Paganismo cosplayer

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Lo que a simple vista hace un cosplayer es disfrazarse de algún personaje ficticio, preferentemente del manga o del animé, aunque el campo ya se expandió al videojuego, a los dibujos occidentales y a cualquier producto audiovisual. Claro que no sólo se trata del disfraz: hay una suerte de composición, de internalización del personaje.

En toda Comic-Con o convención de cosplayers se conjugan tres atmósferas: psicodelia, fiesta popular y rito pagano. La primera se construye a base de sobreestimulación nerviosa: los predios están repletos de pantallas reproduciendo trailers de series o películas, hay stands con brutalidad de merchandising, instalaciones estrafalarias para sacarse fotos, esculturas hiperrealistas, salones gamers, shows simultáneos, food trucks, cines en 4D, etc. Uno camina por un laberinto señalizado como una broma para girar en círculos. El decorado se repite con variantes imperceptibles. La multitud se desplaza lenta, estupefacta, chillona. La mente se embota ante la voracidad del consumo y ante el ataque sistemático de luces y sonidos.

La segunda atmósfera se detecta en la congregación heterogénea de edad, género, clase, raza y nacionalidad. Desde ancianas hasta familias enteras, todos caracterizados de algo. Pero no es la diversidad social lo que marca el acento popular, sino la disparidad en la calidad de los atuendos, varios hechos con trapos y manchas de maquillaje, deteriorando la ósmosis entre disfraz y personaje. El ambiente se torna trash y lo popular triunfa por una integración indiscriminada en detrimento de la elite cosplayer. Una fiesta que abraza a todos: el juego de roles no entiende de jerarquías ni de escasez de recursos.

La tercera atmósfera es la más atendible: los cosplayers se toman extremadamente en serio esta práctica. Están poseídos, despojan su individualidad para cederle el cuerpo al personaje en cuestión. No importa qué tan espantoso sea el traje: el cosplayer olvida su identidad cívica para zambullirse en un mundo fantástico; se mueve hacia una lógica desvinculada de lo cotidiano. Sus cerebros procesan una realidad alternativa. No actúan, son. Gracias a este ser, un culto politeísta se impone ante la congregación. El trance empieza a sintonizar mentes y se esparce una solemnidad carnavalesca.

Un cosplayer promedio no cuenta con el financiamiento para confeccionar un traje espectacular y tampoco tiene el talento actoral como para caracterizar con gracia a su personaje. Hay que pensar al cosplayer como un buscador casual de trascendencia, un diletante espiritual. Es, en resumidas cuentas, un colonizado que fagocita las creencias del colonizador para componer un culto híbrido, por momentos hereje.

Nuestra industria cultural es una fuerza semiótica poderosa, indestructible, indisimulable. Nadie escapa de su impacto en ningún lugar del planeta. Nadie es ajeno a una lobotomía en cuotas. Pero lo que logra un cosplayer es reubicar esta industria cultural en el lugar que dejó vacante la religión. Disfrazarse sin tener noción del disfraz es una forma de alivianar la saturación del yo y encomendarse a algo superior, a una fuerza mayor y semióticamente reconocible por todos. Quien se disfraza de Spider-Man, de Dragon Ball o de cualquier de los Jokers, presta su cuerpo como médium para que el icono pop descienda a la tierra y nosotros, los mortales, accedamos a una selfie, esa exótica estampita digitalizada pero igual de efectiva en su evocación sentimental.

Si el cosplay puede entenderse como un culto politeísta, es porque en su usina cuenta con un personaje idóneo para cada morfología psicológica: me dejo poseer por el personaje que mejor se ajuste a mi personalidad. El humano abocado a este culto decide adoptar la forma de tal icono según su simpatía psíquica y su potencialidad física. Lo que suele entenderse como physique du rôle: un Súperman en lo posible debe tener bíceps y un Totoro, sobrepeso. Pero esto último no es excluyente y ciertos cosplayers se toman licencia para reinterpretar y deformar. Son ellos, sin dudas, los que más lejos llegan en el proceso de fagocitación colonial: toman el producto y lo pervierten, le cambian el género, lo transforman en reminiscencia. Existe allí una superación de la réplica, una recombinación de elementos que permite filtrar el inconsciente del cosplayer. Mi aculturación, mi subjetividad, mi religión privatizada.

Este rito pagano cuenta con un último componente, quizás el más subversivo: la cultura del cosplay otorga una malla de contención para el ridículo, regala impunidad para sostener cierto retraso madurativo. La infancia y la pubertad se perpetúan en el comportamiento del cosplayer. Si la adultez implica una rendición ante el contrato social con sus derechos y obligaciones, el cosplay se ancla en un orden puramente lúdico, en donde la conciencia actoral ni siquiera existe, pues de existir, el juego de roles no podría ejecutarse a ultranza. Quien hace cosplay, sin importar su edad, se comportará como un niño, con pantomimas desprolijas y gritos imbéciles, hundido en una imaginación que lo extravía de la realidad.

Verdadera resistencia colonizadora: allí donde la industria cultural diseña una psiquis para ser funcional al status quo, el cosplayer aniquila el pasaje a la adultez y del mismo modo que un esquizofrénico, se desentiende por completo de las metáforas. Un par de trapos, alguna pintura, una fijación. No hace falta más.

 
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