Metafísica del billete

Lectura de viernes | Por Darío Sandrone

La vida es una moneda
La primera moneda de la que se tiene registro llevaba la imagen de un león y fue acuñada por el Imperio Lidio en el siglo VII a. C. Desde entonces, este objeto de intercambio se expandió al igual que su símbolos: dioses, astros, escudos, edificios y, desde luego, rostros humanos, se estamparon de mil maneras. Luego, con la conformación de los estados modernos, los semblantes de militares y políticos que los afianzaron aquí y allá también desembarcaron en el metal o el papel. En Argentina, estos han sido las figuras predominantes desde que comenzamos a emitir nuestra moneda, el Real Argentino, en 1813. Dos siglos después, con el ascenso del macrismo al poder, se decidió retornar a aquel origen zoológico del imperio Lidio, pero con animales autóctonos: el hornero, el yaguareté, la ballena franca, el guanaco, el cóndor andino. En una recordada entrevista pública que concedió en 2017, el ex jefe de gabinete, Marcos Peña, decía: “Para mí, una de las cositas chiquitas pero simbólicas más lindas que hicimos es poner animales en billetes porque es la primera vez en la Historia argentina que hay seres vivos en la moneda nacional y que dejamos la muerte atrás”. En realidad, no fue la primera vez. Rosas ya había impreso billetes con ñandúes y ovejas en 1841, pero es difícil creer que haya tenido la misma intencionalidad que el macrismo de despolitizar la moneda, o lo que es lo mismo, “dejar la muerte atrás”.

La imprenta del Estado
A pesar de que su contenido es simbólico, la moneda es un canal de comunicación real y directo con la población. Si las paredes son las imprentas del pueblo, los billetes son las del Estado. Historias, ideologías, valores: los billetes los llevarán a sectores sociales a los que no llegan los discursos, los libros, el cine, las redes o la televisión. En consecuencia, los gobiernos disputan ese pequeño territorio redondo o rectangular porque posee un poder de difusión que aunque limitado en extensión, es prácticamente ilimitado con respecto a su circulación. No es una “cosita chiquita”, al menos desde el punto de vista de la comunicación política. Por eso mismo, tras ganar las elecciones de octubre del año pasado, el peronismo impulsa el retorno de los exponentes humanos a la moneda nacional. Sin embargo, se anticipó que los nuevos billetes no llevarán la anquilosada imagen de los “Padres de la patria”, sino la de figuras populares o de la cultura que incluirían en igual proporción hombres y mujeres, las cuales han brillado en las monedas pero por su ausencia. Vale señalar la notable excepción de la mítica Evita, quien reemplazó a Roca en los billetes de cien pesos por decisión de la (a esta altura de los acontecimientos) no menos mítica Cristina Fernández.

Animales vivos, humanos muertos
Un aspecto interesante de los dichos de Peña es que en ellos confluyen metafísica y política. El principio metafísico que esgrime es el siguiente: los animales no mueren, los humanos sí. El cronista ignora si el ex jefe de gabinete ha leído a Arthur Schopenhauer, pero lo cierto es que el filósofo alemán del siglo XIX opinaba más o menos lo mismo. Mirando al gato que jugaba en su patio, escribió que “ese” gato era el mismo que había jugado allí quinientos años atrás. Obviamente, sabía que podían tomarlo por loco por semejante afirmación, pero él insistía en que “locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro”. Los siglos no retienen las diferencias entre los individuos de las especies animales, y en ese sentido “ese” gato se confunde con todos los gatos que han existido alguna vez. Cada gato brinca y juega de la misma forma en que lo hicieron los millones que lo precedieron. Quién ha visto a un gato, los ha visto a todos. ¿No es exagerado entonces decir que ha muerto algún gato alguna vez o que ha nacido uno “nuevo”? Si seguimos este razonamiento, deberíamos aceptar que no hay diferencia entre un león actual y el que inspiró aquella moneda del imperio Lidio. Como sostenía Borges en su Historia de la eternidad, es el mismo león “multiplicado en los espejos del tiempo”. Más aún, es “un león inmortal que se mantiene mediante la infinita reposición de los individuos”. Aunque Shopenhauer sugiere que la misma idea puede ser aplicada a los humanos, Borges vacila (o finge vacilar): “Del concepto de eterna Humanidad no espero lo mismo: sé que nuestro yo lo rechaza…”. El “yo”, ese núcleo duro de la identidad personal humana por el que San Martín no puede confundirse con Belgrano, ni Rosas con Sarmiento.

Especie e Historia
Esta característica distintiva de nuestra especie fue enfatizada por Hannah Arendt, otra filósofa alemana aunque más reciente. En su famoso libro, La condición humana, escribió que a diferencia del resto de los animales, “el nacimiento y la muerte de los seres humanos no son simples casos naturales, sino que se relacionan con un mundo en el que los individuos, entidades únicas, no intercambiables e irrepetibles, aparecen y parten”. El mundo de los leones no cambia cuando se repone un león en reemplazo de otro, pero el mundo de los humanos que vivían en estos lares sí cambió cuando “apareció” un Yrigoyen y cuando “partió” un Perón. La especie se reproduce sin cambios en cada león; la historia, por el contrario, cambia (para bien o para mal) con la aparición de cada humano, o por lo menos con la de algunos. Arendt insiste: “Sin un mundo en el que los hombres nazcan y mueran, sólo existiría la inmutable y eterna repetición… de las otras especies animales.” Ella vio con claridad la potencia política del nacimiento y la muerte como un rasgo particularísimo de nuestra manera de transitar el tiempo… haciendo historia.

El pueblo y La gente
¿Por qué el macrismo eligió a los animales inmortales antes que a los humanos mortales como mensaje institucional? Aquí debemos abordar el aspecto político del asunto. El sujeto político del peronismo, esto es, el formato bajo el que se imagina a los habitantes del territorio, es “El pueblo”, y los pueblos tienen una historia hecha de muertos. Referentes, ídolos, próceres, artistas: los muertos argentinos reflejan la vida de los argentinos. Por el contrario, el colectivo que el macrismo imagina, o más bien desea, es “La gente”, un genérico sin hombres ni mujeres singulares, y por lo tanto, sin dirigentes ni héroes; un continuo de individuos indiferenciados que no nacen ni mueren, sino que se reponen en un río homogéneo que transcurre sin tiempo ni historia. Así considerada, como una animalidad local, nada diferencia a “La gente” de “El yaguareté”. Como un espejo, cada uno de los actuales billetes intenta reflejar esa simetría. En lo que a mí respecta, prefiero a los muertos, quizá por aquello que decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad, donde le contestó a Marcos Peña con sesenta años de anticipación: “El culto a la vida, si es de verdad, es también el culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega a la muerte, acaba por negar a la vida”.

 
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