La útil levedad de un debate

Por Lucas Asmar Moreno

Es unánime: todos consideran al debate presidencial inútil. Los analistas políticos vagan por canales asegurando que no modifica la elección y los mismos candidatos aseguran que es un formato impotente, un ristretto proposicional. Si uno reúne ambas quejas –de especialistas e involucrados–, concluye que nada estaría en juego. Los debates ingresan en un orden de espejismo y simulación.

¿Entonces por qué insistir, por qué reglamentarlos por ley? No es casual que bajo la presidencia de Mauricio Macri se hayan impuesto como obligatorios: el macrismo está convencido de que la cosmética funciona como una novedosa adhesión ideológica, y en un debate jamás interfieren las bases del pensamiento político. ¿Dos minutos para desplegar un programa económico? Sí, se puede.

La disputa concierne al estilo, al slogan y al ingenio aforístico. Un debate le permite al candidato proyectar el imaginario de su política sin que la política se entrometa. Se blanquea el carácter espectacular de la democracia contemporánea, el voto estetizante, la urna ligera, el TOC del focus group.

Durante un debate, televidente y votante son pensados como unidad. La televisión obliga a que el ciudadano use parámetros espectaculares para evaluar a los candidatos: bungee jumping fonoaudiológico, maldad refinada, gestualidad estrambótica, sintaxis poética. El desafío de quien habla delante de cámara no es proponer un esquema estatal, es mucho más complicado: convertirse en sinestesia de su lista, autoficcionalizarse para que la estética personal conecte con un partido. Duelo puramente estilístico en donde el televidente olvida qué políticas esconden esos sujetos para entregarse a la seducción absoluta de la publicidad.

Reglas hechas para el lucimiento performático: dos minutos con posteriores casilleros de treinta segundos. Si estos bonus tracks cotizan más que los dos minutos, es porque el tiempo dejó de ser una medida de desarrollo para convertirse en una medida de impacto. También por eso el debate se dividió en dos entregas. No era una agenda inconmensurable y nada impedía que se realice en una sola jornada, quitando tópicos redundantes. La segunda parte existió para calibrar lo que salió mal en la primera. Es decir, para ajustar el shock televisivo, para licuar aún más la política y acentuar al máximo la mercadotecnia.

Insólitamente, quienes mejor rindieron en el segundo debate no fueron los candidatos con más chances electorales, sino los que asumieron que nada tenían para perder y que lo más inteligente era entregarse al firulete oratorio: Nicolás Del Caño y José Luis Espert. Mientras Macri y Alberto Fernández establecían un diálogo bilateral con chicanas predecibles, los que saturaban la retórica eran estos dos anémicos del voto.

Los casos de Roberto Lavagna y Juan José Gómez Centurión deben analizarse desde la incompatibilidad televisiva: el primero no acepta ajustarse al vértigo mediático y el segundo, por una extraña limitación intelectual, se torna desabrido. A Lavagna hay que comprenderlo como un viejo sabio ofuscado por el formato. A Gómez Centurión como un hombre aletargado, sin currículum, conceptualmente disléxico. El debate, entonces, se nucleó en cuatro candidatos.

Si Nicolás Del Caño fue una caja rígida en el primer debate, en el segundo aplicó una destreza inesperada. Suelto como si hubiese inhalado marihuana minutos antes, atormentó a los candidatos centrales con un discurso que tampoco traicionó los clichés de la Izquierda. Espert fue más lejos: apostó por ser el bufón de la noche, una metralleta de frases cómicas sin ningún asidero, como si estuviese audicionando para ser el conductor de un Late Night Show.

Macri y Fernández fueron un medio camino entre la furia televisiva y la solemnidad institucional. Ambos conscientes del formato pero también precavidos de darle material al enemigo. Error: el material lo darían quieran o no, y allí está ahora en discusión el supuesto audífono de Macri junto al exabrupto de Fernández mencionando al fallecido Franco Macri. Entonces, si el debate no cambia el rumbo de la elección, si ya están todas las cartas sobre la mesa, ¿por qué tanta cautela?

Al contrario de lo que opinan los especialistas, estos debates afectan al electorado aunque de un modo alternativo y psicológicamente inexplicable. Primero: los televidentes no confunden la esfera política de la espectacular porque justamente entienden que en estas instancias tan excepcionales, política y espectáculo entran en simbiosis. Se acuerda darle vía libre al cinismo como una suspensión momentánea del decoro cívico. Una purga, nada menos. De imponerse por ley un debate televisado, el espacio debe ocuparse con responsabilidad. Y bien sabemos que la responsabilidad, en televisión, implica ser irresponsable, como lo fue Del Caño y Espert.

Segundo: cuando los argentinos entran al cuarto oscuro, miran las boletas. En las boletas están los rostros de los candidatos presentes en el debate. Los desprevenidos ideológicos recordarán algunas frases con una sonrisa. Claro que no será una sonrisa de simpatía política, sino una sonrisa de gratitud por haberse cargado un show al hombro. ¿Los votarán? Quién sabe: la democracia espectacularizada hizo de la acción política un enjambre emocional impredecible.

Aún ninguna encuestadora, ningún politólogo y mucho menos el político, entienden cómo inciden los medios masivos en el votante. Estamos condenados a mecernos entre el chiste y la solemnidad hasta que la democracia ingrese en su fase superadora. ¿Continuarán los debates en esta nueva fase? Difícil saberlo.

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