Elogio de lo viejo

Simulacros del fin del mundo | Lucas Asmar Moreno

En un capítulo de la séptima temporada de Los Simpson, Homero recuerda su juventud. Canta frente al espejo junto a su amigo Barney.
–¿Qué demonios están haciendo? –interrumpe Abe, el padre de Homero.
–Vamos a salir a rockanrolear, señor –explica Barney.
–Tú no entiendes, papá, no estás en onda –observa Homero.
–Yo sí estaba en onda –empieza a decir Abe con una voz progresivamente sombría– pero luego cambiaron la onda, ahora la onda que traigo no es onda y la onda de onda me parece muy mala onda. –Tras un breve silencio, remata apuntando con el índice a su hijo–: ¡Y te va a pasar a ti!
La escena pertenece a la época dorada de Los Simpson y un centennial quizás haya caído en ella gracias a la reproducción aleatoria de Youtube o mediante un zapping que se detuvo en Telefe. Como todo buen chiste, esconde una verdad incómoda y universal: generaciones que conquistan una pequeña parcela de tiempo y al perderla la consideran superior.

Esta disputa, que podría entenderse como un conflicto generacional –contraste biológico entre padres e hijos–, posee hoy un carácter esquizofrénico por manifestarse en períodos generacionales cada vez más compactos. La vida de una persona no crea una dialéctica con los valores de sus padres o abuelos: crea una dialéctica consigo misma. Nuestras conductas se van adaptando a escalas de valores incompatibles con escalas de hace pocos años. La erupción del feminismo, por ejemplo, sirve para comprender cómo lo impregnado culturalmente a fines del siglo XX es extirpado sin un sucedáneo cristalizado en nuestras costumbres (el matrimonio, la iglesia y la familia son instituciones vigentes que parecen desplegar una guerra fría con las premisas feministas). Por supuesto que los paradigmas éticos cambian, el problema es la ansiedad temporal. La frase “se va a caer” apela a un deseo infantil inmediato, cuando lo sensato sería que el tótem patriarcal se erosione hasta ser barrido por el viento. Caso contrario nos aferramos a una cosmética que en sus descuidos permite entrever un rostro harto conocido.

Tales desestabilizaciones éticas crean sujetos dubitativos e histéricos que fingen su firmeza. Son cambios meramente conductuales, jamás interiorizados. ¿Pero por qué debería ser vergonzoso habitar las coordenadas culturales en donde uno formó su aparato perceptivo? Al contrario, debería ser un anclaje identitario o cuanto menos un sinceramiento espiritual.

Uno se encuentra en la encrucijada de querer estar a la altura de las circunstancias y aggiornarse, cuando cada circunstancia ya de por sí es poco fiable por su obsolescencia programada. La nuestra es una existencia acompasada por el estrés del cambio. Cambio sentimental, profesional, político, tecnológico. La imagen justa –usada como muletilla léxica– es “surfear la ola”, el equilibrio en medio de una fuerza impredecible.
¿Se trata simplemente de estar a la moda? Descartar determinados consumos, tópicos o ideologías empieza a ser visto como síntoma de pereza y sinrazón. Si la resistencia persiste, se es improductivo y disfuncional. Gerontofobia como estado atmosférico que le impide al cuerpo interpretar su historia, y por lo tanto aceptarla o rechazarla.
Interpretar compromete al tiempo, la imaginación y el sentimiento. El dato, en cambio, concierne a lo maquínico; ingresa en un código prefijado que garantiza velocidad en detrimento de su propia inventiva. No hay una lectura deshumanizadora aquí, eso supondría que la técnica conspira contra nosotros; fantasía que, en definitiva, provee a la máquina de un insólito resentimiento hacia los humanos. Nuestro inconveniente aparece cuando modalidades algorítmicas se trasladan a nuestra percepción, quitando el factor temporal para aprehender realidades. Surfear la ola es predecir el futuro sin sentir lo pasado.

El auge de la nostalgia, saturado en series y música, deslumbra por su carácter paradójico: los recuerdos dejan de ser un recinto de intimidad y pasan a ser explicitados como objetos-fórmulas que optimizan audiencias. La retromanía es conservadurismo disfrazado de moda.

Surfear la ola también es forzar soportes técnicos para procedimientos pensados bajo otras materialidades. Lo online se impone como un capricho para que nunca cese el surfing planetario: clases, recitales, cumpleaños, festivales de cine. Curiosa autoexplotación en donde el estrés tecnológico se convierte en la nueva plusvalía.
¿Puede un psicoanalista desentrañar un lapsus mediante una conexión entrecortada? ¿Lapsus tecnológico que antecede y protege el lapsus del paciente? El psicoanálisis como técnica depende del matiz gestual y piensa el cuerpo como un carrusel sintomatológico. ¿La transferencia hace caso omiso al cristal líquido de las pantallas y opera como vínculo igual? ¿Se corre el riesgo de que el psicoanálisis derive en tips operativos que desestimen el horror del inconsciente? ¿Puede uno psicoanalizarse desde el patio de su casa con los pies en la pileta?

La conectividad total se hará carne en la generaciones venideras y lo online dejará de ser un capricho para ser un statu quo. Mientras esa transición fatídica se completa, lo viejo no tiene que caer en las sombras de la vergüenza. Hay que confiar en la historia afectiva de los objetos. Un ebook puede ser práctico y económico tanto para editores como lectores, ¿pero cuál es la huella mnémica que hace especial a un libro impreso?, ¿cómo me inicié yo en la lectura? El streaming logró suprimir la imbecilidad del espectador de cine en una sala, ¿pero qué significaba para mí asistir al cine como rito social?

Years and Years es una miniserie que piensa cómo el reacomodamiento tecnológico hace del mundo un espanto. En este horror, la familia se restituye en sus valores añejos y la última toma remeda la invocación de un ser querido pero no ya como creencia del más allá religioso, sino como creencia de un ciberespacio fácticamente habitable.
Dejemos que las nuevas generaciones tejan su cordón afectivo y logren su propia síntesis. En paralelo, honremos la amarga desconfianza ante estos sacudones tecnológicos y sociales que interrumpen nuestra inmersión en el presente. Orgullo reaccionario: saber que la onda que traigo no es onda. Y que te va a pasar a ti, joven centennial.

 
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