El show debía continuar

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Parecía la época más inhóspita para la farándula: la totalidad de los estudios televisivos se redujeron a decorados minimalistas con ínfimos invitados y un tópico maniático: la extinción humana. Y sin embargo, como un yuyo sobre el asfalto, la farándula conquistó nuevamente la agenda. No hizo falta ShowMatch, supuesto reactor nuclear del escándalo. Fue otro el conector múltiple –inesperado pero obvio–, el que sacó a la televisión de su monocromía: el Dr. Mühlberger, también conocido como el doctor de los famosos.

¿Versión masculina de Giselle Rímolo? Quizás peor. Los medios dibujaron sobre Mühlberger rasgos de un ser perverso, cínico, arribista, manipulador y explotador. ¿Sus clientes? Desde Moria Casán, gran promotora de la clínica, hasta Marcelo Polino, pasando por Charly García, Susana Giménez, Soledad Silveyra o Cacho Castaña. El nombre de su tratamiento le saca sonrisas al adolescente: ortomolecular. Constelación de elementos irresistible: promesas de juventud, irregularidades como un té envenenado con clonazepam, un recepcionista bello ávido de cobertura mediática, y por supuesto la Salud como ese perfume que enganchó con la narrativa pandémica.

Mérito del Dr. Mühlberger fue destrabar el consumo mediático, estancado en la polémica de Tinelli fugándose a Esquel a principios de marzo y luego ensordecido con la muerte de Goldie, la hermana de Mirtha Legrand. ¿Acaso Goldie tuvo el desatino de fallecer durante el giro del arco narrativo del coronavirus?

Pero la farándula no estaba muerta, más bien catatónica. Tras la cobertura furiosa de las atrocidades del Dr. Mühlberger, apareció una estafa piramidal con un producto de Nu Skin. Allí varias instangrameras se vieron involucradas. En los programas televisivos, las videollamadas con infectólogos cedieron ante videollamadas con Nai Awada y Cinthia Fernández, indecisas entre la autoimputación lacrimosa o el llamado a la ingenuidad.

En un empalme magistral de apenas horas, Nicole Neumann negó la pandemia de la mano de una médica próvida y antivacuna. Luego Susana Giménez viajó al exterior y desató una polémica similar a la de Tinelli: la impunidad de la fama. Yanina Latorre, por su parte, empezó un intercambio de WhatsApp con el Presidente, Daddy Brieva dijo cosas sobre Venezuela y Jimena Barón habría vuelto con el mismo novio que acusó de violento. ¿A qué se debe este alud de escándalos?

Con el collage audiovisual de Supón, versión local del collage audiovisual de Imagine, la farándula cometió un error anímico: descreer de sí misma, suponer que la predominancia de una noticia en curso (la extinción del hombre a raíz de un virus) la pondría en un lugar marginal, que la haría imprescindible. La falla reiterativa está en creer que arte y espectáculo tienen un vínculo simbiótico, cuando el espectáculo no necesita más que ser espectáculo para subsistir. Lo espectacular antecede a todo evento artístico, publicitario, político o performático; flota en la atmósfera y solo necesita de una metonimia para encarnar en la opinión pública. Cualquier famoso haciendo algo en el momento adecuado creará la noticia que la ciudadanía necesitaba para exaltarse en un orgasmo indignado. La industria que crea el show y que luego crea el espectáculo no hace falta en lo más mínimo.

¿Es que alguna vez el espectáculo se fue del imaginario colectivo? Éste es mucho más que la estridencia de una farándula: es una forma de captar la realidad, de compartimentarla y absorberla como narrativa breve y fulminante. Las imágenes espectaculares tienen mayor habilidad para armar discursos que las palabras, y también para olvidarse más rápido. ¿Qué implica, sino, extasiarse con fragmentos de disturbios en las calles de EEUU? Cada uno de estos videos posee un carácter abrumador al tiempo que anecdótico. Sería imposible que con internet y su lógica de circulación descentralizada, alguna imagen pueda generar una sensación de acontecimiento como el derrumbe de las Torres Gemelas. La misma pandemia es entendida como espectáculo: un evento aislado, en declive a los pocos meses, que busca desesperadamente ganarse un lugar en la Historia. No lo logrará: el espectáculo no entiende de continuidades, se aburre de los objetos aunque jamás de sí mismo.

Guy Debord, en uno de sus aforismos, dice que lo espectacular es aquello que reúne lo separado en cuanto separado. Lo espectacular sería entonces el único vector social dentro de la multiplicidad de formatos. Los valores u opiniones rondando en el cerebro de una población piden materializarse en sucesos apenas pertinentes. Es allí donde la farándula juega un rol primordial como teatro de nosotros mismos. ¿Nuestra salud está en peligro? El Dr. Mülberguer jugaba con la salud. ¿Estamos hartos de quedarnos en casa? Susana Giménez se fugó a Uruguay. ¿No nos agrada ser explotados por nuestros jefes? En Instagram unas influencers estafaban con total impunidad.

Las noticias serias o decisivas poseen una trampa: hacernos creer que son serias o decisivas a través de una retórica solemne, cuando en realidad perpetúan la condición frívola de un planeta incapaz de enfrentar su destino. Bajo esta infantilización social, la farándula se convierte en nuestra representación más fidedigna. Si siempre nos reclama es porque nunca supimos cómo reinventarnos.

 
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