Yo estuve en Plaza de Mayo

Simulacros del fin del mundo  |  Por Lucas Asmar Moreno

La Comic-Con 2019 se celebró entre el 6 y el 9 de diciembre. Mi padrino periodístico de Buenos Aires me habilitó un pase de prensa y fui a cubrirla. De hecho escribí un ensayo que salió en este espacio hace dos semanas.

Mi vuelo de regreso estaba programado para el 9 a las 20 horas.

–¿No te quedás para la asunción de Alberto? –me pregunta un amigo que aún con cincuenta años conservará un aspecto juvenil. Su pelo es una maraña negra, mechones brillosos y azabaches enmarcando facciones minimalistas que junto a la magnitud de sus ojos lo hacen idéntico a un animé. Piel pigmentada como si viviera en el Caribe, lentes de cristales sucios, ropa holgada y una manera de hablar robótica, dominado por el mismo humor bajo cualquier circunstancia. El CONICET lo becó para que escriba un doctorado sobre posthumanismo.
–No puedo pagar un hotel.
–Dormís en casa.
–Perdería el pasaje.

Se quedó pensativo y sin despegar lo ojos del suelo, el animé del CONICET balbuceó “bueno” con una carga reprobatoria.
Llegué a Aeroparque al atardecer. La sala de embarque se enaltecía bajo una luz naranjada un tanto sucia por el calor de esos días. Faltaba media hora para subir al avión. ¿Quedarse a la asunción de Alberto? ¿Para qué? Ni siquiera milito y si me quedo no tengo cómo volver. Carente de motivos para permanecer en Buenos Aires, escuché el primer llamado a embarque. Luego el segundo. Luego mi nombre por el altavoz del aeropuerto.

-Sigo en Buenos Aires.
-¿Se retrasó el vuelo?
-No, se fueron sin mí.
-A veces pasa. Justo estoy preparando unos tacos vegetarianos, te espero.

Dormí en el sillón del living. Desde las 6 de la mañana empezaron a escucharse bocinazos, anticipos aislados de algarabía. Ya a las 9 era imposible seguir durmiendo por un aire viscoso, inmóvil, caliente, que con el paso de las horas iría trepando hasta niveles inhumanos. El animé del CONICET se fue a pagar el alquiler y yo me puse a ver desde el celular el traspaso de banda. Enganché justo cuando Alberto arrastraba la silla de Michetti. Qué raro, antes su propio partido la usaba como mesita de luz y ahora el nuevo presidente la pasea.


–¡Corazón, qué alegría que sigás acá! –me saluda una compañera del animé del CONICET justo cuando cantaban la marcha peronista en el congreso. Era una chica alta, lánguida, con el flequillo mal cortado, un labial rojo intenso y unos lentes de marcos angulosos. Un clon sensual de Rosy de Palma.
–No tenés idea de lo que vas a vivir, corazón –me anticipa la chica Almodóvar. Hicimos tiempo tomando tereré hasta que llega un mensaje.
–Es Jeffrey –nos avisa el animé del CONICET–. Ordena que vayamos.
–¿Quién?
–Jeffrey –repite ofuscada la chica Almodóvar como si estuviese desconociendo a un famoso de la tele.

El subte estaba repleto y se percibía una electricidad amable, un entusiasmo similar al de una peregrinación para asistir a una final de fútbol o a un recital. Nadie cantaba ni largaba consignas pero se reconocían, cómplices, en la misma frecuencia. Salimos del subte y en una esquina, resaltando entre la muchedumbre, nos hacía señas un hombre gordo y pelado, de musculosa rosa, con un pañuelo de la diversidad en la muñeca y la barba y el rostro enchastrados de una purpurina corrida por el sudor.

–Él es Jeffrey –dijeron mis amigos a coro. Me lo presentaron y recibí un beso lascivo en la mejilla. Estaba excitado en demasía.
–¡Qué monos que están! ¿Él quién es? –pregunta ladeando la cabeza hacia mi dirección.
–Tratalo bien, es su primera Plaza de Mayo –le advierte el animé del CONICET.
–¡Obvio! –y vuelve a dirigirse a mí–: Abrí la boca y levantá la lengüita.
–¿Para qué?
–Te quiere dar un cartón –me explica la chica Almodóvar.
–No, gracias.
–¡Arriba el ánimo que esto es una fiesta!
–No sé, pensé que iba a haber más gente –me atrevo a observar. Jeffrey lanza una carcajada y me explica que la plaza está a diez cuadras. Empezamos a caminar y mientras nos acercábamos el tránsito se ralentizaba. De a poco iban apareciendo parrilladas y no sólo con choripanes: habían sándwiches de vacío, pechugas de pollo y hasta hamburguesas de lenteja. A la bebida se la conseguía de seres que cargaban una heladera en la cabeza. Era como si esas heladeras se desplazaran solas por encima de la multitud. Tras media hora de procesión, divisamos una pantalla con el recital.
–¿Nos quedamos acá? –pregunto. La chica Almodóvar estaba de acuerdo, no era necesario continuar; al animé del CONICET le hubiese gustado estar más adelante pero tampoco le molestaba la ubicación. Jeffrey se indignó y dijo que no le podíamos hacer esto, que él quería tocar los pies de Cristina.

Continuamos abriéndonos paso pero esta vez con suma dificultad. Íbamos tomados de la mano porque si alguno se rezaga nunca más sería encontrado. Nos acercábamos a algo más que al escenario: nos acercábamos a un epicentro de demencia. Era un cuadro de El Bosco: mezcla de horror, incoherencia, grotesco y fascinación. Habían personas desnudas, presa de estupefacientes, otras colgadas de postes o árboles, todas saltando al compás del cántico “Alberto Presidenta”. Pese al caos, nada resultaba agresivo ni hostil. Sí había una sensación de peligro natural por el conglomerado humano y una sensación térmica de 40°C. Además de la fricción de los cuerpos sudados, aparecían montículos de brasas que uno debía esquivar para no quemarse.

–¡Hasta acá! –gritó la chica Almodóvar. Todos estuvimos de acuerdo menos Jeffrey. El animé del CONICET y su compañera se plantaron y yo sentí un tirón del brazo.
–Venís conmigo –repetía Jeffrey mientras me arrastraba hacia el epicentro de la demencia. No podía resistirme: la misma masa humana nos arrastraba. Vi cómo mis amigos se achicaban mientras quedaba a merced del misticismo de Jeffrey.

De los empujones lógicos pasamos a apretujones violentos y dolorosos. Cada tanto pedían aire para un desmayado. Conté un total de ocho personas desvanecidas.

–Es normal –me explicaba Jeffrey sin lograr avanzar ni un metro más–. Guarda que estás pisando pis–. Miré al suelo: un charco de orín se filtraba por la tela de mi zapatilla. A un costado, una mujer estaba de cuclillas con la pollera levantada.

Sonó el himno. Gritos, dedos en V, un tarareo gutural y descoordinado. Hasta que aparecieron Alberto y Cristina. La realidad, que siempre pareció a punto de descomponerse, acabó por hacerlo. Si al ver llorar a alguien uno se conmueve, sentir el llanto de miles es transfigurador. Una vibración masiva, intensa, de la que nadie sale indemne.
Entonces lloré. Nada racional había en mi llanto: no lograba escuchar los discursos y sólo veía formas en la penumbra creciente. Y eso se sentía bien. ¿Eso era la militancia? No lo sé. De esa tarde / noche guardo la certeza de que llorar con otras miles de personas es algo urgente y necesario para entender al peronismo.

 
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