Trigo artificial, como yo

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Criadores creadores

Darwin comienza “El origen de las especies” hablando de la cría de palomas. Por medio de la cruza y selección, explica, a partir de una especie original los criadores generan otras nuevas en las que ciertos rasgos, como el tamaño o el plumaje, son moldeados según sus intereses. A pesar de que estas nuevas especies son biológicas, es indudable que también les cabe el calificativo de artificiales, pues son producto del arte humano. Si bien no fueron creadas de la nada, habría que aceptar, al menos, que fueron recreadas.

Lo mismo puede decirse de ciertas plantas, como el trigo. No conocemos a esta planta en estado “natural”. Las que existen son el producto de miles de años de selección humana, que han moldeado sus características de acuerdo a nuestros intereses. Estos intereses consisten básicamente en que la espiga sea lo más grande posible y genere la mayor cantidad de granos. Hemos conseguido un trigo altamente artificial adaptado a nuestras necesidades alimentarias. En ese sentido, aunque tal vez haya exagerado un poco, no sería descabellado admitir lo que Herbert Simon afirmó en “Las ciencias de lo artificial”: “un campo labrado no es más artificio que una calle asfaltada… ni tampoco menos”.

El precio de lo artificial

Hace unos días, el ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, a través de la Resolución 41/2020, aprobó la producción de trigo genéticamente modificado en Argentina. También esta variedad de trigo, denominado HB4, ha sido moldeado artificialmente para intensificar ciertos rasgos, en este caso, la resistencia a la sequía. Somos el primer país del mundo en admitir este tipo de producción, y el hecho ha generado preocupación y críticas nacionales e internacionales.

Pero si todo el trigo es artificial, ¿por qué el HB4 activa tantas alarmas? Como dijimos, la distinción natural/artificial no nos sirve para entender el problema. Tal vez convenga cambiar de estrategia. Enfoquémonos, entonces, en los modos de artificialización y sus diferentes efectos sociales, económicos y ambientales.

Algunas hipótesis científicas afirman que una de las consecuencias de la artificialización milenaria del trigo es que se perdieron las especies perennes (duraderas) y se expandieron las anuales. El trigo actual crece, desarrolla semillas y muere. En consecuencia, para existir masivamente, desde hace mucho tiempo el trigo depende de los seres humanos que almacenan sus semillas y las siembran año a año. Por otra parte, estas especies anuales moldeadas por nuestros intereses alimenticios llevan la mayoría de sus nutrientes a la espiga, motivo por el cual la planta no desarrolla hojas grandes, que nunca caen a la tierra para abonar el suelo y ayudar a controlar su erosión. Tampoco desarrollan grandes raíces, por lo que agotan la materia orgánica del suelo rápidamente. Esos factores aumentan aún más la dependencia en relación con los humanos, quienes las asisten con pesticidas y fertilizantes.

Aquí podemos observar un rasgo de la artificialidad: requiere aún más artificialidad y asistencia humana.  

Si este razonamiento es correcto, la producción del trigo transgénico no representa el paso de un trigo “natural” a uno “artificial”, sino un salto en el tipo de asistencia artificial, basada fuertemente en la biotecnología y la industria química. Se hacen patentes, entonces, los dos riesgos fundamentales de HB4. El primero es la pérdida relativa del control de los productores sobre el proceso de producción. Además de la milenaria selección artificial, obtener este nuevo tipo de semillas involucra la manipulación directa de los genes. Los productores no cuentan con la biotecnología necesaria para realizar estos procedimientos, y si la tuvieran igual deben atenerse a las patentes que establecen que las semillas son propiedad de corporaciones que ganan poder en el mercado, en el caso del HB4, la argentina Bioceres y la francesa Florimond Desprez, una de las empresas líderes a nivel mundial en genética de trigo.

Estas empresas no artificializan el trigo con el objetivo de obtener alimento, sino ganancias. No debemos esperar entonces un compromiso, como si se podría pedir a los productores nacionales, con un proyecto de soberanía alimentaria.

En segundo lugar, la resistencia del trigo modificado genéticamente a los herbicidas no se transmite a los humanos. Es aquí cuando los agroquímicos adquieren el nombre de agrotóxicos, y este es el riesgo específico más serio de esta forma de artificialidad: el daño a la salud de la población.

El cultivo del HB4 trae aparejado la utilización de grandes cantidades de glifosinato de amonio, que se presenta como el nuevo nombre que deberemos aprender junto al que ya sabemos, glifosato. Estas dos posibles consecuencias justifican que se disparen no una, sino mil alarmas.

Si vamos a hacer, hagamos preguntas

Esta breve reflexión sobre la artificialidad exige que vayamos más allá del trigo, o mejor dicho, más acá. ¿Qué tan artificiales somos nosotros mismos? ¿Cuánta intervención humana necesita el humano contemporáneo para seguir existiendo de la forma en que existe? ¿En qué medida depende actualmente nuestra salud de objetos artificiales como el calzado, el abrigo, la vivienda o los productos para la higiene? ¿Cómo podrían sobrevivir juntas dos millones de personas fuera de una ciudad, otra forma del invernadero, sin la red artificial de agua, provisión de alimentos, fármacos, asistencia médica, agua potabilizada? ¿Qué posibilidades tenemos hoy de trabajar y socializar (incluso con nuestros seres más cercanos) sin electricidad e internet? Sin duda, nuestra artificialización nos permite vivir más años y en más sitios. No es disparatado suponer que si ahora mismo desaparecieran todos nuestros artificios, en pocos años la población de casi 9.000 millones de humanos esparcida en todo el planeta, se reduciría a unos pocos millones dispersos en pequeñas poblaciones en algunos ambientes favorables.

Sin embargo, esta hipótesis es incomprobable. Al igual que el trigo, no conocemos al humano en estado de naturaleza. En ese sentido, la pregunta “¿cómo ser más naturales?” es ociosa. Exige ser reemplazada por otras: ¿Pueden ser distintas las condiciones de nuestra artificialización? ¿Quiénes hacen negocios desproporcionados con nuestra condición de seres artificiales? ¿En qué momento el proceso de artificialización se convirtió en uno que tiende a la desigualdad y la injusticia? ¿Cuándo la producción de trigo, calzado, ropa, electricidad, internet, fármacos, agua potable y todos los artificios que intervienen en nuestra existencia produjeron tantas inequidades? ¿Cuándo el proceso de artificialización se convirtió en un proceso que genera seres muy ricos o muy pobres? ¿En qué medida los mismos artificios que sostienen la existencia de unos amenazan la existencia de otros?

 
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