Ese virus que estornuda contradicción

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Deambula un virus asintomático, o de escasa consecuencia, que en tiempo récord reconfiguró el panorama geopolítico: derrumbes financieros, cierre de fronteras, redescubrimientos corporales y espiritualidad doméstica. ¿Todo esto por un virus que produce una gripe? No: en otra parcela de la población conformada por ancianos, enfermos crónicos o inmudeprimidos, este mismo virus puede ser letal, y allí se presenta el matiz decisivo, la encrucijada ética.

Cuando pensamos la muerte como estadística, o la sometemos a un análisis de costo-beneficio como en el caso inglés, despojamos a la vida humana de trascendencia. Ingresamos aquí en un terreno incómodo, irreversible.

Son estos mismos decesos selectivos los que producen el cortocircuito mental, pues la tasa de mortalidad del virus resulta inversamente proporcional a su contagio. En un futuro inmediato todos tendremos CoVid-19 y casi todos viviremos para contarlo. En ese “casi” está la disputa por el imaginario del virus.

Es una disputa que termina siendo generacional y vital: viejos enfermos vs. jóvenes sanos. La preservación de los primeros invalida la libertad de los segundos. Toda dinámica social se retrotrae y suspende; recluir a la población en sus casas simula experimentar la decrepitud. De este modo, y muy irónicamente, los jóvenes sanos se ven obligados a vivir como viejos enfermos por tiempo indefinido. La solidaridad con nuestros abuelos implica mimetizarnos con ellos, empatar nuestro vigor juvenil.

Por esta y varias razones más, al CoVid-19 hay que consagrarlo como una obra maestra de la semiótica. Cada uno de sus preceptos propone un sobresalto de sentido:

* cuidar del otro alejándose del otro.

* informarse en medio del colapso informativo.

* reparar en nuestra salud sin acudir al sistema sanitario.

Todo lo que se desprende del CoVid-19 nos posiciona en una frontera de no-muerte. Estrategia maestra de lo viral: aquello omnipresente e invisible, que está y no está, que se tiene y no se tiene. ¿Somos una amenaza para el otro o el otro es una amenaza para nosotros? Este loop rompe la cadena causa-efecto y nos hace incapaces de separar prevención de histeria, solidaridad de sobreprotección, contagio de muerte. Caemos así en el estupor de lo que podría ser pero no es, y viceversa.

Cuando Žižek habló de un golpe al corazón capitalista deliró con tino: la lógica de todo virus se aproxima a la del capital, en cuanto delata una injusta distribución de anticuerpos entre los seres humanos. El darwinismo del virus espanta porque nos arrincona ante nuestro inconsciente ideológico: los miembros activos de la población merecen vivir más que los pasivos. Hasta la edad de riesgo es idéntica a la edad jubilatoria: 65 años.

La puesta en escena que propone el CoVid-19 se transforma en un espejo insoportable de egoísmos y meritocracias, de pronto conjuradas por un Estado chamán que frota las piedras del chauvinismo, tal como puede apreciarse en Italia, sensibilizada ante cualquier gesto patriota. Claro que la intervención estatal no hace más que recrudecer las tensiones metafóricas: una cuarentena obligatoria desdibuja lo público de lo privado.

¿Cuál sería la esfera pública en estas circunstancias extraordinarias? La virtud cívica parece traducirse en hashtags como #QuedateEnCasa, fomentando la visualización doméstica a través de interfaces tecnológicas, mientras que los espacios comunitarios de las ciudades, donde tiene lugar el encuentro democrático, quedan desérticos y vacantes. Ni marchas, ni festivales, ni ferias de artesanos.

Sin embargo, la distancia social exigida por el Estado no anula la vida social, inclusive podría decirse que devela aquellos mecanismos preexistentes de autismo, aislamiento, fobia y ociosidad. Este sinceramiento nos permite ver con claridad el horizonte de mundo que habitamos y aspiramos: un mundo que homogeniza un modelo home office de clase media primermundista. El trabajo es indisociable de la distracción con servicios de streaming, compras online y presentismo cibernético.

Cuando el virus se contenga, las incógnitas de sus funciones simbólicas acabarán autosuprimidas. Se olvidará la génesis sanitaria para contener el brote psicótico y económico de Occidente. El CoVid-19 quizás no sea la oportunidad delirante que Žižek encontró para acabar con el capitalismo, pero las contradicciones que impuso como imaginario tienen una función pedagógica siniestra: un jocoso teatro de miniaturas que señala cómo la juventud productiva deberá lidiar con su propia vejez improductiva, cómo lucirá lo público al privatizarse por completo y cómo el contacto con el otro estará obligado a ser siempre un contacto epidérmico y no simbólico.

La cuarentena nos confiscó a una despolitización negada por arrebatos morales más propios de la impotencia que de la determinación. Nos secuestró un virus turístico y remanido que miramos deambular por nuestras calles desde el balcón. ¿Qué hacer cuando ese virus se harte de viajar y se eche a dormir? Crear imaginarios menos contradictorios puede ser una opción.

 
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