Seremos astronautas

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

El imaginario infantil está regido por el narcisismo y existen profesiones privilegiadas para proyectar esa megalomanía. Se desea ser presidente para administrar una sociedad; médico para disponer de la vida; famoso (en cualquiera de sus variables: deportista, rockstar, actor) para regular la libido ajena. En este packaging del dominio, la vocación del astronauta aparece como la más difusa en su potencialidad pero también como la más recurrente. ¿Para qué quisiera un niño ser astronauta?, ¿para suspenderse en el aire, volar, erectarse, estar “por encima” de todos? Mientras la megalomanía de las otras profesiones son prácticas y tangibles, el oficio del astronauta es recubierto por un halo abstracto.

Dentro de la multitud de películas espaciales, hay dos recientes que deciden correrse de la aventura (filosófica a lo Tarkovski o adrenalínica a lo Michael Bay) para abordar el sentimiento de no pertenencia de aquellos astronautas que regresaron a la tierra.

Una es Lucy in the Sky (2019), con Natalie Portman interpretando a una astronauta obsesionada por volver a formar parte de una misión de la Nasa. En el primer tercio de película, salir de la atmósfera terrestre se convierte en una urgencia existencial: sólo allí se alcanza una experiencia del orden místico. Luego la película se diluye en un burdo drama pasional y desaprovecha su trasfondo.

La otra película es First Man (2018), de Damien Chazelle y con Ryan Gosling. Obra poco valorada quizás por su ritmo cansino y monocorde, en las antípodas de La La Land, película que hizo famoso a su director. First Man opta por un retrato psicológico de Neil Armstrong durante los ocho años que dura su entrenamiento hasta convertirse en el primer hombre pisando la luna. Lo cautivante del Armstrong de Chazelle es su inconmensurable tristeza (bien acoplada a la languidez del actor), una angustia que jamás lo abandona, en parte asociada a la muerte de su hija. En el período que cubre la película, Armstrong es un hombre cada vez más distante, hermético, desapasionado. Sus vínculos sociales se resquebrajan y la caminata lunar es el réquiem de su humanidad. Cuando Armstrong regresa al mundo ya no es parte de él ni volverá a serlo. No porque sea leyenda: Chazelle con el último plano de su película refleja cómo ese hombre vacío estaba predestinado a ser un terrestre extraterrestre. Tras la parábola espacial la pertenencia a su especie desaparece; la humanidad deja de ser una carga. Ni yo pertenezco al mundo ni el mundo me pertenece.

El pasado 30 de mayo, la compañía SpaceX lanzó su cohete Falcon 9. A diferencia de otros cohetes, éste iba tripulado. El despegue gozó de una orquestada parafernalia, incluyendo postergación por malas condiciones climáticas. Previa irritante para el televidente promedio o para cualquier analfabeto astrofísico. Pero el cohete finalmente despegó bajo un interesante intercalado de cámaras similar a las tomas que usó Ron Howard en Apolo 13. En lo sucesivo, el lanzamiento fue visualmente miserable: un par de planos generales paneando hacia arriba y la tensión dramática depositada en alguna falla que mate a los tripulantes. No sucedió ninguna tragedia: el Falcon 9 salió de la estratósfera. Tras unos minutos monótonos, cuando el espectáculo parecía agotado, se nos revela el verdadero acontecimiento estético, el único que importaba y que de ahora en más importará: una cámara adosada a la estructura de la nave iba mostrando la curvatura de la tierra. Nuestro planeta de pronto adquiría la perspectiva de los dioses; a diferencia de los insulsos planos del cohete tomados desde nuestra ubicación terrícola, la imagen devenía cristalina, bella, elegante, hipnótica.

El dinosaurio con lentejuelas que uno de los astronautas soltó en la cabina presurizada para vender por Amazon, más el anuncio de una película con Tom Cruise filmada allá arriba, dieron pistas precisas sobre cuál era el sello que distinguía a SpaceX de la Nasa: el espacio como representación post-humana. La ciencia, siempre obtusa y racional, se transformaba al fin en un videoarte New Age, un producto legible en términos sensoriales, de interpretación rápida e intuitiva. Es un pacto por el cual nosotros los civiles nos desinteresamos de lo que hace esta gente a cambio de una pequeña dosis psicodélica.

Esta fusión de ciencia y videoarte curiosamente despeja cualquier duda de fraude, sombra que hasta el día de hoy acompaña al alunizaje. SpaceX se presenta como un proyecto despolitizado, geopolíticamente higiénico, la iniciativa de un millonario excéntrico motivado por el tedio. Siendo el placer audiovisual lo único redituable de SpaceX, no habría lugar para sospechar una puesta en escena. ¿Por qué querría Elon Musk engañarnos? Ya no entramos aquí en el terreno de la propaganda política, sino en un marketing personalizado. Un individuo siempre será más transparente que un Estado.

Desde la estación espacial, una cámara transmite las 24 horas los 7 días de la semana. Basta buscar en Youtube “SpaceX vivo” para encontrar un canal oficial que muestra cómo trabajan los astronautas. Una música envolvente, entre relajante y enigmática, acompaña encuadres de nuestro planeta con trozos de estación espacial. Los operadores de cámara intercalan tomas subjetivas de los astronautas y vemos exactamente lo mismo que ellos. Sí, somos los astronautas, la identificación es de una obviedad idiota.

¿Es un video en loop, un render hiperrealista? Poco importa: al igual que el niño, vivenciamos esa magia megalómana sin preocuparnos por el artificio. El espacio exterior, estrictamente inaprensible, se hace experiencia estética y lúdica. Un reality al que ingresamos para aislarnos de una vida harto vivida, que posiciona a nuestro planeta como lugar tan inhabitable como indiferente. Un planeta al que, por fin y mediante un sutil pacto ficcional, ya no pertenecemos.

SpaceX logra que barramos nuestra humanidad como una piel descascarada sobre el hombro. Su slogan podría ser: “Neil Armstrong seremos todos así sea por un instante”.

 
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