de filósofos y profesores exponían sus primeras reacciones ante la explosión global del covid-19, las maneras en que la pandemia estaba siendo gestionada por los gobiernos, y las proyecciones de alternativas de salida de la crisis. Entre las características de este volumen, no una de las menores era que todos esos pensadores lo hacían desde una perspectiva claramente situada en el Norte, ese “primer mundo” industrial y desarrollado. “Sería interesante hacerlo también desde el Sur, intuyo que diríamos cosas sensiblemente diferentes”, me escribía Pepe Ortega en el mail donde me enviaba el famoso eBook.

Ortega, hoy uno de los directores de la Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, tiene una larga experiencia en la gestión política (incluyendo la sanitaria), y hemos participado juntos en una diversidad de proyectos en las últimas décadas: he aprendido a confiar en la certeza de sus intuiciones, como en su capacidad de trabajo. Acepté el convite, y nos pusimos a delinear -con la urgencia de saber que estamos cabalgando un potro desbocado que no tiene idea hacia dónde va- algunas de las líneas que deberían integrar un debate colectivo del que nadie escapa, y que inunda desde una villa marginal al country más exclusivo (aunque, claro, no con la misma fuerza).

Una vez trazados los paralelos y los meridianos de un conjunto que intentase aportar a ese necesario debate colectivo, convocamos a quienes creemos que, desde este Sur nuestro, tienen unas palabras que vale la pena escuchar. Volví a ratificar el acierto de la intuición de Pepe Ortega al ver la reacción de los amigos y colegas llamados a la cita: casi sin excepciones (que también las hubo, para confirmar la regla) aceptaron la demanda y se pusieron a trabajar, con la celeridad que requiere la participación en una discusión sobre un problema que afecta a esta cotidianeidad en su mismo decurso.

Con esa generosa respuesta hemos editado y armado, prácticamente en tiempo récord, el libro que en estos momentos se fragua en las prensas de la Editorial de la UNC, y que en muy pocos días pondremos a disposición (en forma libre y gratuita) desde su sitio web. Atendiendo a cierta imagen de finitud, de culminación de un tiempo vital que se percibe en el aire, pero con la dosis propositiva y nueva que también anida en ella, hemos llamado a nuestro libro “EL CREPÚSCULO DE LAS SIMPLES COSAS - Lecturas esperanzadas y perspectivas críticas para un Sur en pandemia”. Y en él escriben desde ex presidentes de países latinoamericanos hasta poetas; filósofos y economistas; sociólogos, feministas, politólogos; antropólogos y sanitaristas; psicoanalistas y teólogos; ecologistas, abogados, médicos… Una palabra plural, conformada por voces diversas.

No sabemos qué hacer. Nadie sabe. Pero ahí andamos, buscando.

 
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