De las imágenes y las palabras

Cuaderno de Bitácora | Por Nelson Specchia

Aquello de que una imagen vale más que mil palabras ha de haber sido frase de un pintor y no de un escritor ni de un poeta, que podrían discutir el aserto de mil maneras con palabras. Pero sí es indiscutible que hay fogonazos, instantáneas, pinceladas furtivas que logran, casi con el asombro del milagro, condensar una época, una geografía, o una cultura entera. Desde hace tres meses nos enfrentamos con fotografías “históricas”. Nunca la crónica había dado de sí un bombardeo tan significativo de imágenes icónicas como la de esta pandemia que ha cerrado a la humanidad entera, la ha recluido en sus rincones domésticos, ha invadido sus sistemas de defensa biológica y, en tantos y tantos casos, la ha llevado a la tumba. En el diario tenemos mucho cuidado en elegir las que publicaremos, porque somos conscientes de que estamos seleccionando los materiales con los que se ilustrará la historia de estos días aciagos.

Mi maestro, Umberto Eco, en un ensayo de 1977 ya discutía esta relación dialéctica entre imágenes y palabras, y su utilización en la prensa, que es una de las principales fuentes documentales futuras para la recuperación del relato y del retrato de un tiempo. Por entonces, y a raíz de la publicación de la fotografía de un guerrillero urbano armado y desafiante en la portada del Corriere d´Informazione, Eco reflexionaba: “si es lícito hacer observaciones estéticas en casos de este tipo, esta es una de esas fotografías que pasarán a la historia y aparecerán en mil libros. Las vicisitudes de nuestro siglo están resumidas en unas pocas fotos ejemplares que han hecho época: la desordenada multitud que se vuelca a la plaza durante los diez días que conmovieron el mundo; el miliciano muerto de Robert Capa; los marines plantando la bandera en un islote del Pacífico; el prisionero vietnamita ajusticiado con un tiro en la sien; el Che Guevara desgarrado, tendido sobre la mesa de un cuartel. Cada una de estas imágenes se ha convertido en un mito y ha condensado una serie de discursos. Ha superado la circunstancia individual que la ha producido: no habla ya de aquel o de aquellos personajes en particular, sino que expresa unos conceptos. Es única, pero al mismo tiempo remite a otras imágenes que la han precedido o que la han seguido por imitación. Cada una de esas fotografías parece una película que ya hemos visto y que remite a otras películas.” Y tenía razón, como casi siempre, porque estoy seguro de que todos, al leer esta breve lista de imágenes, ha reconocido una, o varias. Solo un ajuste, por insuficiencia tecnológica generacional: Umberto Eco habla de “unas pocas fotos” porque, en el tiempo de esta nota, no había aún teléfonos celulares equipados con cámaras. El salto, desde entonces, ha sido cuántico.

Volví a apelar a las reflexiones del maestro, en todo caso, ante una fotografía en particular, la que ilustra esta columna, que condensa eso que Eco veía en las icónicas del siglo XX: en ella no hay dos personas cruzándose en una calle; en ella está todo Brasil.

Hay un dilema planteado: el coronavirus tiene contagio comunitario en el país más grande de América del Sur, que tiene fronteras con prácticamente todos los demás del continente, y el Presidente brasileño, Jair Bolsonaro, le ha declarado una guerra de ignorancia a la pandemia. Ha decidido que el covid-19 no existe, que es apenas “una gripecita”, y ha puesto todo el Estado a negar lo evidente; no solo contra la opinión de las organizaciones internacionales y hasta de sus propios socios ideológicos, sino también de sus ministros y gobernadores.

Mientras Brasil acumula más muertos por día que ningún otro país del planeta y amenaza con ser una bomba vírica para toda la región, dos personas se cruzan por la calle que el Presidente insiste en mantener abierta: a una de ellas, blanca, la mueve el ocio; a la otra, negra, la necesidad; ambas con barbijos, pero una con zapatillas, ropa deportiva, lentes de sol, visera, y reloj de marca, arriesga su vida y la de sus compatriotas para hacer “jogging”; la otra, desarrapada, en bicicleta y con guantes, lleva cuatro cajones y tres bolsas de comida. Arriesga su vida para sobrevivir (y, seguramente, para que sobrevivan los suyos).

No he encontrado una imagen que sintetice mejor la tragedia brasileña. Y sí: vale más que las mil palabras vanas con que un ex militar violento y estúpido contamina el aire de la historia.

 
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