El túmulo de Kusch

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Somos tres, estamos en los veinte años y el mundo se abre nuevo, sin mácula -como el cuerpo; las luces iluminan todo con una transparencia que no tiene otoños ni inviernos. El Fiat 147 que manejo es viejo pero tiene un motor que canta una canción como no escuché otra. Somos tres amigos y viajamos hacia el norte, hacia la historia. Es sábado a media mañana cuando paramos en la feria de Simoca y nos veo, todas sonrisas, comiendo locro y la estatua brutal del Chango Rodríguez en medio de los nylons multicolores, la venta de sulkys, la fruta seca que compramos y mientras manejo uno elije trozos de Sobre héroes y tumbas y los regala mientras avanzamos por los mismos lugares que el cuerpo de Lavalle: “¿Sabés lo que le pasó? Vení. —Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches. — Mirá: son los restos de la legión de Lavalle en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío abuelo del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo… —Olmos es la traducción de Elmtrees. Porque abuelo estaba harto de que lo llamaran Elemetri, Elemetrio, Lemetrio y hasta capitán Demetrio. (Pareció reírse con un temblor, llevando su mano a la boca.) —Eso es, hasta capitán Demetrio. Harto estaba. Y porque se había acriollado tanto que lo fastidiaba cuando le decían el inglés. Y se puso Olmos, nomás. Como los Island se habían puesto Isla y los Queenfaith, Reinafé…”

Cuando llegamos a la iglesita de Huacalera nos quedamos turbados por el momento en que los hechos históricos te atraviesan. Vimos la blancura, el espacio vacío justo antes del altar donde habían depositado el cuerpo y rodeamos la capilla hasta el arroyo, ahí, donde Lavalle había sido descarnado: “No entendía nada: ¿un teniente inglés a las órdenes de Lavalle? ¿Cuándo? —La guerra civil, tonto. —Ciento setenta y cinco hombres, rotosos y desesperados, perseguidos por las lanzas de Oribe, huyendo hacia el norte por la quebrada, siempre hacia el norte. Y una mujer. Noche y día huyendo hacia el norte, hacia la frontera.”

Paramos en Tilcara, nos bañamos en la belleza de la quebrada de Jueya, debajo del pucará. Dos días después seguimos hasta Maimara (la estrella cayente) y en la siesta, cuando el calor hiere, caminamos los dos kilómetros que separan el pueblo del cementerio; leemos América profunda: “la verdad es tan subjetiva como la realidad. En este mundo, el mundo de las grandes ciudades y de las grandes masas colectivas, es indiferente saber si algo tuvo lugar realmente y de qué fenómenos históricos nos creemos los actores y los testigos. Lo que llamamos realidad es una utopía, la historia tal como nos la representamos y tal como creemos vivirla, con su sucesión de acontecimientos tranquilamente lineal, sólo expresa nuestro deseo de atenernos a cosas sólidas, a acontecimientos indiscutibles que se desarrollan en un orden simple al que el arte narrativo presta valor en provecho de la atractiva ilusión. Pero ya no somos capaces de experimentar la felicidad de la narración sobre cuyo modelo se constituyeron siglos de realidades históricas. Si vivimos, lo hacemos en un mundo de posibilidades y no ya de acontecimientos, mundo en el que no ocurre nada que se pueda contar”.

El que escribe es Rodolfo Kusch, y ahora busco alguien que diga quién fue; y encuentro: “A lo largo de su camino del pensar, Kusch señala la necesidad de re-encontrar el sujeto latinoamericano, es decir, a ese “hombre total”, que ha sido des-doblado y des-constituido desde la-s colonia-s.” Günter Rodolfo Kusch, filósofo, escritor, antropólogo argentino se adentró en nosotros y escribió diez ensayos brillantes (decía el filósofo cordobés Ignacio Palacios Hidalgo, que en Iberoamérica no era posible la filosofía porque el SER de Parménides nunca había entrado y, entonces, nuestra forma era el ensayo). Kusch fue seguido también olvidado- y ahí íbamos tres jovencitos en su búsqueda, una que tenía mucho de mítico, de error, de belleza.

Llegamos al cementerio y fuimos escalando la loma entre el polvo roto, las guirnaldas, las flores de plástico, las tumbitas de material, los nichos a medio terminar, el sincretismo desperdigado. Al llegar arriba, con la vista en las montañas de colores y Maimara incrustado contra ellas, nos paramos junto al túmulo de Kusch, un amontonamiento de piedras que creíamos contenía su pensamiento y su búsqueda. Nos emocionamos, Kusch en un humilde túmulo como los primeros cristianos: Pedro y Pablo. Kusch en un túmulo como el de la Señora de Cao, reina de los mochicas.

 
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