Los filicidios presidenciales

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Ser parte del legado histórico de un país a contravoluntad: tragedia que afronta todo hijo de presidente como una situación no elegida y dual: su privacidad ahora es absorbida por la figura pública del progenitor. A diferencia de una primera dama, el hijo del presidente no puede claudicar: su condición es impuesta y finaliza con el mandato. Es una carga irrenunciable que en el peor de los casos desemboca en sacrificios como el de Carlos Menem Jr.

Al trazar la historia argentina desde los hijos presidenciales, se develan compuestos decisivos para la estética de cada mandato. El hijo queda al servicio de la representación que el presidente hará de sí mismo como hombre público, marcando un estilo y una ética. Los hijos son entes involuntarios que oscilan entre el orgullo de ser derivados del poder y el temor de sentir en jaque su integridad. ¿Qué hacer cuando los medios expropian tu imagen para la propaganda? Más atroz es este destino cuando el menor de edad depende legalmente de los mismos padres que necesitan la exposición.

Florencia Kirchner crece en el poder y asume la madurez consciente de que un imaginario de militancia la atraviesa. Su estado mórbido actual probablemente sea consecuencia de la dificultad para lidiar con tanta incandescencia. No por 4 ni por 8 años: por 12. Y no con un progenitor presidente: con ambos. ¿Cómo diagramar tu independencia cuando tus padres no sólo condujeron una Nación por más de una década, sino que además diseñaron un folklore? Néstor asume cuando Flor arranca su adolescencia con 13 años y Cristina hace el traspaso de banda cuando Flor cuenta con 25 años, casi la misma edad que hoy tiene Estanislao Fernández. Si toda adolescencia es traumática, una rodeada de intrigas cortesanas puede ser devastadora.

El país observa crecer a Flor K. El país es voyeur de su devenir hormonal. Este crecimiento coincide con el crecimiento de una generación que no conoce otra mampostería política que no sea la del kirchnerismo. Quien hoy tiene la franja etaria de Flor K descubrió en su adolescencia nada menos que la dimensión política de la vida. Será Flor K, no Máximo, la proyección del constructo kirchnerista: un cuerpo patologizado y un espíritu que filma la historia de Santiago Maldonado con buenas intenciones. Máximo K no puede ingresar en esta representación liminal por haberse plantado jerárquicamente en la arena política. Los hijos camporizados de Néstor y Cristina tienen su espejo en Florencia: son militantes vírgenes sin un background detrás del cataclismo delarruista.

El caso de Antonia Macri es distinto. Por la fugacidad de Cambiemos, responde más a la instantánea que al continuo biográfico. La niña no crece en el poder, lo decora. Macri tiene otros hijos pero por estrategias de imagen prefiere invisibilizarlos. Antonia ingresa en el espectro familiar como la hija de Juliana Awada, una primera dama también decorativa. Macri, Juliana y Antonia proyectan una familia icónica, heteronormada a ultranza. La propaganda macrista, a diferencia de la kirchnerista, ha sido una propaganda de imagen pura, vaciada de discursividad. Por ello fue tan útil el ángel de Antonia. Resplandece de candidez y nada más. La niñez simboliza esa política negada y minimizada. Infantilización que encuentra en Antonia una representación directa. El votante macrista, autopercibido como apolítico, asume la misma minoría de edad que Antonia. La infancia despliega aquí la artillería semántica del macrismo: transparencia, cariño sin pasión, aprendizaje con margen de error.

Estanislao Fernández propone algo atípico: ni niño ni adolescente, al momento que su padre se encamina al sillón de Rivadavia, ya cuenta con mayoría de edad y asienta postura como militante gayfriendly. A diferencia de Máximo K, sus modales políticos giran en torno a una periferia, no al núcleo duro del poder. Estanislao se concentra en la disidencia. Un poco involuntariamente lo postulan como la cara visible de una minoría sexual. Su talento para draguearse será una declaración de principios: alternar de lo femenino a lo masculino como un acto de libertad para ser lo que uno quiera ser.

Alberto Fernández manifiesta abiertamente orgullo por la identidad líquida de su hijo. A su vez, Alberto está separado, viviendo solo en un departamento prestado. El arquetipo familiar es opuesto al de Mauricio Macri: hay un corrimiento de las normas que consolidan a la familia como institución católica. Alberto y Estanislao son disfuncionales, el legado de la sangre no retumba. Ambos proponen una constante reinvención a través de instituciones menos legítimas como la amistad o la comunidad LGTBQ+.

Estanislao adapta su cuerpo al deseo estético. Ser un cosplayer es desestabilizar una representación fija para alternar entre múltiples figuras de la cultura pop. La identidad de género queda en suspenso y entra en juego la identidad andrógina del manga y del animé. El aspecto lúdico está lejos de la inercia infantil: la práctica se adopta a conciencia, como disrupción de las cláusulas sociales de la apariencia.

Hiperparticipativo en las redes sociales, Estanislao emerge como un hijo presidencial desprejuiciado y desenvuelto. Aún queda observar su arco de transformación a lo largo de estos años, pero junto con Alberto ya han propuesto la deconstrucción del canon familiar.

Es probable que las minorías sexuales hayan votado al Frente de Todos por ver en Estanislao ese amor paternal que siempre desearon para ellos. Simbólicamente esta transferencia es un maremoto que nos arroja hacia nuevas arquitecturas emocionales. Bienvenido sea el desconcierto de lo nuevo.

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