Vamos a morir

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Una tanatología administra nuestras vidas hace semanas. Pompa fúnebre irresistible, devenida en dogma mundial. ¿Hasta dónde será lícito ensayar esta fantasía de extinción humana?

Si el pánico a un virus es insuficiente, se le adosa el pánico a un colapso hospitalario. De este modo, cualquier patología se insinúa como incurable. En otras palabras, nos quitan el derecho a enfermar y nos ponen en falta si decaemos inmunológicamente.

La vida queda sin el reverso mortal que la hace libre. La vida, irónicamente, se arrodilla ante una tiranía sanitaria. La vida se estira hasta su límite tanático como una cadena que le permite abismarse al vacío pero no dejarse caer.

Testimoniamos un súbito cambio representacional de la muerte: ya no se la piensa como un exabrupto que clausura el ciclo vital; la muerte pierde su carácter trágico y al perderlo no simboliza un paréntesis que nos unifica en un proceso de duelo. No hace falta vivenciar un fallecimiento cercano, basta notar cómo los decesos de las celebridades en época de cuarentena pasan desapercibidos.

La muerte deja de marcar ese tiempo excepcional que una vez finalizado nos devuelve a la vida. La muerte, se nos sugiere ahora, vive silenciosa en nuestros cuerpos. Incubamos destrucción, somos muerte pura, tanto para nosotros como para los otros. ¿La solución inmediata? Encerrarse hasta que bajen las estadísticas de la OMS. Claro que no se trata de un mero confinamiento, verlo así sería ingenuo o, peor, conspiranoico: se trata de instaurar una necropolítica en donde las energías carezcan de dirección. Todo impulso es una cuerda lánguida sobre el asfalto. Estamos en guerra pero en una “guerra invisible”. Cuando el enemigo queda fuera de la percepción, se interioriza. La autodestrucción está servida: nuestro cuerpo es el campo de batalla.

La compulsión de cerrar fronteras subraya la impotencia para comprender esta amenaza: en un mundo globalizado –físicamente por el tráfico aéreo, simbólicamente por las telecomunicaciones, económicamente por las transacciones financieras–, el extranjero, el portador de la peste, ha perdido su otredad. El peligro, imposible de identificar y por ende de atacar, se encarna y apuntala gracias a la decadencia anímica y corporal que acarrea una rutina en cuarentena: peor nos sentimos y más nos convencemos de que estamos hechos de morbidez.

Precarizamos nuestra vida comunitaria en nombre del bien común. Paradoja fulminante. El sacrificio se hace en honor al objeto sacrificado, como si quisiéramos recuperar la fertilidad extirpándonos los genitales.

No es confinamiento ni encierro, es algo peor instalándose en el inconsciente colectivo: la privatización del acto de morir. Abandonar la vida ahora reclama higiene social, suerte de egocentrismo mortuorio. ¿No es de una perversidad sin precedentes prohibir que un individuo se despida de sus seres queridos? ¿No es abominable que el rito fúnebre se suprima por políticas sanitarias? ¿No tiene uno derecho a contagiarse por amor, a elegir la muerte como gesto solidario supremo?

La caterva de slogans que se repiten en redes sociales y programas televisivos acarrea un doble sentido que deja al cerebro idiotizado. Cuidar al otro es suprimir al otro de nuestras posibilidades. La única acción es la inacción. Esto instala la idea de que ante cualquier crisis, la docilidad y el solipsismo serán las herramientas de combate.

Quedarse en casa implica proteger el aire que respiramos, encapsularlo en un área doméstica para evitar que el vecino acceda a esta ración de aire puro. La compaginación solidaria es un espejismo new age, un sinsentido que simula reparar humanamente en el otro ahuyentándolo del rango visual. El aplauso, que apela al sentido auditivo, desnuda esta hipocresía. Nada hay allí de homenaje a los héroes anónimos, tan anónimos como las partículas virales que combaten. La percusión desordenada de las nueve de la noche es un conjuro que delimita nuestro territorio al tiempo que exige lejanía. El aplauso como ritual lanza un mensaje muy preciso: “sigo aquí para que no te me acerques”.

Más cruel que el encierro es dictaminar que todos los estratos sociales y culturales se comporten como si el mundo fuese una sola y utópica clase media occidental: los hábitos pandémicos son un colonialismo que suprime lo diverso. En un círculo vicioso, el encierro imposibilita compartir con otros las respectivas experiencias del encierro. Se prohíbe que pequeñas comunidades (etarias o raciales) establezcan intercambios con otros códigos que no sean los tecno-normativos. Así no hay manera de hacer evolucionar el sentido del claustro y transformarlo en accionar político. El claustro deviene en vivencia pobre y uniformada. Quizás por eso el patriotismo haya resucitado tan de golpe: es una fórmula harto probada para homogenizar el pensamiento, la mampostería de una despolitización radical.

Efectuar videollamadas como parche hasta que se restituya la normalidad es capcioso. No porque deshumanicen, sino porque se alzan como posibilidad única. Una videollamada como variable comunicacional es tolerable; la videollamada como condición excluyente transforma al smartphone en el último eslabón de la esfera pública. Así nuestros cuerpos simulan su relieve a través de la conectividad en red e imponen su intocabilidad absoluta. Cada uno de estos detalles, en apariencia triviales, marcan una jurisprudencia. Alimentos, fármacos e internet son para cada gobierno en cuarentena materiales imprescindibles, tríada curiosa que marca la dirección paradigmática: un cuerpo es válido en tanto come, se regula químicamente y se conecta.

Esta tanatología, hoy efervescente, va a menguar con el tiempo. Lo desalentador es que el experimento social, violentamente costoso a niveles psíquicos, ya se ha perpetrado, y cada vez que algo amenazante flote en la atmósfera (no sólo un virus), la muerte se apoderará de la escena y el protocolo se pondrá en marcha. No será la muerte como reverso lógico de la vida, sino una muerte hipotética, omnipresente y mágica. Una muerte que no se pueda enterrar.

 

 

 

 
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