Los García que supimos conseguir

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO

Un día de 1992, Charly García le pidió a Tránsito -la mujer santiagueña que trabajaba en su casa y lo cuidaba como una madre- que llamara a Madonna. ¿A Madonna?, sí, sí, a la misma. La señora, sin entender demasiado, agarró el papelito con un número extraño y, como el teléfono no funcionaba, bajó al bar a hacer el llamado. Al cabo de unos minutos, ya en el bar, se da vueltas y lo ve a Charly en pijamas en plena calle. Cuando sale a buscarlo, el músico ya había desaparecido. García deambuló con la mirada perdida por la ciudad y caminó hasta la zona de la facultad de medicina. Se subió a un taxi y soltó “al hospital Fernández, por favor”. Charly se bajó y fue hasta la guardia. Cuando vino un médico, García le preguntó: “Loco, ¿qué me está pasando?”.

Bueno, no mucho más. Sólo eso. Un poco la historia de la Argentina, ¿no? Charly, su casa, él mismo -que es la casa de todos-, se transforma en una tienda del horror. Un no-lugar inhóspito, todo pintarreajeado con aerosoles, discos y casetes en el piso, el teléfono detonado contra la pared, las persianas cerradas, mugre, pero ahí hay una patria, una idolatría en la que mojar la cara hasta velar el rollo. La imagen de un hombre desvalido, sólo, que entra al infierno y se regocija hasta que toca fondo, y después, siempre después del caos y la implosión, es salvado por algún mesías ocasional, un Palito Ortega, una anciana santiagueña, un oportunista de paso. “Loco, ¿qué me está pasando?”. Y bueno… clink caja.

DOS

Harto conocida para la tradición argenta es la abominación de Borges por los espejos. García también los odiaba. Tal vez porque él mismo se convirtió en un espejo de la realidad Argentina. Su cuerpo, primero mutilado por la delgadez raquítica, el hambre, el desenfreno y después hinchado por medicaciones desconocidas, inconexo, marioneta de hilos gruesos, su cuerpo y sangre, Jesús, es la encarnación de toda la furia, la violencia, el fanatismo, la ilusión de un paraíso enmascarado en el infierno, este infierno, en donde todos andamos medio desconcertados, gagá como él, comprando y vendiendo dólares, recuperando la colación de pizza con champán, cerca de la revolución de la alegría que nunca llega, quemando cortinas, demolemos hoteles, y otra vez a empezar la rueda con un nuevo salvador, un Palito Ortega que nos abduzca en su quinta del horror y nos devuelva transformados.

Siempre mirando hacia afuera, es innegable que Charly García metabolizó mejor que nadie en Latinoamérica a Los Beatles, los Rolling Stones, Dylan, The Birds, entre tantos. Digo metabolizar porque, al igual que Borges, Charly masticó esa coca y la escupió mejorada, con voz propia, mostrando que sí se podía hacer un rock argentino, que hablara nuestro idioma y que ese idioma podía ser reconocido en el mundo por su propia sintaxis. Yendo de Jorge Luis al living de Charly, se escribió el manifiesto de una letra auténtica, un fulgor siempre a punto de extinguirse.

TRES

¿Por qué hemos crecido queriendo ser otro? Hay una regla que es más irrefutable que el teorema de Pitágoras: la merienda siempre es más rica en la casa de un amigo que en la propia. Todavía se me hace agua la boca de sólo pensar en aquellas tostadas con margarina que comíamos en la casa de mi amigo “El niño”, después de jugar al fútbol. ¡Qué derroche de placer! Y la Argentina así… En los 90 Miami, la bandera del dólar flameando en la libido del pueblo, fenómeno que nunca vi en otro lado con ese nivel de obscenidad, la educación privada y el bilingüismo, qué bien se vive en Estados Unidos y toda la mar en coche. ¿Y por qué esta reflexión, Esnaola? Porque quiero y porque puedo. Punto. Además, hay un trasfondo sutil, una esperanza en salvar lo que queda perdido entre escombros, de ese tal García. Porque el loco miró hacia afuera para construir una mitología adentro, un reflejo para llorar en el espejo, un guiño brutal que nos deje en evidencia.

Creo que la doble cara de Charly García, esa que magnetiza y a la vez horroriza a los argentinos, se funda precisamente allí, en su capacidad de reflejarnos. Muchas veces Charly ha dicho que él hace de frontón. “Yo aprendí del ping-pong” suelta, “el truco es nunca decir quién es uno. De pronto, en una conversación, el tipo que te viene a hablar comienza a indicarte cosas. Uno trata, dentro de la humildad que puede tener un artista, de seguirle la corriente. Y en un momento, te dice ‘pero lo que pasa es que vos sos Charly García’. Entonces la pelotita está ahí arriba. Y tu raqueta contesta: ‘y vos no’”.

Y claro, esto no puede ser más cierto. Uno no es Charly García, y aun así debe cargar con la fisura que él encarna y encima hacerlo sin el bálsamo del talento. Ya comimos la pizza con Champán, abrimos cibers, viciamos al Counter Strike con tenacidad, emprendimos con parripollos y fundamos una patria entera de canchas de paddle. Después nos dimos cuenta que habíamos traicionado todos los principios del General y volvimos al rayo peronizador. Y después otra vez la receta de Chicago, el sí se puede, la alegría y los globos amarillos que todavía sobrevuelan las ruinas de una argentina devastada y pobre. ¿Y ahora un nuevo un mesías? En el medio, Charly fue y volvió mil veces, se fumó un atado abajo del agua, se tiró del noveno piso y nos adjudicó su periplo: “me tiré por vos”, entró en mil hospitales, se fue de retiro a la quinta de Palito, volvió modificado, medio gagá; sacó un par de discos, tocó en silla de ruedas y ahí anda, como vos y yo, deambulando medio perdido en su escenario del infierno, que también es el nuestro.

Tal vez todo esto haya estado incendiado desde el comienzo. Miramos a Charly y lo que nos perturba tanto, es que en él encontramos nuestro propio rostro, deformado, hastiado, imperceptiblemente humano. La cosa está más o menos así ahora, como cuando García recupera aquella anécdota de un libro que un enfermero le había prestado en una de sus internaciones. Se narra un incendio: caen los bomberos, la policía, la prensa. Rescatan a un tipo que estaba durmiendo entre el fuego. Le preguntan cómo se había iniciado la cosa y el loco responde: “No sé: estaba en llamas cuando me acosté”. Random is not whathever. “No quiero morir en La Falda: ¡quiero morir en Hollywood, comechoclos”… el gen argento por excelencia. Y en el aire turbio una pregunta que resuena: “Loco, ¿qué me está pasando?”. Say no more…

 

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