Pateando piedras

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Las redes se reservan el derecho de admisión

En 2007, solo el 6% de la población mundial mayor de 15 años conectada a internet tenía una red social. Apenas cuatro años más tarde, en diciembre de 2011, el 82% (1.200 millones de personas) se había convertido en usuario de al menos una de ellas. En la actualidad, Facebook ostenta unos 2.500 millones de usuarios activos, a los que podemos sumarles los 1.600 millones de WhatsApp y los 1.000 de Instagram, que también le pertenecen. Un poco más relegado está Twitter, con casi 340 millones de usuarios, a pesar de que es la red elegida por las celebridades del mundo del arte, el entretenimiento y la política para comunicarse con el pueblo. De hecho, es la principal red a través de la cual Donald Trump expresaba sus opiniones por fuera de las comunicaciones oficiales y, en ocasiones, en lugar de éstas. Si hablamos en pasado es porque a raíz de los últimos acontecimientos, Twitter clausuró su cuenta para siempre. También tomaron esa decisión Facebook, Instagram, Snapchat y YouTube. En total, Trump perdió llegada directa a unos 85 millones de usuarios, y cuesta mucho pensar otro medio a través del cual pudiera alcanzar a tanta gente sin mediación periodística.

En consecuencia, se presenta un dilema entre Guatemala y "guatepeor". Es cierto que, más allá de sus votantes y partidarios, pocos quieren a Trump, sobre todo ahora, y por lo general hay consenso en que sus actitudes y dichos son reprochables y peligrosos. Pero el hecho de que las grandes corporaciones tecnológicas hayan mostrado capacidad de "cancelar" a escala global a una figura pública de semejante magnitud y relevancia, sin rendir cuentas a nadie y sin responsabilidades formales sobre las eventuales consecuencias, también enojó un poco y encendió las alarmas. Tal es así, que la canciller alemana Angela Merkel (quien no tiene redes) instruyó a su portavoz para que, en conferencia de prensa, calificara de “problemática” la decisión de las corporaciones, y sostuvo que, en tanto afectan la libertad de expresión, deberían tener “límites definidos por las leyes”. Un nuevo estímulo al debate sobre la regulación de las redes sociales en la web. 

Agua embotellada

Internet nació en el siglo XX, hace unos 30 años, pero la forma que posee en la actualidad, basada en plataformas, es específica del siglo XXI. Recordemos que Facebook se fundó en 2004, YouTube en 2005 y Twitter en 2006. Hasta ese momento, internet se parecía a un medio de comunicación en red. No obstante, las plataformas la transformaron en un ecosistema de empresas que prestan servicios especializados (para comerciar, para hacer trámites, para tener citas, para escuchar música, para ver películas, etc.) José Van Dijck, en su libro “La cultura de la conectividad”, usa una imagen muy ilustrativa para describir el cambio. Si la información fuese agua, internet dejó de ser un proveedor que la distribuía a través de una red de cañerías, y se convirtió en un conglomerado de empresas privadas que la filtran en sus algoritmos y la entregan embotellada a domicilio. 

Definir a internet como un “medio de comunicación” sabe a poco, si tenemos en cuenta esa profunda metamorfosis. Las plataformas se constituyeron como un vehículo interactivo y retroalimentado, donde las personas no solo se comunican, sino que además socializan. Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, se planteó, según sus propias palabras, el objetivo de “hacer una internet más social”. Si en los años 90 Al Gore había asociado internet a una “autopista de la información”, en el nuevo siglo Zuckerberg la redefinía como un salón digital al que podríamos trasladar nuestras actividades profesionales, sociales y culturales. Internet ya no sería una red para ir y venir, sino también un lugar para estar, y donde la diferencia entre online y offline sería cada vez más porosa. La web 2.0, como se conoce a esta última etapa de internet, penetró en la cultura contemporánea y modificó prácticas sociales no solo en las computadoras, sino también en las calles. 

Conexión y conectividad

Toda forma de socialización implica alguna mediación artificial. Una ciudad, sin ir más lejos, es una plataforma que reúne personas y les impone ciertas reglas para conocerse e interactuar. Lo mismo podemos decir de la escuela, el barrio, un boliche o un bar. Desde hace dos siglos, además, las tecnologías de la comunicación trastocaron los modos de interactuar y generaron nuevos ritos comunicativos, como la conversación telefónica.  Entonces, ¿qué es lo específico de las redes digitales en tanto mediación social? Según Van Dijck, hay una ruptura con las mediaciones previas. A pesar de que los medios tradicionales de comunicación nos llevaron a una “sociedad de la conexión”, en la que se habilitó un nivel extraordinario de formas de vincularse, esas formas, sin embargo, seguían siendo en buena medida azarosas o al menos no estaban gestionadas por el propio medio. Por el contrario, las redes sociales digitales nos llevan a una “sociedad de la conectividad”, en donde el propio sistema de comunicación organiza las interacciones sociales automáticamente, a través de los algoritmos entrenados estadísticamente por millones de usuarios. Conocer a alguien en un bar y pedirle el teléfono (conexión), no es lo mismo que conocer a alguien en el teléfono (conectividad) y encontrarse luego en un bar.

En este sentido, afirma Van Dijck, hacer “más social” la red significó hacer “más técnica” la sociedad, a partir de lo cual buena parte de las actividades de las personas están sometidas a un régimen de manipulación estadística. En otras palabras, las plataformas tienen la facultad de dirigir muchas prácticas sociales a través de la administración de las rutinas cotidianas de sus usuarios. Allí es donde hay que estar atentos: el marketing de las empresas tecnológicas hace hincapié en la conexión humana que favorecen, pero se hacen los desentendidos con respecto a los efectos sociales de la automatización tecnológica que está en el núcleo de sus servicios y el poder que eso les confiere. 

Diagnóstico

No se trata de ser nostálgico ni añorar otras épocas, sino de reconocer que una parte importante del funcionamiento social está montado cada vez más sobre sistemas informáticos automatizados, que, inevitablemente, diseñan y manipulan las conexiones entre personas, pero también, y esto es muy importante, entre personas ideas y cosas. Merkel tiene razón: sí, se debe avanzar en una regulación de las redes sociales. Pero se queda corta con el diagnóstico, porque no se trata solo de “libertad de expresión”. Lo que está en juego es mucho más que eso. Regular la web 2.0 es regular también la forma de vivir en el ámbito público, incluso fuera de internet, si es que a estas alturas se puede decir que hay un afuera. Si lo hay, allí debe estar Trump, mirando el piso y pateando piedras.  

 
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