El recto conocimiento de las vísceras

Lecturas de Viernes | Por Darío Sandrone

Eso que llaman Modernidad
Lo que se conoce como Modernidad es un conjunto de ideas y costumbres que tienen su origen en el renacimiento europeo, allá por el siglo XV. Entre esas nuevas costumbres, que terminaron desatando procesos sociales y políticos de gran escala, se encontraba la novedosa y vanguardista actitud de pensar por uno mismo. No solo se trató de anteponer la razón a la fe religiosa, sino también de hacerlo frente a los dogmas de los filósofos clásicos y de los eruditos de las universidades. En definitiva, se comenzó a ver con malos ojos a quienes repetían lo que otros habían escrito, por más que esos otros fueran Platón o Santo Tomás, y comenzaron a ganar reputación quienes buscaban sus propias verdades y abordaban los problemas con originalidad.

Uno de los personajes más célebres en ese nuevo registro intelectual fue un matemático y filósofo francés que, entre otras cosas, publicaba sus obras en su lengua natal, considerada vulgar a diferencia del latín, aceptada en esa época como la lengua del “intercambio científico”. Así, Descartes suele ser mencionado como el “padre de la Modernidad”, sin embargo, no deja de ser un filósofo, y cuando se lo piensa como un hombre de “libros”, algo de la vieja cultura medieval renace en nosotros. Conviene entonces, poner entre paréntesis la creencia de que los filósofos son los actores privilegiados y sobresalientes de las revoluciones intelectuales y los libros sus principales instrumentos. Fueron también los artesanos y anatomistas, entre otros, quienes abonaron el terreno para un cambio de época, muchas veces, incluso, rechazando a los libros.

El culto a las cosas
Más modesto que Descartes, aunque igual de francés, Bernard Palissy era un ceramista y aprendiz de vidriero que nunca pudo estudiar en la universidad ni recibir educación formal. En su juventud no pudo aprender latín ni griego, y las urgencias económicas lo obligaron a prescindir de los conocimientos y la sutileza que podría haberle brindado la lectura de Aristóteles, Cicerón, Horacio y Virgilio; en cambio, se hizo de las habilidades que le otorgaron la pintura sobre vidrio, la alfarería, la orfebrería y el diseño de jardines. En cualquier caso, también él quiso filosofar. En 1580 escribió un tratado llamado Discours admirables en donde arremetía incesantemente contra los profesores de la Sorbona. En la introducción se pregunta: “¿Es posible que pueda un hombre saber algo y tener conocimientos de la naturaleza sin haber leído los libros en latín escrito por los filósofos?” La respuesta afirmativa a esta pregunta obviamente retórica no solo implicaba una crítica, sino también, piensan algunos, una actitud científica embrionaria de raigambre artesanal. Esta consistía en fijarse en los fenómenos antes que en los libros, no en el laboratorio como en la actualidad, sino en el taller repleto de herramientas y materiales.

Para Palissy, el objeto de la filosofía no eran los libros sino el funcionamiento del mundo, algo que no es patrimonio de los profesores universitarios o de los hombres cultos. Más aún, de estos poco había para aprender: “Te puedo asegurar, oh lector, que en este libro aprenderás más filosofía natural de la que aprenderías en cincuenta años leyendo las teorías y opiniones de filósofos antiguos”. Su rebeldía y su actitud desafiante no se circunscribió al ámbito del conocimiento. A los 36 años se hizo protestante, lo que le valió toda una vida de persecuciones y hostigamientos que culminó en la Bastilla, en 1590. Un cronista de la época escribió: “murió en los calabozos de la Bastilla el maestro Bernard Palissy, prisionero por su religión, a la edad de 80 años, y murió de miseria, necesidad y malos tratos.” No faltarán, seguramente, quienes lo vean como un mártir del “culto a las cosas”, al que actualmente se le mezquina, irónicamente, un lugar en los libros.

Vísceras sí, libros no
Al finalizar su carrera, los actuales estudiantes de medicina suelen jactarse de los libros que han leído. Sin embargo, esta profesión no siempre se basó en un saber librezco, antes bien, ese nuevo perfil se definió, paradójicamente, más o menos, en la misma época en la que escribió Palissy. Por aquel entonces, el célebre anatomista flamenco Andrés Vesalio publicó su “De humani corporis fabrica”. Allí se quejaba de cómo la medicina estaba creando una casta de médicos ociosos dedicada a los libros y la teoría, “doctores de moda que, imitando a los antiguos romanos, empezaron a despreciar el trabajo manual”. En esas páginas, Vesalio describió con cierto fastidio el proceso según el cual los médicos lentamente fueron delegando la preparación de los alimentos de los enfermos a los cocineros, los cuidados del cuerpo a los enfermeros y la dosificación de los fármacos a los farmacéuticos. Sin embargo, lo más extraordinario de sus reclamos tiene que ver con la invasión de los barberos: cuanto los doctores comenzaron a negarse a realizar intervenciones quirúrgicas evitando correr riesgos, los barberos, ignorantes de los libros de anatomía pero hábiles y atrevidos manipuladores de herramientas afiladas, comenzaron a ofrecerse para realizarlas.

Del mismo modo que actualmente están de modas las barberías-cervecería, en aquel entonces pululaban las barberías-quirófano, en cuya entrada colocaban un poste rojo y blanco que al girar daba la impresión de que un hilo de sangre descendía por él. Esta expansión del negocio les dio a los barberos un peso gremial más allá de los límites de su especialidad. Para algunos historiadores, este proceso tiene que ver con el incremento de la teorización en la medicina, acercándola al estatus de ciencia. Vesalio, en cambio, estaba convencido de estar ante la presencia de un repliegue de la técnica que perjudicaba terriblemente a los médicos, justamente porque los alejaba de las cosas, de los cuerpos, de los padecientes, en definitiva, “del recto conocimiento de las vísceras”. “El doctor”, se quejaba Vesalio, “encaramado en lo alto de un púlpito, repite hasta el hastío noticias relativas a hechos que él jamás ha observado directamente, sino que se los ha aprendido de memoria en libros ajenos”. Desde este punto de vista, los libros nuevamente se presentaban como obstáculo del verdadero saber, antes que como su fuente. En consecuencia, una formación médica basada en la lectura era la peor de las decisiones, pues así “todo es mal enseñado, se malgastan los días en cuestiones absurdas y se les da a los alumnos menos nociones y más confusas que las que cualquier carnicero, desde su banco, podría enseñarle al doctor”.

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