Historia argentina del reality show

Por Lucas Asmar Moreno

¿Qué pasó exactamente el domingo 5 de julio de 2020 en Bake Off?

Tengo un recuerdo caprichoso: Eric Clapton se presentó en el estadio de River el 6 de octubre de 2001. Cuando finalizó el recital, la multitud se disgregó por el campo y yo reconocí a Federico Blanco. Ojos de neón, barba de tres días, cabeza ovoide rapada. Nadie lo acompañaba y tampoco se desplazaba junto a nosotros. Le pasábamos a un costado como agua a una roca. Difícil discernir si su quietud y soledad eran parte de una bendición o de una maldición. Ahora está muerto: lo acuchillaron en 2017. En ese entonces, Federico Blanco había ganado uno de los primeros reality shows de Argentina: El Bar.

La moda se instaló con la llegada del nuevo milenio y nunca se fue. La tríada Expedición Robinson, Gran Hermano y El Bar fueron las estructuras elementales del reality show: gente haciendo de su personalidad una plusvalía, sin importar el contexto o el grado de dificultad de lo que hacían.

Durante la primera tanda de reality shows, la dimensión psicológica era explotada al máximo del mismo modo que los guiones de las primeras series icónicas –Los Sopranos, The Wire, Six Feet Under– entendían las limitaciones y potencialidades del formato serial (tiempos breves y extensos en simultáneo) y apostaban por ajustarse al devenir biográfico en lugar de ajustarse al género, como lo hicieron las series posteriores a Lost.

Los primeros reality shows se autopercibían con honestidad y no ocultaron el concepto obsceno de telerrealidad. Gran Hermano, cuando se inauguró por Telefe, consistía en dos transmisiones diarias de media hora que a modo de reporte científico recopilaba el devenir monótono en la casa. Charlas insubstanciales, tiempos muertos dentro de una temporalidad muerta, automatismos como cocinar, limpiar u ordeñar una vaca que los participantes lloraron desconsolados cuando la producción sacó. Este entrelazado aburrido creaba algo magnético, insospechadamente profundo. La experiencia devenía excitante porque la televisión abrazaba su obviedad voyeur. Ningún clip con trampas espacio-temporales, ningún panelista subrayando comportamientos inmorales, ninguna campaña burda por parte del canal utilizando sus portales de noticias. Lo pasional interesaba más que la didáctica. Podría decirse que la televisión no asumía responsabilidades: confiaba en una audiencia inteligente con la obligación de entretenerse y el derecho a ser manipulada.

La transformación del reality show fue gradual pero básicamente consistió en el corrimiento de un método documental en donde los participantes entregaban un material descontrolado que luego la producción guionaba (Picky y Adrián juntando estacas en Expedición Robinson es un momento tan estremecedor como auténtico) a un método ficcional en donde la producción se empecina en crear técnicas conductuales para que los participantes no se corran ni un milímetro de los algoritmos predictivos que le darán continuidad dramática al programa (cualquier previa del Bailando ilustra cómo los participantes actúan de participantes, ya conscientes de la recepción). Esta metamorfosis nunca será culpa de la inocencia perdida del participante. A quien debe señalarse es a la producción temerosa de cederle control al participante.

Un atractivo de los primeros reality shows era que a través de sus ganadores uno medía el sistema ético de una sociedad. Sebastián Martino, Federico Blanco y Marcelo Corazza, ganadores de la tríada fundacional, eran “pibes de barrio”, honestos y laburadores. ¿Pero qué valores unifican a Nico Occhiato de Bailando por un sueño, a Francisco Delgado de Gran Hermano, a Alejo Lagouarde de MasterChef? La disparidad es total porque ya no rige la fría dignidad del método documental, sino la cobarde seguridad del cliffhanger tratando de marcarle la cancha a la competencia. La telerrealidad parece más obsesionada con la transparencia de su propia psiquis que con la transparencia de la psiquis humana. No se trata de un juego de matices, porque al fin y al cabo el documental también es ficción; se trata de una inversión en los pasos para llegar a un resultado específico y a una experiencia de visionado específica.

Lo que sucedió en Bake Off fue nada menos que la rebelión colectiva ante esta tendencia anti-telerrealidad. La trama: Samanta Casais se hizo pasar por pastelera amateur y ganó un reality show pregrabado. ¿Telefe nunca lo supo, nunca googleó a una participante que posteaba tortas y aparecía en televisión enseñando recetas? Existen equipos encargados de requisar información para armar un casting, claro que esto se sabía. Lo que Telefe jamás imaginó era que el televidente crearía un tsunami de indignación en las plataformas paralelas de recepción (Twitter, en esencia), no para revertir la final como un acto justiciero, sino para que la telerrealidad vuelva a sus orígenes. Lo lograron: el momento icónico del programa y por el que será recordado fue esa escena de descalificación grabada días previos en un decorado de Midsommar. Una perversidad sin precedentes, una humillación que a diferencia de la broma del meme en internet, era institucional: te desprestigiamos, te quitamos tu premio y te obligamos a pedirle disculpas al país. La tensión dramática recaía en lo que la producción –personificada en los jurados–, tendría que decidir en brevísimo tiempo bajo una presión inesperada. Ya en el inicio de la transmisión del último programa, con ese Zoom de los tres jurados balbuceando nerviosos, uno entendía que ahora los participantes del reality show eran ellos y su función consistía en reunir coraje para sacrificar a Samanta. El método documental destituía al método ficcional, la televisión perdía control narrativo y volvía a esa ilusión de un presente perpetuo en donde cualquier cosa puede pasar, higienizada del spoiler y de la corrección política. Un estado pasional puro.

Telefe debería estar agradecido con el televidente proactivo y tomar nota para futuras producciones. Samanta, por su parte, deberá capitalizar su estatus de no-ganadora. El repudio televisivo nunca supera su ambigüedad hiperreal; el televidente tiene inteligencia emocional y agradece la catarsis, entiende cómo funciona el pacto. Con esas pañoletas coloridas resaltando la triste negrura de sus ojos, Samanta Casais deberá decidir si su derrotero fue una bendición o una maldición.

 
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