El drama de los objetos (tercera y última parte)

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Si limpiar la casa tiene algo de placentero es entrar en contacto con las cosas, revisitarlas en los cajones entre los papeles, quitarles el polvo sobre los muebles, mirarlas, recordar a través de ellas. En la rutina diaria desaparecen. Están a nuestro alrededor, es cierto, pero lo mismo daría que estuviesen en China, pues en el trajín de la jornada una distancia infinita las envuelve. Su presencia pasa desapercibida durante horas, tal vez días. Se retiran de nuestra conciencia para perderse en esa nada atmosférica. Sin embargo, un evento excepcional como “la limpieza” suele traerlas de vuelta. Es entonces cuando florecen mágicamente frente a nosotros con sus perfiles, sus aristas, sus ángulos y sus colores; se multiplican a nuestro paso con sus transparencias, sus reflejos y sus brillos. Si, además, una música suena en el aire y adormece la atención, la mente divaga entre los objetos y el cuerpo deambula sin rumbo de cosa en cosa. ¿Qué son las canciones sino otras cosas que se retiran al silencio cuando el aire no las propaga? Cuando suenan, en cambio, las notas se adhieren a las demás cosas que vemos y tocamos. En esas singulares ocasiones los objetos vuelven a ser cosas-para-nosotros en lugar de ser simples cosas dispersas en la nada.

Lo útil es invisible a los ojos

Martin Heidegger fue uno de los principales filósofos del siglo XX y probablemente al que más le fascinó esa naturaleza esquiva de las cosas. Escribió su obra principal, “Ser y tiempo”, en 1927, cuando solo tenía 28 años. Si, como dijimos en la anterior columna, la filosofía de Husserl consistía en suspender toda consideración del mundo exterior para focalizarse exclusivamente en los fenómenos que aparecen ante la conciencia, la filosofía de Heidegger, su alumno rebelde, consiste en todo lo contrario: enfatizar lo que se nos escapa, lo que sucede tras las bambalinas de la conciencia, en ese punto ciego a donde las cosas se retiran. En “Ser y tiempo” Heidegger analiza el útil (zeug), que es la entidad técnica más simple y tal vez por eso la que se retira con más fuerza de nuestra atención. El martillo pasa desapercibido para quien golpea; el cuchillo desaparece para quien corta; el teclado con el que escribo estas palabras se vuelve transparente para que pueda concentrarme en ellas. Nuestra vida depende de los útiles y, sin embargo, esa dependencia solo es posible en la medida en que éstos se pierden en la nada. Como lo interpreta el filósofo estadounidense Graham Harman: “en la medida en que el útil es útil se mantiene, por así decirlo, invisible.”

Por otro lado, la imposibilidad de aprehender la cosa en plenitud no es una cuestión de saberes. Antes bien, como lo ve Heidegger, se debe a la propia naturaleza de las cosas. El artesano conoce muy bien el peso de su martillo y posee la técnica del golpe; por su parte, el científico conoce el sistema de fuerzas con que la física descompone el operar del martillo para describirlo. Pero ambas son caricaturas del martillo que se retira a un mundo inaccesible, solo para emerger como herramienta o como sistema de fuerzas, pero nunca como las dos cosas al mismo tiempo. Siempre hay caras de la cosa que se ocultan y lo peor es que no podemos saber cuántas. En palabras de Harman, “la conciencia del artesano que toma al martillo para un propósito específico no puede captar exhaustivamente el «estar ahí» del martillo”.

Las cosas no están solas

En las profundidades, las cosas no se quedan quietas: el espejo refleja la cama de una habitación vacía; el polvo cubre lentamente los rincones; la tinta de la lapicera mancha un papel en el cajón; la percha deja caer una camisa en el placard; la gota de agua cae desde la ducha y horada pacientemente el piso. Mientras están ausentes de nosotros, una rutina de acontecimientos tiene lugar a diario entre las cosas. Por otra parte, las cosas no son cápsulas aisladas e impermeables, al contrario, se relacionan a nuestras espaldas y conforman un sistema unificado de referencias mutuas. En términos del propio Heidegger: “un útil solo es desde su pertenencia a otros útiles; útil para escribir, pluma, tinta, papel, carpeta, mesa, lámpara, muebles, ventanas, puertas, cuarto”, casa, barrio, librerías... podríamos seguir. Toda cosa es cosa para otra cosa que le da sentido cuando no se lo damos nosotros. Un sistema de objetos se trama a nuestras espaldas sin que lo notemos. En ese aspecto, Harman insiste en que Heidegger nos presenta una renovada protesta acerca de la reducción de la tecnología moderna que “despoja a las cosas de su misterio y las transforma en reservas calculables de materiales accesibles y manipulables en función de propósitos humanos, en vez de dejarlas ser lo que son intrínsecamente”. Para ello, Heidegger emprende “una campaña de agresión contra la presencia”, algo que también podría leerse de manera inversa: una promoción de las ausencias.

La mayor parte del tiempo las cosas están ausentes, solo reaparecen cuando se rompen. Solo cuando la lapicera deja de funcionar súbitamente la observo en mi mano, me detengo en su peso para inferir la cantidad de tinta, presto atención a sus partes, intento escribir nuevamente con ella. Ahora y solo ahora puedo decir que realmente la lapicera está en mi mano y no sumergida en la nada en la que estaba mientras mi mano (que también había desaparecido) escribía. Solo cuando ya no es un útil puedo verla con algo de claridad. Solo cuando las cosas se rompen emergen a la existencia. También cuando se ensucian y es necesario limpiarlas.

 
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