Trabajar una ruina

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO
Se va el verano y yo comienzo a entrar en este purgatorio de expectativas melancólicas. Ya vendrá el invierno, me prometo, ya vendrá el esperado frío a abrigarme la incertidumbre. No mucho más que decir. Los días que corren espesos, primordiales, como un benzetacil en los glúteos de la infancia. Repasando: leí menos de lo que mi yo vanidoso esperaba, miré todo el espectro fílmico que desfiló en la alfombra roja del Dolby Theatre, defraudé el contenido de la industria, recé por los apresados de Cuevana y Pelispedia, involucioné rápidamente (o evolucioné, según desde dónde se mire) en esto que soy ahora, un ser que ya no se resiste sino que trabaja en su ruina. Muchas horas de oficina, la sucesión de los días para producir el pan y los peces, por fin agarré a Arlt y a Hebe Uhart, alguna escapada a las sierras, y en el medio los viejos que se me alejan sin querer, pero no como un puñado de arena entre las manos, sino más bien como esas cosas que de tanto amarlas, acabamos desilusionándolas.


DOS
Todo pasa tan rápido que ni se ve. Yo quisiera, por ejemplo, contemplar un instante, un fragmento del día con la profundidad que se merece aquello que aún no ha sido interpretado por la quemadura de la razón. Pero a veces pareciera que soy yo el que pasa rápido por un mundo que está detenido. Felisberto Hernández escribió: “Ahora seré sabio y tendré una vanidad lenta”. ¡Qué animal de la metáfora! Quién pudiera escribir algo así y vivir de acuerdo a ello.
Hace tiempo decía que era necesario ejercer el derecho a la tristeza, imprescindible en esta sociedad que nos impone el mandato de la felicidad camuflado en las mil y una marquesinas de su gran espectáculo. Releí esos textos y anduve experimentando reflexivamente -no sin cierto goce, el cual en el fondo me confunde y hace replantear el estado de mi coherencia- las redes sociales, los grupos de WhatsApp, el hegemónico Instagram. No hay allí espacio ni tiempo para trabajar la tristeza, para darle forma a esa melancolía que atraviesa la vida y que necesita filtrarse por algún lado. Su tesitura es demasiado grave, queda excluida del mundo digital en donde ocurre, ahora, la existencia.
¿Acaso alguien puede decirme que vio alguna vez, pongámosle en Instagram, la espesura de una vida? Parece un reino creado por los productores de un Disney reversionado por el -hipnótico- beboteo y la repetición de lo siempre-igual. Allí definitivamente no se puede metabolizar una visión del mundo. Todo es plano, insoportablemente alegre y sensual, absolutamente impermeable a la profundidad que necesita la melancolía para desatar su relato. Si un usuario quisiera transmitir un mensaje de tal tipo, seguramente sería desacreditado por la misma comunidad y sus reglas tácitas, perdería rápidamente los “followers”, lo estigmatizarían por no reproducir el mensaje de liviandad, jovialidad y frescura.
El problema es que la vida se lee allí, se estudia, por decirlo de algún modo, en ese campo de concentración –y estandarización– de voluntades. Y después se reproduce en la esfera física, se escupe, en un área de aislamiento de los cuerpos, donde pareciera que no hay espacio para contar las tristezas y los desencantos, sin que ese acontecimiento implique una traición a la imagen que hemos forjado de nosotros mismos allá, en el plano digital, donde todo es un jardín florido, un desfile de positividad aumentada. El cuerpo experimenta la trampa en que lo ha encerrado su propia conciencia enajenada.


TRES
Yo me quiero salir de esta velocidad abrumadora, pero no puedo. Sucede que la diagramación de nuestra vida nos hace pensar, también, que la velocidad viene con uno. Yo quiero prepararme despacio para los dolores y las felicidades venideras. Es lo que quiero pero no consigo llevarlo a cabo. ¿Y por qué?
Un escritor decía: “Si no tuvimos esplendor, ¿por qué tenemos decadencia?”. Tenemos decadencia porque somos consientes de nosotros mismos y de la precariedad de nuestra vida. Es lo mismo para todos: un empleado “exitoso” que se auto explota para estar a tono con las expectativas de la época o un fisura tirado todo el día en un colchón. Ambos están trabajando en su propia decadencia, porque todos buscamos dejar un legado. Y un legado consiste, siempre, en la edificación de una ruina.
Yo por ejemplo, todavía puedo sentir el olor de los libros que había en la casa de mis viejos y saborear con placer esa nostalgia que se me incrusta en los huesos. Sé que ese tiempo ya no volverá a ser nunca más. No es lo mismo ahora, cuando voy a la casa de los viejos y abro esos libros marxistas que mi padre subrayó en birome azul. Fragmentos que él marcaba para certificar las cosas que ya creía. Estoy sentado a tres pisos de la tierra. Al fondo está la noche rajada por los grillos y las sirenas, mientras yo puedo sentir aquel aroma a humedad y polvo y terror de los libros de mi casa, y no es lo mismo, porque no puedo contarlo, no podría, aunque quisiera, traficar este sentimiento por las redes sociales, por los grupos de WhatsApp. Y por eso escribo: trabajo en mi ruina y me hago cargo de eso.
Se va el verano y yo comienzo a entrar en este purgatorio de expectativas melancólicas. Ya vendrá el invierno, me prometo, ya vendrá el esperado frío a calentarme la incertidumbre. No mucho más que decir. Mientras hago “scroll” en el teléfono, husmeando con goce y devoción la falsa vida que llevamos en la pantalla, fantaseo con alcanzar alguna vez aquel estado de un personaje de Svevo, que Hebe Uhgart cuenta en sus clases: “(…) a Emilio nunca le había correspondido ninguna alegría ni nada inesperado. Incluso la desdicha se le había anunciado desde lejos, se había delineado al aproximarse; había tenido tiempo de mirarla a la cara despacio y, cuando lo había golpeado la muerte de sus seres queridos o la pobreza, ya estaba preparado. Por eso, había sufrido durante más tiempo, pero con menor intensidad y las numerosas desdichas nunca lo habían sacado de su triste pasividad, que atribuía a aquel destino desesperadamente incoloro y uniforme”. Normalmente la vida suele ser así, ¿no? Y por más que uno se pase la eternidad haciendo “scroll”, a esa no la va a ver jamás en una pantalla. Ahora sí, Esnaola, a empezar el año.

 

 
 
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