El baño en la casa

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

La cura de agua

A comienzos del siglo XIX, Vincenz Priessnitz, un joven campesino que nunca había estudiado ni tenía la más pálida idea acerca de los principios de la medicina académica, logró fama mundial al poner en práctica una terapia a base de duchas frías al aire libre. Entre los bosques de su Silesia natal, en lo que hoy llamamos Polonia, y motivado por un espíritu de regreso a la naturaleza que primaba en aquellos tiempos y en aquellas regiones, la aislada residencia de Priessnitz se convirtió en la meca de las clases acomodadas, especialmente de las damas de la aristocracia austríaca, que asistían allí en busca de aquella “cura de agua”.

El tratamiento consistía en una ducha intensa al aire libre en el medio del bosque: todos se colocaban bajo un chorro grueso como un brazo que caía desde una altura de cuatro metros. El agua helada proveniente de un manantial era canalizada en tuberías de madera directamente desde el flanco de la montaña. Además de la creencia de que este tratamiento brindaba algún tipo de beneficio a la salud, la superación del temor a la desnudez, la exposición del cuerpo a un clima templado y las largas caminatas, provocaban la sensación de regreso a una forma de vida más natural. Cuando Priessnitz comenzó el emprendimiento en 1829 contaba con 45 “pacientes”; en 1843 tenía más de 1.500 huéspedes y una fortuna de 50.000 libras esterlinas. Para ese entonces, los establecimientos de cura con agua fría según sus métodos se habían diseminado en una gran cantidad de países, desde Rusia hasta Estados Unidos.

Baños portátiles

La fama de Priessnitz se expandió con rapidez sin que podamos saber si fue la causa o la consecuencia de que en aquella época el baño comenzó a asociarse con la salud, la higiene y el control de enfermedades. Estos efectos se sumaron a los de la relajación y la regeneración del cuerpo, que se conocía desde las culturas antiguas. Era lógico, entonces, que muchos quisieran tener los beneficios del baño en sus propias casas, sin necesidad de trasladarse a manantiales o de exponerse desnudo frente a los demás. El baño se convertía poco a poco en un asunto privado. En ese contexto, proliferaron en el mercado diferentes modelos de “baños plegables” que podían armarse en cualquier habitación de la casa. Durante la década de 1830 se diseñaban baños de vapor caseros, portátiles y desmontables: pequeños cubículos privados con una cubierta que retenía el vapor alrededor del cuerpo del bañista. Incluso había diferentes modelos: en uno, el baño se tomaba sentado; en otros, recostado.

Baños nómadas

Por aquel entonces, el cuarto de baño fijo instalado permanentemente en el hogar era prácticamente inconcebible. Faltaban los elementos esenciales para su difusión popular: no era fácil conseguir bañeras, lujosas piezas artesanales de porcelana; tampoco era una opción llevar agua corriente hacia los domicilios y faltaban accesorios bien ideados. En consecuencia, en París, por ejemplo, se desarrolló un interesante sistema de baños nómadas llamados “baignoires à domicile”, en contraste con los baños fijos de establecimientos públicos. Podía verse deambulando por las calles a los carros de quienes prestaban ese servicio, cargados con una bañera y agua caliente. El lector podrá imaginar cómo, ante el grito del interesado o interesada desde alguna ventana, el servicial “bañero” trasladaba la tina primero y el agua después hasta su apartamento. El éxito del servicio era tan grande que pronto se llenó de prestadores. En 1838, París contaba con 1013 baños nómadas, frente a los 2224 baños fijos en lugares públicos.

El baño inglés

Fue Inglaterra la nación que sacó al baño de su fase nómada y lo instaló como una habitación más del hogar. Y no lo hicieron en forma discreta, todo lo contrario, utilizaron esa innovación domiciliaria para ostentar una lujosa ornamentación. La calidad y distinción de los artículos sanitarios ingleses de finales de siglo XIX no se podían comparar con los de ningún otro país. El baño se incorporó a la casa, no como un anexo del dormitorio, sino como una gran habitación con alma propia, amueblada, con ventanas, donde era placentero permanecer. No se economizaron lujos para convertirlo en un lugar agradable. La gran bañera de porcelana estaba rodeada de baños de asiento, bidet y lavabos con repisa de mármol o pintados por encargo. Los grandes muebles de madera portando varios artículos sanitarios será un rasgo característico de los baños ingleses. Un folleto de 1888 ofrecía muebles “en varios tipos de madera para que hagan juego con el entorno. Precio: 60 libras esterlinas”. Se consolidaba el diseño del baño de acuerdo a los gustos de los moradores de la casa.

La automatización del baño

Llama la atención, sin embargo, que el siglo XIX inglés en el que explotó la maquinaria industrial y los motores termodinámicos, no haya brindado una tecnología más moderna para los baños, que más bien se consideraban espacios estáticos carentes de mecanismos automáticos. Habrá que esperar al siglo XX, cuando Estados Unidos impulse el baño automatizado, cargado de dispositivos que permitirá, cortará y evacuará el flujo de agua, abriendo grifos, apretando botones y accionando palancas. No fue por el lujo, sino por la vocación para la invención de ‘gadgets’ de todo tipo, la fascinación por la mecanización y la fabricación en serie de los accesorios sanitarios, lo que permitió a Estados Unidos superar en apenas un par de décadas a todos los países en este rubro. Un cronista inglés informa en 1890: “En América estas instalaciones son utilizadas en toda la mansión y en todo cuarto de aseo. Los aparatos que economizan la labor doméstica son mucho más apreciados en el otro lado del Atlántico que entre nosotros.

Por la misma razón, en Norteamérica son más numerosos los aparatos patentados.” El baño norteamericano simplificará al inglés. El lavabo, como una fruta que cae del árbol (la metáfora es de Giedion), se desprendió de la madera y adquirió la forma “purificada” de nuestros días. Los norteamericanos inventaron el baño compacto que es habitual en nuestras actuales viviendas: una pequeña habitación más eficiente que lujosa, con una bañera, un lavabo y un inodoro. Todo dentro de un espacio mínimo, a diferencia del cuarto de baño inglés. En Estados Unidos, el baño se pensó más bien como un artefacto, o una serie de artefactos, que componían una extensión o un módulo del dormitorio, interconectado con el resto de las instalaciones de la casa. “Aquel lugar” que otrora fuera público y comunitario se consolidó finalmente como un lugar privado, más aún, íntimo, en las entrañas del hogar.

 
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