Banderas en tu corazón

Por Manuel Esnaola

UNO

Ya no me acuerdo dónde, pero en algún lugar leí una sentencia exquisita. Decía algo así como que las personas tienden a modificar el pasado para poder reconocerse mejor en el futuro. Uno tiende, digamos, a exagerar el relato, cambiar el orden de los factores, estirar el balanceo heroico de los actos, para mudar de rostro frente a un otro que probablemente ni siquiera está escuchando. Entonces somos, en el fondo, una versión deformada y falsa de lo que no fuimos. 

La Argentina fue construida sobre los escombros de estos equívocos. Así, el Sargento Cabral -si es que tal personaje alguna vez existió-, héroe de la batalla de San Lorenzo, seguramente fuera un campesino desclasado y analfabeto, en cuyo vocabulario de llanura no cabían las palabras que la tradición le adjudica: “Muero contento, hemos batido al enemigo”. La literatura forja símbolos que se meten en lo profundo de las venas y luego la encarnizada emoción los reivindica y defiende contra todo tipo de racionalidad. La patria, la bandera, la nación, como un significante vacío para justificar cualquier acción noble o nefasta de la historia.    

Los que escribieron el relato nacional se propusieron educar a las generaciones venideras a través de la figura de héroes ejemplares que sacrificaron su vida y su destino por la patria. San Martín (el estratega desinteresado que puede cargar sobre su espalda con el peso del olvido), Belgrano (bello, sabio, puro, polifacético, estadista, militar, agrónomo), Castelli (el orador de la revolución cuya lengua filosa acabó por entumecerse a sí misma), Moreno (el iluminado que vela el rollo de la vida con la llama de su pasión), Gregorio Funes (la penumbra de unos ojos eruditos que ya no ven). Tiempo después vinieron otros y se encargaron también de convertir en símbolos a aquellos que habían escrito esa historia: Mitre fue el mecenas de la historiografía y Sarmiento el padre de la educación y el sacrificio. Y la lista no termina ahí. Los argentinos, en nuestra distorsión constante de perspectiva, siempre llevamos el machete en el bolsillo por si encontramos la ocasión de galantear: el Che, Evita, Fangio, Borges, Cortázar, Di Stefano, Maradona, Gardel. “Porque soy argentino, carajo, ¿vo sabé lo qué es ser argentino?, ¡Nooo!, no sabés porque no saltás, y el que no salta es un inglés”, dice un tipo a los gritos en los confines de una plaza cualquiera, filmado por las cámaras sabuesas de Crónica.    

 

DOS

Cuando yo era chico pensaba que en 2020 ya íbamos a estar como en Blade Runner o, si la tarde me agarraba positivo, en el mejor de los casos, íbamos a llegar bañados de esa dicha transitoria que tenía la resistencia de Star Wars cuando ganaba una batalla contra el imperio: humanos abrazándose con especies extrañas, multiformes, celebrando la hermandad en el bar de Jabba the Hutt, ese zoológico inverosímil de seres animados donde se bebe y se juega a las cartas. Pero sucede que no. Pasó el tiempo con la amabilidad de un benzetacil y veo por la TV a cierta gente violentando la bandera de la diversidad (LGTBIQ+) que izaron en el Parque Sarmiento. Un tipo dice: “Yo vengo, en nombre mío y de mi familia, a restituir la bandera nacional (…) cualquier otra bandera o banderola es incompatible”. Otro señor, ya subido en el skate del nacionalismo, arroja una arenga a la tribuna buscando legitimidad. Grita: “A ver los ciudadanos argentinos… si están de acuerdo en que saquemos esta bandera”. La respuesta es unánime: “¡No, nadie!”, dicen, y el señor se da vuelta, con las manos hundidas en una campera camuflada, y camina hacia el mástil en un desfile caricaturesco. Vamos para atrás. 

En 1845 Sarmiento escribe, en el capítulo siete del “Facundo” -que paradójicamente habla de la “sociabilidad” de la argentina y sus llanuras-: “(…) el habitante de Córdoba tiende los ojos en torno suyo y no ve el espacio; el horizonte está a cuatro cuadras de la plaza (…) la ciudad es un claustro entre barrancas (…) cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; los colegios son claustros; la legislación que se enseña, la Teología; toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia (…) Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba”. Qué dulce y lejano sueño el del bar de Jabba the Hutt, Esnaola, qué sueño eterno el de la fraternidad compartiendo la copa. Sarmiento parece un oráculo. Podría haber escrito esas líneas ayer. Nada más que agregar.  

       

TRES

¿Qué hacen estos señores y señoras defendiendo la solemnidad de la bandera “argentina”, incompatible, por cierto, como dijeron, por su grandeza y representación de valores, con cualquier otra “banderola”? ¿Qué es, en efecto, una bandera? Cuando uno proyecta sus fantasmas en un estandarte, y en nombre de ese tótem -ya devenido monstruoso-, obra en nombre de una supuesta nación, comete un crimen imperdonable: se acurruca en la minucia de una historia personal que lo ha herido -importante tal vez, en el fuero íntimo- y hace de esa herida una patria que sólo lo representa a él. El fanatismo y el nacionalismo, esas dos monedas con la misma cara, fueron el origen de la guerra más letal de la historia de la humanidad. La nación -si es que tal concepto todavía puede existir- debería ser el significante donde se hilvana lo distinto, el ecosistema que une las partículas de caos en una misma masa: no el sargento Cabral sangrando desde la pluma de Mitre -que aborrecía a los provincianos-, ni el Diegote, ni la calle más larga, ni el río más ancho, ni “las minas más lindas del mundo”, ni el dulce de leche, ni el gran colectivo argentino salud. Eso no. Yo no quiero tener nada que ver con aquellos que llenaron el álbum de figuritas de los venerables íconos de esta patria con odio y fanática devoción, y después se comieron alto viaje de centinelas de la solemnidad. La bandera es el otro. Ya lo dijo el Indio: “Cuando la noche es más oscura / se viene el día en tu corazón. / Sin ese diablo que mea en todas partes / y en ningún lado hace espuma.” Y si lo dice el Indio, señor, señora, entonces tiene que ser verdad. Se lo estoy diciendo en su idioma. 

 
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