Bucles de autoayuda

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Al revival de materiales analógicos como el vinilo, el celuloide o el polaroid podría agregársele uno más extraño: el rizo. ¿Pero puede acaso resurgir algo inherente y orgánico como lo sería un tipo de cabello? El sinsentido no lo es tanto pensándolo como moda: durante los noventa la piel trigueña era una meta para los pálidos y se estimulaban ingestas de sol con colchonetas metálicas o camas solares. A su vez, el pelo lacio y rubio era otra distinción e innumerables cabelleras se chamuscaban con planchas y ácidos decolorantes.

El proceso ahora consiste en la restitución del bucle a través de cosméticas capilares delirantes y eco-frendlys, que no temen en fabricar geles caseros a base de coco, miel y mayonesa. Pasamos del lacio prestigioso al rulo aguerrido, aunque delicadamente hidratado. Ante todo, la higiene del salvaje.

En el fenómeno hay una reminiscencia a la imaginería del Renacimiento, con sus pinturas de ángeles y santos portando esplendorosos cabellos rizados. Pocos siglos más tarde, durante la Ilustración, testimoniamos el auge de las pelucas con firuletes, propicias para protocolos o festividades. Si nos retrotraemos al ícono del bucle en la historia occidental, éste condensa misticismo y aristocracia, instancias de elevación espiritual y social. Pero ya en la segunda mitad del siglo XX, con la ebullición de la publicidad y el consumo de masas, el rizo empieza a ridiculizarse, se transforma en una cualidad infantil por excelencia, suerte de resorte cómico. ¿Qué hay detrás de esta humillación repentina?

1. La delgadez extrema de los cuerpos impone una normativa anoréxica y el bucle implica el engordamiento del cabello, una adiposidad que lo inhabilita para la ligereza, la velocidad y la adaptabilidad, requisitos modernos de eficacia laboral. El bucle, en lugar de buscar la expansión, busca la contracción. No casualmente se lo empieza a conectar con rostros rollizos, mofletudos, ruborizados. El bucle no tiende a la eficacia, tiende al chiste.

2. La cultura norteamericana siempre funciona como metonimia del mundo. Su pasado racista es uno de los más traumáticos y frescos. El bucle conecta con la raza negra y tener un cabello similar al afro se transforma en un estigma. Es difícil encontrar en Hollywood sex symbols con el pelo decididamente ensortijado. Predomina el lacio y las ondas aparecen como una deliberación capaz de reforzarse o borrarse. Dentro del modelaje masculino, el rulo estable conecta con rasgos femeninos a la larga contraproducentes.

3. El diseño industrial impuso texturas romas y lisas. Electrodomésticos, automóviles, decoración de interiores, indumentaria, arquitectura. La nuestra es una época mínima y pulcra. La ergonomía de los smartphones, televisores LED, notebooks o cualquier clase de objeto destila un erotismo lampiño, un tacto de cristal. Lo mismo puede decirse de espacios comunes como aeropuertos, shoppings y supermercados: una luz plana, blancuzca e intensa elimina imperfecciones. Las superficies metálicas resplandecen, no hay rugosidad. El diseño industrial es lo opuesto al rulo.

No es extraño que se haya abierto un frente contrahegemónico para restituir el valor del bucle. Empiezan a proliferar en redes sociales comunidades de ruludos, influencers del rulo o páginas especializadas para el cuidado del cabello rizado. En Facebook existe un grupo cerrado llamado RulosArg, muy estricto al momento de aceptar integrantes, que en pocos meses superó los 150.000 miembros.

Si algo caracteriza a estas agrupaciones cibernéticas es la contención exagerada ante la exhibición narcisista del cabello; fotos o videos acompañados de epígrafes que cuentan cómo superaron la vergüenza de portar rulos o qué técnicas cosméticas aplicaron para obtener semejantes resultados. La jerga se torna sectaria, hablan de cowash, low poo, cast, scrunch, frizz, curly, términos que la comunidad empieza a manejar con soltura para otorgarse un sentido de pertenencia. Porque si de algo se trata esta movida es de fomentar la aceptación de un yo capilar, de contagiar el orgullo genético y promoverlo como supremacía. Todos se halagan, se dan ánimos, se ayudan, recomiendan fórmulas y peluquerías y juran que desde que se reconciliaron con su pelo viven felices. No hay lugar para la agresión ni para la ironía: el tema parece demasiado sensible. Scrollear por estas páginas es como asistir a una reunión de alcohólicos anónimos.

Lo lacio pertenece, hoy más que nunca, a la estética de lo digital, es un signo de indiferencia, autocontrol, frigidez y maleabilidad ambiental, mientras que el rulo constituye su antítesis analógica, un componente vintage que necesita ser rescatado para volver a ponerse en circulación bajo rasgos eufóricos: es lo texturizado, lo indómito, lo multiforme. “Soy ruludo, por ende soy singular, desprolijo, y me afirmo en mi imperfección”. El corrimiento semántico es clarísimo: de la caricatura del bucle al salvajismo bondadoso. De Frodo Baggins a Jon Snow.

Lamentablemente, a esta liberación contrahegemónica se le infiltra una pequeña pero decisiva falla: la búsqueda del bucle perfecto, la alquimia para obtener un grosor que no llegue a la crispación de la virulana ni a la vaguedad de la onda: el bucle debe ser un bucle ejemplar o no ser. Carrera obsesiva por la hidratación eterna, negacionismo del condicionamiento climático. La fobia del frizz y la disciplina estricta del rulo serán recordadas como las traidoras de un movimiento que restituyó la contundencia analógica de lo capilar.

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