Human computers

Lectura de viernes | Por Darío Sandrone

I
En la década de 1930, el matemático inglés Alan Turing se propuso diseñar una máquina capaz de procesar datos y realizar operaciones matemáticas. Este proyecto lo puso a observar detenidamente cómo realizan estas operaciones los seres humanos, con el afán de reproducir esos mecanismos en una máquina. Años después escribió: “si queremos hacer una máquina que mimetice el comportamiento de un computador humano en operaciones complicadas, hay que preguntarle a éste cómo lo hace y luego transferir la respuesta en forma de tabla de instrucciones” para la computadora artificial. Los computadores humanos en realidad eran computadoras humanas, mujeres a las que se agrupaba al interior de las oficinas del gobierno a escuchar comunicaciones, leer y escribir informes, calcular coordenadas, entre otras actividades de manejo de información. Se dice que Turing observó cómo movían los ojos, qué anotaban en el papel, qué ponían arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda. En 1936 presentó su máquina en sociedad en un famoso artículo. No era una máquina física, sino una máquina matemática que contaba con una cinta “teórica” a través de la cual se ingresaban los datos, pero también el código de las operaciones matemáticas necesarias para procesarlos. Las computadoras actuales son, de alguna manera, la concreción física de aquel modelo.

II
Si en ese momento Turing hubiera entrado a un taller de confección o a un taller de tejeduría, en primer lugar no hubiera encontrado a los obreros trabajando con letras y números, sino con lanzaderas, agujas, maquinas e hilos. Pero además, hubiera encontrado ámbitos de trabajo muy diferentes entre sí. Durante mucho tiempo, a cada tipo de actividad le correspondía un juego de herramientas y máquinas diferentes. Las herramientas del sastre se diferenciaban de la del tejedor. Incluso con la industrialización, las máquinas de coser no se parecían a los telares automáticos. Sin embargo, si uno visita hoy un taller de confección computarizado o una tejeduría computarizada, lo más probable es que encuentre a los trabajadores inclinados sobre una misma máquina, la computadora, mirando su monitor y presionando sus botones. Lo mismo sucedería si fuera a un estudio de abogados, donde cada vez hay menos papeles; a uno de arquitectos, donde cada vez hay menos planos; a un laboratorio, donde cada vez hay menos tubos de ensayo; o al escritorio de un filósofo, donde cada vez hay menos libros y cuadernos. En buena medida, las prácticas laborales de todo tipo van pareciéndose a la manipulación de símbolos e información a través de una máquina universal.

III
Este giro hacia las máquinas informacionales rompió la hegemonía de las industrias que producen objetos físicos como un auto, un par de zapatos o una gaseosa. Si miramos las grandes empresas actuales: ¿Que objeto produce Google? ¿Y Facebook? Desde hace unos años, una nueva hegemonía de las empresas que prestan servicios se ha instalado y, en consecuencia, las y los “human computers”, que eran trabajadores minoritarios a mitad del siglo XX, se volvieron regla general en muchos de los ámbitos laborales actuales. Incluso las empresas que fabrican productos físicos dependen cada vez más de las que proveen servicios informáticos. En nuestro país, las plantas industriales de empresas como YPF, Acindar, Tenaris, Arcor y Aysa son escaneadas y codificadas, generando un montón de datos para ser procesados por los algoritmos de otras empresas, como la alemana Siemens, que les devuelve información para optimizar su funcionamiento. Lo que se conoce como industria 4.0 transforma buena parte de la actividad industrial en actividad informacional, en tareas analíticas y simbólicas. Una capa de trabajadores informáticos opera sobre los trabajadores industriales.

Por otro lado, las tareas que implican la producción y manipulación de afectos y saberes y que requieren el contacto humano, poco a poco comienzan a desplazarse al universo de los símbolos. La docencia, por caso, concebida como un actividad que puede realizarse a distancia, es cada vez menos una tarea que se desarrolla entre cuerpos y cada vez más una que consiste en el análisis de textos y números en una plataforma virtual. Lo mismo sucede en la telemedicina. Cada vez son más los médicos que pasan una parte de su jornada laboral frente a una computadora chateando o comunicándose por video con pacientes, bajo las órdenes de alguna empresa que presta ese servicio. Si antiguamente, salvo por el guardapolvo, los ámbitos de trabajo de un médico y un docente eran muy distintos, hoy muchos de ellos podrían compartir oficina sin que un observador externo pudiera diferenciarlos. Han adoptado por igual la modalidad “human computers”.

IV
Turing estaba convencido de que su máquina podría realizar cualquier operación propia de otra máquina, si se conseguía traducir mecanismos de esta última a un código. Las actuales computadoras han comprobado la intuición de Turing. Una sola de ellas puede reproducir música y videos, escribir textos, entablar comunicaciones, realizar análisis de laboratorio y controlar un telar automático. Jamás una tecnología, ni siquiera el motor a vapor, ha subsumido tantas actividades laborales al mismo tiempo. En consecuencia, y como los humanos tienden a acoplarse con las máquinas que emplean a diario, la diversidad de actividades, coreografías corporales, ámbitos de trabajos, se han transformado drásticamente en los propios del “human computer”, un trabajador que transita su jornada procesando datos en diferentes dispositivos informacionales. Pero existe otro rasgo de nuestra época que marca una diferencia con las anteriores: las mismas máquinas que usamos a diario en el trabajo nos esperan al regresar a casa para nuestro entretenimiento y diversión. La computadora no solo parece romper las fronteras entre los diferentes trabajos, sino también entre el trabajo y aquello que no lo es. Aquella máquina universal que Turing soñó en la teoría, hoy es cada vez más palpable en la práctica.

 
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