Por un par de medias

Por Darío Sandrone

Erewhon

“Erewhon”, la novela que escribió Samuel Butler en 1872, transcurre en un lejano y exótico país en el cual impera un extraño sentido de la justicia. Allí, las faltas morales son consideradas enfermedades. Un robo pequeño, por ejemplo, es diagnosticado como una dolencia menor capaz de curarse con un par de días de reposo. En cambio, cuando alguien comete una falta grave, tal es el caso de una gran estafa, se considera que padece una enfermedad seria que requiere internación, medicación y un prolongado tratamiento médico.

Por el contrario, las enfermedades del organismo son concebidas como delitos que se pagan en la cárcel. A las gripes y resfriados corresponden penas menores, pero quien posea una enfermedad terminal es condenado a pasar su vida entera (que, por lo general, no es mucho tiempo) tras las rejas. En consecuencia, la población ha desarrollado todo tipo de artilugios para ocultar las enfermedades y dolencias, como aquella señora que llegó sola a una reunión y al ser indagada por la ausencia de su marido (quien se encontraba indispuesto) dijo: “no pudo venir, esta mañana se robó un par de medias en la tienda y tuvo que quedarse descansando”.

Fumar es un placer

Es posible que con esta ficción Butler haya querido resaltar un fenómeno real que se encontraba en franca expansión a finales del siglo XIX y que será un rasgo distintivo del XX: la ampliación del campo de influencia de la medicina. Ya no solo se ocupará de los enfermos, en cambio, mutará hacia una disciplina más general, responsable también del seguimiento y control de los actos ordinarios de los sanos. Así, poco a poco, se transformará en una nueva guía de la conciencia, que dicta reglas de conducta, censura placeres y envuelve lo cotidiano en una red de recomendaciones, asistida además por una batería de fármacos sin comparación con el pasado. Como bien cuenta la médica y filósofa francesa Anne Marie Moulin, esta expansión moral de la medicina encuentra justificación “en el conocimiento sobre el funcionamiento del organismo y en su victoria sin precedentes sobre sus enfermedades”, aunque aclara que “el control de la medicina tropieza con el límite de la resistencia de la población a renunciar a su autonomía”.
Una síntesis clara de esa tensión que marca a fuego nuestro tiempo puede leerse en aquel famoso discurso que Max Weber dijera en 1919, bajo el título “La ciencia como vocación”. Allí, uno de los padres de la Sociología afirmaba: “La Medicina no se pregunta si la vida es digna de ser vivida, o cuándo deja de serlo. Todas las ciencias de la naturaleza responden a la pregunta de qué debemos hacer si queremos dominar técnicamente la vida. Las cuestiones previas de si debemos y, en el fondo, queremos conseguir este dominio, y si tal dominio tiene verdaderamente sentido, son dejadas de lado o, simplemente, son respondidas afirmativamente de antemano”.

En definitiva, el médico puede decirnos cómo vivir más, pero no si vale la pena vivir. A este respecto, se han presenciado muchas batallas culturales en la historia reciente. Una de las más representativas tal vez sea aquella que desencadenó Richard Doll, en 1954, cuando demostró la relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón. Sin embargo, aún hoy la gente fuma.

Una cola de 8000 millones de personas

Weber identificó una contradicción que no ha dejado de crecer: cuanto más interviene la medicina en la vida de las personas, en sus decisiones, en las actividades que desarrollan, en la forma de gozar, de reproducirse e incluso de morir, más amplia es la justificación externa que requiere y, por lo tanto, más debe apelar a otros saberes, creencia y prácticas. Posiblemente, los primeros en notarlo hayan sido los propios médicos, que, a veces a regañadientes, se han abierto al control de la sociedad civil y de las autoridades políticas. La alianza con el Estado, entonces, permitió encontrar los canales adecuados para llevar adelante ciertos tratamientos que suponen la suspensión de algunas libertades privadas (como ocurre con la vacunación). En contrapartida, la vida pública asume a la salud como uno de sus valores más preciados, y a los trabajadores de ese rubro como actores sociales claves a los que se les rinde todo tipo de tributos simbólicos (que, vale decirlo, no siempre llegan al salario).

El médico, entonces, se ha convertido en un experto de todos los asuntos públicos y privados. Moulin afirma, con mucha lucidez, que eso fue posible a partir de la transformación del objeto de la medicina: de los enfermos a los potenciales enfermos. En otras palabras, “toda persona sana es un enfermo que se ignora”. Desde luego, este enfoque habilitó un colosal negocio con un mercado casi universal: “en la sala de espera del médico, hacen cola 8.000 millones de personas”. Pero también habilita un nuevo enfoque, la medicina preventiva, cuyo principal arte consiste en perturbar la paz y la tranquilidad de la población con señales de alarma, con el propósito de proteger la salud colectiva.

La epidemiología, como lo hemos visto de cerca en estas semanas, es una de las especialidades médicas más fuertes en esta línea, por lo tanto, es una de las que más hace para borrar la distinción entre sano y enfermo. Para muestra basta un botón: todos debemos estar aislados, tanto infectados como no infectados. En este nivel, los médicos no hablan de la “causa” de una enfermedad, sino de los “factores”. La enfermedad se vuelve abstracta, lo que lleva a los “libertarios de pocas luces” a querer romper las prescripciones por no entender la compleja dinámica de las medidas precautorias. El riesgo, esa palabra esencialmente matemática y probabilística, ocupa el centro de la escena y opaca al propio virus. La distinción radical entre sanos y enfermos, entonces, es reemplaza por un degradé probabilístico entre “grupos de riesgo”. Solo hay que encontrar a cuál pertenecemos.

Si se piensa a la medicina preventiva con buena voluntad, tratando de rescatar los aspectos positivos que debería tener esta forma de abordar la salud pública (repito, que debería), encontraríamos como una de sus mejores enseñanzas que no tiene sentido estigmatizar al enfermo, y mucho menos al enfermero, a quien se lo ve como un potencial infectado. La salud y la enfermedad, lejos de ser entidades reales opuestas, asimilables al bien y el mal, son situaciones probables que se alternan y combinan dinámicamente en una población.

La enfermedad no es, entonces, algo relacionado con la muerte, sino con todo lo que vive, y más aún con todo lo que vive en comunidad. Aceptar eso se presenta como el primer paso hacia un vínculo menos terrorífico con la enfermedad. Si eso no es posible, en cambio, aún podemos robarnos un par de medias de la tienda para faltar al trabajo.

 

 
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