No toda vida se percibe

Lectura de Viernes | Por Dario Sandrone

Experimentales y contemplativos

Los historiadores de la biología, por lo general, suelen coincidir en que las formas actuales de esta disciplina provienen de dos grandes corrientes de naturalistas, que trabajaban relativamente diferenciadas a mediados del siglo XIX. La primera de estas tradiciones era más experimental, propiciada por quienes estudiaban embriones, células y tejidos en los animales individuales y concretos. A esta línea le debemos buena parte de nuestros conocimientos y tratamientos médicos. La otra corriente, en cambio, era más contemplativa. Se preguntaban por conceptos más abstractos, como el de “género” y “especie”, e intentaban comprenderlos mirando a los animales, comparándolos y clasificándolos con el propósito de inferir conocimientos de lo que se veía. Si bien la primera vertiente se movía como pez en el agua en laboratorios, hospitales y cátedras de medicina, este segundo tipo de naturalistas solían pasearse por museos, parques y jardines zoológicos. También era muy común que realizaran largos viajes para ver y registrar animales de otras partes del mundo. El caso paradigmático de esta tradición es Darwin, de quien hoy podemos leer sus diarios de viajes y ver sus cuadernos de ilustraciones, como las que realizó en Argentina cuando (con autorización de Rosas) recorrió buena parte de la pampa húmeda en 1833.

Cuvier y la organización

Pero ¿qué ver cuando se mira un animal? ¿Qué se debe mirar para identificar el género o la especie? ¿En base a qué clasificarlos? Tradicionalmente, la clasificación de los animales se basaba en lo que podíamos ver con nuestros ojos: órganos, extremidades, garras, plumajes, pelajes y características similares. Estos rasgos, se pensaba, suelen ser más o menos los mismos, aunque se diferenciaban entre especies por su forma, número, disposición y tamaño. Las arañas tienen ocho patas pequeñas y delgadas; los topos tienen cuatro grandes y medianas. Por otra parte, estas características poseen funciones, por ejemplo, tejer y cavar, que también pueden deducirse mirando la anatomía y el comportamiento de los animales. No obstante, esa forma tan descriptiva no convencía a Georges Cuvier, un naturalista francés que, aunque era fijista como muchos de los que vivieron antes de Darwin, pertenecía a su misma tradición contemplativa.

En realidad, Cuvier también pensaba que los órganos tienen funciones externas y que eran importantes para definir una especie, pero a la vez observaba que no todas las especies tienen los mismos órganos o de la misma clase. Entonces, comenzó a buscar ciertas leyes de correlación en cada especie, como si hubiera una trama secreta e invisible a los ojos, pero susceptible de ser descubierta, que determinaba qué tipo de órgano le corresponde a cada una y de qué manera se relaciona con las demás partes del organismo. En su obra más famosa, “El reino animal distribuido a partir de su organización”, escribe: “Si los intestinos de un animal están organizados para comer exclusivamente carne fresca, es necesario que sus mandíbulas estén construidas para devorar una presa, sus garras para sujetarla y rasgarla; sus dientes para despedazar y dividir la carne; el sistema entero de sus órganos de movimiento para perseguirla y alcanzarla; sus órganos de los sentidos para verla desde lejos”. En definitiva, los órganos no están simplemente acomodados, están organizados; no son casuales, son lo que son para ser solidarios con los demás en vista a un “plan”. Unos ojos que permitieran a la tortuga ver presas lejanas es un sinsentido, porque nada en el resto de su cuerpo le permitiría alcanzarlas. En base a esa forma de concebir los organismos, Cuvier fue el primer naturalista que los clasificó según su organización que, aunque no se pueda ver, puede descubrirse mirando. Con ello, inauguró una nueva disciplina biológica, la anatomía comparada, lo que abonó cierta historia según la cual, una noche mientras Cuvier dormía en su habitación, sus alumnos quisieron hacerle una broma y uno de ellos entró disfrazado de diablo al grito de “¡Voy a comerte!”. Se dice que, entonces, casi sin despabilarse demasiado, Cuvier levantó la cabeza de la almohada y le dijo: “Todos los seres con cuernos y pezuñas son herbívoros, no podrás comerme”. La “ley de correlación” de Cuvier era insobornable: si tenía pezuñas y cuernos no tenía intestino para digerir carne, por más diablo que fuera.

No ver para clasificar

Clasificar animales y seres extraños es uno de los juegos borgeanos favoritos. Al “Libro de los seres imaginarios” podemos agregarle la célebre clasificación que Borges elabora para la ficticia Enciclopedia China, en la cual los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador (d) lechones, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas, entre otros. Contradiciendo los intentos de los naturalistas contemplativos, aunque tal vez sin pensar en ellos, Borges ironizaba. “(…) notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”. Aquella certeza sobre la arbitrariedad de cualquier tipo de clasificación, llevó al filósofo francés Michel Foucault a comenzar su libro “Las palabras y las cosas” de 1966, con esa cita de Borges. Como se sabe, la clasificación obsesionaba a Foucault, sobre todo la que realizan los médicos y científicos sobre humanos y seres vivos. Sanos y enfermos, locos y cuerdos, delincuentes y ciudadanos, buenos y malos alumnos: todas estas clasificaciones en el fondo guardan algo de arbitrariedad similar a la Enciclopedia China. En base a ello, Foucault dedicó buena parte de su obra a desentrañar cómo las ciencias naturales y sociales elaboran arduos sistemas conceptuales para fundamentar la clasificación de individuos según fines sociales, ejerciendo violencia y poder. Porque quien clasifica tiene el poder. Tal vez por eso, Foucault le dedica un extenso apartado a Cuvier en “Las palabras…”, ya que lo consideraba el autor de un invento muy significativo para el arte clasificatorio: el concepto de organización. Cuvier “pudo ver antes que la función”, pues la organización está en un lugar invisible, dice Foucault, “en un espacio que no es el de los caracteres visibles ni tampoco entre los elementos microscópicos”. En definitiva, entre el pelaje y las células estaba aquello llamado “organización” que, como la locura, la belleza o la maldad, no puede verse, pero puede inferirse mirando. Claro que siempre existe el peligro (o la certeza) de que esa inferencia sea una creación del científico. Lo cierto es que lo que más fascinaba al filósofo era que, con ese invento surgía “desde lo más lejano de la mirada, la posibilidad de clasificar”. A partir de Cuvier, dice finalmente Foucault, la vida comenzó a ser clasificada “en lo que no tiene de perceptible”.

 
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