Por una derrota del Yo

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

Uno

Cuando tenía dieciséis años escribía como un demente. Llenaba cuadernos con textos sórdidos, reflexiones barrocas, versos existenciales. Todavía están ahí, esos cuadernos, en alguna caja olvidada en Río Tercero, “tesoros” que mi vieja conserva como todos los retazos de mi adolescencia, que si no fuera por ella estarían perdidos para siempre. Recuerdo que en ese tiempo yo andaba preocupado por un posible “triunfo” en el mundo de la literatura. ¡En qué cabeza podía caber una idea así!, escribir literatura es, esencialmente, una derrota asegurada. Escribir es morder una cadena hasta romperse los dientes.

En aquel entonces, mi amigo el Polaco había encontrado un bálsamo para mitigar nuestra infame ansiedad: él leía siempre la solapa de los libros para corroborar que este o aquel escritor había saltado a la fama de grande, a los treinta o cuarenta, pongámosle, cincuenta como mucho, y entonces eso ratificaba el hecho de que nosotros todavía teníamos mucho tiempo por delante. Y después el tiempo pasó como una topadora, arrastrando rastrojos y euforias, con su implacable jeta se tragó algunos sueños y escupió otros nuevos, y en esa bruma veloz nos dejó el sabor de la muerte ardiendo en el paladar.

Dos

Pero no era la dulce juventud. Era el mandato de un mundo que siempre exige más de lo que podemos dar. Esa idea de éxito o de originalidad que nos auto reclamamos constantemente, es un tentador desvío que confunde el camino. Hay un ensayo donde Fabián Casas (justo hoy “compañero de columna” en estas páginas) recupera una cita del escritor Charlie Feiling: “si no tuvimos esplendor, entonces por qué tenemos decadencia”. Y Casas la devuelve transformada, escribe: “Si no nos conoce nadie, por qué esta presión por ser originales que tanto nos envenena”. Y ahí viene el tema de la derrota del Yo. Si logramos frenar esa cosa que crece adentro nuestro como una enfermedad macabra, ese mandato del Yo exitoso sobre el cual “forjamos la personalidad”, entonces tal vez lleguemos al mejor de los destinos posibles en este viaje de turismo “for export” por el capitalismo del Yo: desaparecer.

En la literatura, como en la vida, hay un enjambre de muchaches chules guapes arañándose la cara en silencio -siempre profesando lo contrario- pujando por sobrevivir, por destacar. El ego es tan real y nocivo como la risa de Tinelli: parece inofensiva y caricaturesca, pero te envenena hasta dejarte seco. ¿A dónde vas, Esnaola? A ningún lado, solo quería dar el pie para recuperar algunos poemas y evangelizar a los lectores con el argumento de derrotar al Yo, como un pequeño acto revolucionario -o de vandalismo- en un sistema cuya materia prima es nuestra credulidad autómata a la idea de un éxito que no existe.

Tres

El poeta Alejandro Rubio ha escrito algún verso donde en cierto modo bautiza al Yo como “un locutor de la contra”. Qué hermoso y gráfico es este verso -tal vez sacado de contexto y reacomodado como se me da la gana-, ese Yo como una canción de cancha que nos bastardea sin parar, pidiéndonos el triunfo de un partido que ni siquiera estamos jugando. Rubio escribió también: “El que entra/ al vivero y dice:/ vengo a comprar verdad/ y la empleada le contesta:/ usted viene a comprar soledad”. Qué bello, Esnaola. Gracias por compartir. De nada. La soledad como una perseverancia dolorosa para resistir el invierno del otro que nos mira, juzgador.

Otro poeta para combatir al Yo: Alberto Girri. Para ser sinceros yo conozco a Girri, poeta de la generación del 40, a través de los ensayos de Casas. Según mi amigo el Polaco -que escribió un libro tremendo sobre la no-lectura o las múltiples formas de leer-, leer a través del relato de otro es una forma genial y creativa de explorar la literatura. Entonces, iba a que Girri escribe un poema que se llama “Cuando el Yo se aleja”. Dejo una línea: “corazón/ abjurando de armas, faltas,/ (…) blando organismo, entidad/ que ignora cómo decir: Yo soy”. De Girri, Borges subrayó: “ese poeta que se lo olvida a medida que se lo lee”. Y Fabián Casas se pregunta si esto es una crítica demoledora o en realidad es el mejor de los elogios. Porque Girri quería asesinar al Yo, desaparecer en su literatura, y de algún modo lo consigue.

Traigo a la mesa a un último poeta que personalmente me liquida el alma: Joaquín Giannuzzi. Ahora mismo tengo sobre el escritorio una antología que me regaló mi viejo en 2014. Lo sé porque firmó y fechó la primera página -con la firma que tantas veces falsifiqué-. Como todos mis libros, el poemario está subrayado con lápiz y muchas páginas tienen dobleces que yo voy haciendo, para volver fácilmente al lugar donde he sido feliz. Hay un poema que me encanta: “Cincuenta años y una certeza de condenado./ Como casi todo el mundo fracasé sin hacer ruido;/ (…) Esa fue toda la respuesta que pude ofrecer a un mundo/ que reclamaba de mí un estilo que posiblemente/ no me correspondía”. Siempre he leído este verso al revés, como una consumación perfecta de aquel ideal en donde el Yo que nos hostiga, desaparece. Fracasar sin hacer ruido, qué doloroso y redentor es quedarse fuera del plano del monóculo del éxito, mirado por un ojo grisáceo, ya sin vida o -lo que es peor- convencido de que eso es la vida.   

Cuatro

De aquel adolescente que se ocupaba por militar un triunfo literario -que es, en el fondo, trabajar una ruina- no queda más que la curiosidad infinita y cierta irresponsabilidad orgullosa de atravesar el mundo, las cosas del mundo, como si fueran un juego: el trabajo, los viajes, el fisco, los automóviles, los funerales, las fiestas de reencuentro de graduados. Con mi amigo el Polaco seguimos siendo hermanos, y creo que ambos hemos conseguido superar al Yo para comenzar, a lo Marty McFly en la foto de “Volver al futuro”, el proceso de desaparición. Él ya no lee las solapas de los libros ni calcula las edades de los escritores que publican por primera vez. Tenemos tiempo. Él es, ahora, el que escribe los libros. Yo ni siquiera tengo ganas de terminar esta columna. Persevero en la palabra, no en mí. Soy prescindible, ordinario. Esta certeza es para mí el triunfo. Entonces puedo escribir tranquilo.      

 
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