Y el consumo irónico siguió ahí

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Ya se problematizó sobre el consumo irónico y el veredicto parece unánime: es consumo a secas, con el adjetivo siempre a punto de desprenderse. Porque más allá de la complicidad, cuando compartimos este consumo displicente otras personas pueden no ser aptas para desentrañar la ironía y considerarlo consumo serio. Esta postura es sanitaria y moralista e intenta alertar sobre los Trumps, Bolsonaros o Lajes, descuidando la genealogía que habilita a las personas a escudarse en el consumo irónico.

Hubo una época en donde la violencia mediática gruñía desaforada: los 90 y principios del 2000. La televisión era simplemente trash, transparente en su intencionalidad. Prenderla implicaba sumergirse en un volcán inescrupuloso, sin importar qué se estuviera mirando. No existían programas bondadosos o malvados: todos integraban una pasta atroz categorizada en noticias, chimentos, ficciones o talk shows. La TV era una sobrecarga nerviosa: la descompaginación de las imágenes sometidas al vértigo de una temporalidad amnésica producían una esquizofrenia tan inmediata como leve. Prender la TV no requería saberes: el estímulo chiflado abarcaba la totalidad de la experiencia. Eso fue siempre la TV y durante los 90 llegó a su época dorada gracias a avances técnicos que aceleraban la esquizofrenia. A nivel formal y semántico, el equilibro era perfecto.

En la actualidad pasa algo simpático: la técnica está sofisticada pero los contenidos se ven amenazados por una ética rigurosa que no perdona ningún traspié. La televisión ya no produce esquizofrenia, sino que ella misma padece un tipo de neurosis: su incoherencia en el orden formal se mantiene (división de pantallas, abuso de zócalos, saltos caprichosos de temáticas) pero queda esterilizada desde lo conceptual. Predica respeto y quiere ceñirse a la sensibilidad social bajo un lenguaje psicótico. Los contadores de muertos y contagiados de Covid-19 a escala mundial y regional ilustran esta disociación: mientras el conductor disimula ser un profeta del caos, la placa nos somete a la ansiedad apocalíptica de cifras redondeándose en decimales (10.000, 100.000, un millón). Algunos conductores arraigados en el paradigma noventoso, como Chiche Gelblung, Mauro Viale o Luis Ventura, buscan sostener la ilusión de forma y contenido pagándolo con la acusación de ser dinosaurios.

Lo que Chiche, Viale o Ventura entienden es que los medios masivos jamás se estructuraron para transmitir saberes profundos, sino más bien sensaciones con datos adjuntos. De aquí deriva el enorme pasmo de la TV actual, indecisa y temerosa. No se puede aprender mirando televisión; el aprendizaje es lento, pausado, exige decantar como experiencia. Que la TV estampe un sistema ético virtuoso es como pedirle a un piano que emane colores en lugar de notas. Así es como los presentadores de noticias buscan suavidad en la tragedia, las tiras diarias se amoldan a una agenda optimista y los chimentos intentan tener el valor agregado de la enseñanza de vida. Sin la agresividad integrada en todos sus niveles, la TV rompe su cordura perversa y deviene en síntoma.

¿Puede evolucionar el formato? Lo más cercano serían los canales de YouTube, o las cuentas de Instagram o Twitch transmitiendo en vivo (no las plataformas de streaming, eso se escabulle al ímpetu del presente), pero estas transmisiones, al no contar con diagramadores de contenidos ni productores, son limbos audiovisuales. Basta ver lo que sea en estos canales para entender que cualquier acontecimiento se desfonda, que el lazo narrativo no conecta con la trama social. Testimoniamos la despolitización absoluta en manos de adolescentes que empiezan a facturar por el mero acto de transmitirse.

Bajo estas coordenadas debe entenderse el fenómeno del consumo irónico, reflejo de una generación que bebe hipocresía para hidratar su espíritu noventoso y sudar la culpa de la incorrección política.

El detalle: la naturalización del consumo irónico habilita, a su vez, que la televisión libere su violencia reprimida y la camufle como representación consciente. ¿Cuántas veces se dice en un reality show que es un “juego”, que los participantes “están jugando”? ¿Cuántas veces se remarca que un conductor, panelista o invitado es un “personaje”? Esta distancia, la percepción de que lo consumido no es fáctico, funciona en el televidente como extremaunción. ¿Pero por qué esta pirueta aparece mayoritariamente con la TV? Nadie se cuestiona si un meme será consumido irónicamente, y sin embargo todo meme contiene un substrato de burla, solo que su circulación queda legitimada por la época. La red social como viaducto de una violencia tolerable.

Hay un caso ejemplar: Eameo, factoría de memes, fue cancelada por bromear con un asalto a Zulma Lobato. El meme adulteraba el retrato icónico de Lobato con moretones. En sí no era tan violento, pero el oleaje de indignación fue tal que debieron sacar por primera vez un comunicado pidiendo disculpas. A través de ese meme se descubría la calcificación de una violencia televisiva, antiguo tormento por convertir a Lobato en un escarnio hoy inadmisible. ¿Hoy inadmisible? Más bien necesitó el paso del tiempo para palpar el deterioro de ese cuerpo y para que la comedia devenga en tragedia. Es probable que el colapso de Greta Thunberg sea la medida temporal que le revele a una generación cómo el meme opera con idéntica inescrupulosidad.

Moria Casán le dijo a un participante del Cantando 2020 que su performance le producía la fascinación del horror. Ese concepto es infinitamente menos hipócrita que el de consumo irónico, porque evita la superioridad moral ante el objeto. No solo hay rechazo, también atracción. El horror puede fascinarnos, inclusive enamorarnos, inducir un estado dual que se purga en la risa. A expensas de un otro, sí, porque aún no evolucionamos hacia la burla abstracta y pocas veces nos animamos a reírnos de nosotros mismos. Quizás cuando la violencia deje de buscar pretextos tan extravagantes podamos contemplarla bajo su desnudez cruel. Quizás recién ahí aprendamos a medir las consecuencias de nuestros actos y sincerarnos con nuestra parte bestial.

 
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