Toledo

Otro día en el paraíso| Por Federico Racca

Son las seis de la tarde y me siento en un bar frente al Mercado Norte. Hay algo ajeno, me falta aquel Dólar de la calle San Martín casi Oncativo donde, a medida que tomaba mi café, escuchaba el ruido del dominó de los fulleros que se volvía música. Miro la gente pasar, el espíritu bullanguero de estos cordobeses. Pienso en el Festival de Teatro del Mercosur, en la gran dramaturga María Escudero y su rescate de la alegría cordobesa en los tiempos más difíciles (la alegría no es solo brasilera, diría Charly). Hay seres como María (como Charly) que nos cambian, que dejan una estela que traspasa su tarea y que modifica nuestro viaje aunque ni sepamos de ellos. El poeta griego Constantino Kavafis en uno de sus poemas describe el viaje de la Odisea y nos recuerda que “ni a Lestrigones ni a Cíclopes (monstruos comedores de hombres), / ni al fiero Poseidón hallarás nunca, / si no los llevas dentro de tu alma, / si no es tu alma quien ante ti los pone.”

Hace pocas semanas, en su Oaxaca amada falleció el maestro Francisco Toledo. Pintor, grabador, ceramista, escultor, su obra se conoce en el mundo entero. La mezcla de lo humano con lo animal, de ese entre vida y muerte tan mexicano, de una erótica que traspasa los lenguajes y la realidad, lo llevó a vender, “llenarse de culpa por volverse un capitalista” como dijo. Durante años trabajó junto a los artesanos de Teotitlán del Valle, creó escuelas de arte, fundaciones, museos, revistas. Se interesó por la ecología, la promovió. Piel bronce y hueso quedó de tanto andar; unos pelazos de locura y unos dientes blancos como estacas. ¿Se puede describir un artista con palabras? ¿Una imagen de su obra vale más que mil palabras?

Vuelvo a Kavafis: “pide que tu camino sea largo. / Que numerosas sean las mañanas de verano / en que con placer, felizmente / arribes a bahías nunca vistas; / detente en los emporios de Fenicia / y adquiere hermosas mercancías, / madreperla y coral, ámbar y ébano, / perfumes deliciosos y diversos, / cuando puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes; / visita muchas ciudades de Egipto / y con avidez aprende de sus sabios.”

Toledo hizo el viaje largo, tuvo numerosas mañanas cálidas, luchó contra el papel, la tinta y la dura piedra volviéndolos madreperla y coral, ámbar y ébano. Creó perfumes deliciosos y diversos (todavía los puedes oler si tu barco atraca en las cercanías de Oaxaca). Y Kavafis: “Ten siempre a Ítaca en la memoria. / Llegar allí es tu meta. / Mas no apresures el viaje. / Mejor que se extienda largos años; / y en tu vejez arribes a la isla / con cuanto hayas ganado en el camino, / sin esperar que Ítaca te enriquezca.” Toledo murió a los casi ochenta, en su Oaxaca después de la pobreza en París (y del Mayo Francés), después de las muestras en Alemania, Inglaterra y el lejano Japón. Después de tres mujeres, hijos, premios y más premios. “Ten siempre a Ítaca en la memoria” y volvió a Oaxaca para que sus huesos descarnados ya vivieran allí y fueran paseados en las Noches de los Muertos con respeto y alegría, como aquellos zapotecas de antes de la Conquista que tenían dentro de sus casas los sepulcros familiares. Antes, antes de los huesos y la cara pintada de blanco, se dedicó a devolver lo que la vida le había regalado y así concluir el poema de Kavafis: “Ítaca te regaló un hermoso viaje. / Sin ella el camino no hubieras emprendido. / Mas ninguna otra cosa puede darte. // Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca. / Rico en saber y en vida, como has vuelto, / comprendes ya qué significan las Ítacas.” Y así, antes que el recio cáncer se lo llevara, creó el Taller Arte Papel, las Ediciones Toledo, el Instituto de Artes Gráficas, el Centro de las Artes San Agustín.

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