Nuestro pene más preciado

Simulacros del fin del mundo | Lucas Asmar Moreno

Las fotos íntimas de Luciano Castro dejan en claro que el falo sigue siendo la Obsesión Suprema, un poder irresistible. Aquí se excede el dilema de la filtración, del hackeo o de la estrategia publicitaria. Ese pene erguido y semierguido (dos fotos en una extraña simbiosis, marcando la virilidad en potencia y en acto) logró activar a escala nacional un chip inserto en el cerebro, imposible de erradicar, que podríamos denominar “patriarcado”.

Este miembro viril creó un vórtice discursivo que eliminó durante días cualquier otro ítem de la agenda mediática, deportiva y hasta política en cuenta regresiva hacia las elecciones. Ver ese pene. Medir ese pene. Bromear sobre ese pene. Desear ese pene. ¿Cómo fue esto posible? No es la primera vez que se filtran desnudos de famosos, tanto femeninos como masculinos. ¿Acaso los desnudos masculinos cotizan más que los femeninos? De ningún modo.

La diferencia radica en que ya existe jurisprudencia ética sobre la violación a la privacidad femenina. Sabemos que no está bien, que es humillante y que de compartir las imágenes, reivindicamos una conducta tóxica. Observar una genitalidad femenina sin el consentimiento de la mujer fue regulado. En otras palabras, ya ha sido censurado. Sobre la violación a la privacidad masculina quedan zonas grises, inducimos que está mal pero nuestra conciencia encuentra un margen para hacerse la distraída.

Lo que está en juego al ver una foto íntima no es tanto la belleza de esa genitalidad (siempre mal iluminada y pixelada), sino el acceso a la genitalidad misma. Excita violar, saber que el damnificado no desea ser visto. La asimetría del poder irrumpe como fuerza erótica elemental y todo un país consensua en permitirse un poco de placer perverso. Si este consenso se logró tan rápido fue por la prohibición de gozar ante desnudos femeninos. De allí esa transversalidad genérica que hizo que hasta los hombres heterosexuales se desesperen por las fotos. Necesitábamos voyeurismo, perversión, malicia. Luciano Castro se convirtió en un catalizador de la sexopatía argentina. Un carnaval nacional espontáneo, pérfido, cínico, la comunión profana en torno a un desnudo, o más bien en torno a un pene.

Dentro de este delirio colectivo cabe resaltar el autoengaño de estar ante un miembro viril colosal, anomalía gloriosa o milagro anatómico. Era probablemente un tamaño superior al promedio, pero apenas superior. Se distorsionó la proporción para que el culto al falo pueda instaurarse sin refutación posible: un pene que sea la suma de todos los penes. El pene platónico. ¿Pero por qué ése y no otro?

La trayectoria mediática de Luciano Castro cumple un rol esencial. Desde Jugate Conmigo, el actor se confeccionó como galán, diseñó su sex appeal a fuerza de anabólicos. ¿Importó alguna vez que sea buen actor? ¿Pol-ka o Telefe le propusieron papeles difíciles, desafiantes? Nunca: Luciano Castro está en el prime time para representar al macho argentino. Su paquete estético es funcional: morocho, facciones toscas, musculatura, aura bondadosa. Una masculinidad redonda. Y este Luciano Castro-macho icónico se filtró en la mente de una sociedad durante décadas. La representación de su pene era la plusvalía final.

Porque Luciano Castro fue visto en cuero infinitas veces en la ficción, hasta protagonizó campañas de ropa interior. Nos faltaba el último escondite de su cuerpo, aquel componente que, observado hasta el hartazgo, analizado, comentado y hecho meme, nos brindase la posibilidad de consumar un mito falocrático. El galán que nos enamoró es además un pene suculento. La dupla amor/sexo se consolida como nunca antes en la historia televisiva argentina. Triste retroceso feminista: el pene vuelve al centro de la escena como símbolo de poder, prestigio y romance. La cosificación de Luciano Castro no lo perjudica ni a él ni al género que representa. Tampoco empondera a la mujer que se cree impune contemplándolo: al contario, la pone de rodillas bajo un embrujo básico, el ingrediente más sincero de la sexualidad: una erección.

Cierto feminismo tiende a asegurar que el hombre es víctima de sí mismo porque padece al macho interior. Las reacciones de las mujeres en los medios parecen desmentirlo. Tomemos dos casos: Pampita, de corte progresista, y Nicole Neumann, de impronta conservadora. La primera no tuvo ningún prurito en mirar en vivo la foto y bromear sobre el tamaño, hasta sobre cómo debería manipularse. La segunda negaba tener la foto; el conductor del programa no le creía y le pidió ver el carrete de imágenes en su celular, ella consintió y ahí estaba la imagen, como en todos los celulares de Argentina. Ambas escenas se coronaban con risas traviesas. Estos gags televisivos representaron la complicidad pícara que todos transitamos en los últimos días, y que hicieron del resguardo a la privacidad una nubecita tan simpática como hipócrita. ¿Y Sabrina Rojas? Nada menos que agradeciéndole a Dios por ser la propietaria del falo soñado. El feminismo atmosférico no termina de asimilar cómo esta sobreactuada violencia hacia lo masculino –idéntica en sus modales no actuados a la violencia hacia lo femenino– se le vuelve en contra y reproduce una lógica que debería dinamitar. El inconsciente reclama en estas instancias un protagonismo que le pertenece.

Difícilmente el pene de Luciano Castro sea perfecto en su anatomía, pero sí lo es para los esquemas de representación espectacular que hacen que una imagen no valga por su verdad o falsedad sino por su eficacia. Fenómeno que señala con tajante determinismo cómo nuestro erotismo conserva en sus cimientos las teorías de otro gran patriarca: Sigmund Freud.

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