Esta caída es antigua

Nada fuera de lo común | Manuel Esnaola

UNO

Cuando era chico yo tenía dos ídolos y los dos eran únicos y verdaderos, así que con el tiempo acabaron anulándose mutuamente. Uno era José Luis Perales. Habré tenido once o doce años. Para mi cumpleaños, en abril, ese mes tan propenso a los despojos, a cierta melancolía que cae de los árboles hasta acabar debajo de los zapatos, decía, en abril, mis viejos me regalaron un par de casetes. En uno estaba José Luis Perales, vestido con pullover amarillo, su rostro recortado por un jopo oscuro dejaba entrever una sonrisa impostada. De ese casete me gustaba “Que canten los niños” y “Yo también tuve quince años”. En el otro, que fue el que más me emocionó, estaba Sergio Denis, un adonis rubio, sonrisa blanca, reluciente, canchero y rudimentario, elegante y tosco.
No sé por qué me gustaban esos cantautores, artistas que ahora mismo representan todo lo que no-me-gusta. Pero hay que decirlo, en aquel entonces yo me emocionaba hasta el hartazgo cantando temas como “Sobre un vidrio mojado”, “Te quiero tanto”, “Un poco loco”. Todavía parece que fuera ayer aquel domingo a la noche en que mis viejos me llevaron al Cine Real Cooperativa de Río Tercero, a ver a Sergio Denis. El lugar estaba repleto y cuando lo vi salir al escenario, yo sentí por primera vez ese fulgor -con el tiempo se convierte en mera ceniza- que uno percibe cuando está cerca de lo que se dice, “la fama”. En un momento del espectáculo corrí por el pasillo del medio, sorteando butacas de madera y, luego de trepar por una escalerita, estiré la mano hacia un Sergio Denis tambaleante, sonriente. Y la mano de Sergio Denis, tal vez en un acto de feliz resignación, porque ese reconocimiento probablemente fuera ya el límite máximo de reconocimiento que su carrera podía alcanzar, la mano de Sergio Denis, portando un brazo bronceado, sosteniendo un micrófono brillante, punta de lanza de un cuerpo esbelto, danzarín, esa mano, vino hacia mí y me sostuvo por un instante. Jamás pude borrar este recuerdo. De hecho, la anécdota es una carta jocosa repetida infinitas veces en la familia, a lo largo de todos estos años. Ahora que lo pienso bien, la caída de Sergio Denis comenzó esa noche en el Cine Real Cooperativa, en aquel escenario tan similar al que le plantó la muerte en Tucumán. Todo lo que vino después fue el rumor de una época de gloria localista.

DOS

De verdad leí con tristeza la noticia de la muerte de Sergio Denis. Lo imaginé con todos los años encima, bronceado aún por la inclemencia de las luces de los casamientos, cantando por dos mangos, bailando inútilmente, ofreciendo su espectáculo hilarante hacia un público que no sabe si está presenciando un acontecimiento auténtico o grotesco. Leí con mucha tristeza la noticia, porque el Sergio Denis que me dio la mano aquella noche en el cine Real Cooperativa, vivía en una especie de gloria transitoria y yo lo imaginaba como un gigante de la música. En la última década, cada vez que veía su nombre estampado en algún flyer de una fiesta “bizarren”, era como si me acuchillaran el alma. Pensaba en la mano de Sergio Denis, obligada por el mismo Denis a sostener incansablemente un micrófono que acopla, frente a una multitud que ha ido a verlo a él, como una pieza de museo en un catálogo de antigüedades, pero no como esos objetos revalorizados por el tiempo y la historia, sino a la manera de un tótem ridículo en un museo de la desgracia, un espectáculo bizarro al servicio de un “monstruo” que asiste a deglutir ese festín: primero vitoreando a Carlitos Balá, después canturreando a gritos canciones de Pablito Ruiz y finalmente sirviéndose en bandeja, uno por uno, los hitazos de un Sergio Denis ya abuelo, pero estoico.
¿Hay goce en ser disfrutado por una audiencia que, si bien conoce toda tu obra, está allí para “divertirse” con la representación de una imagen ya grotesca? Les dejo a su criterio la respuesta, porque el finado Denis se la llevó a la tumba.

TRES

Mi amigo “el desorejado de Alta Gracia”, hace años que labra sobre cuadernos, preguntas y más preguntas. Es una especie de Sócrates contemporáneo, porque de esas preguntas salen conversaciones eternas que se estiran hasta la primera claridad de la madrugada. Recuerdo particularmente una, sobre la temática “destinos literarios”, que bien podría extrapolarse a “destinos artísticos”. Decía más o menos así: “Supongamos que sos un apasionado escritor de literatura que nadie lee. Un día, aparece un ángel (o un demonio) y te deja elegir la fortuna que tendrá tu obra entre los mortales. ¿Qué preferís, que tu obra esté de moda en el presente, pero sea completamente olvidada en el futuro, o que tu obra pase totalmente desapercibida en el presente, pero en el futuro sea considerada un clásico de la literatura?
Ahora mismo trato de imaginar qué hubiese respondido Sergio Denis. Uno podría pensar que todo artista quiere dejar una obra clásica, trascender a su tiempo, modelar el canon de su audiencia en la posteridad. Pero la pregunta plantea un dilema: en el caso de elegir el camino de la gloria, ésta llegaría cuando estemos muertos y hayamos caminado la vida casi de manera invisible. Cada quien mira el mundo desde su propio catalejo. A mí me daba cosa verlo a Sergio Denis cantando en fiestas bizarras. Pero tal vez esa gloria ruin a él le inyectaba un poco de vida. Tal vez mirándolo desde otro lado, el tipo tuvo su touch de gloria, y de ese néctar pasado se amamantaba la existencia. Me duele decirlo, pero es probable que su obra muera con nosotros y sea olvidada.

CUATRO

Esta caída es antigua.
En 1664 fue la soga que rompió el cuello de Chongzhen, último emperador de la dinastía Ming. Siglos después, fue el filo del iceberg que hundió en las profundidades del océano, al transatlántico británico llamado Titanic. Antes, la caída fue otras cosas. Fue la manzana que desprendió del árbol frente a un atónito Isaac Newton, la ceniza del Imperio Romano de Oriente atizada por los turcos otomanos, fue la bala que atravesó la sien del Führer, fue la hoja tenaz que desmembró la cabeza de Luis XVI en la Plaza de la Revolución, fue todos los olvidos de cada artista fugaz que se extinguió en el tiempo, fue la mano de Sergio Denis sosteniendo un micrófono que amplificaba su propia opacidad. “En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino.” Adiós Sergio. Sobre un vidrio mojado no escribiré tu nombre.

 
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