Quemando el sol

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

“Explosiones, grupos de gente corriendo por las calles, saqueos y uniformados reprimiendo son la postal de lo que ocurrió en los últimos días en las principales ciudades de Chile. El subsecretario del Interior del país vecino, Rodrigo Ubilla, informó ayer que la cifra de víctimas mortales desde el inicio del estallido social en el país asciende a quince. Asimismo, informó que detuvieron a 2.643 personas desde el estallido social. El aumento del precio del Metro de Santiago desató una oleada de protestas que con el paso de los días despertó el hartazgo de parte de la ciudadanía por las altas tarifas que pagan por otros servicios, el nulo reparto del sistema de pensiones o los deficientes servicios de salud pública, generando un estallido social sin precedentes en la historia reciente del país. En respuesta, el Gobierno decretó el estado de emergencia, en casi todas las regiones del país, cediendo la seguridad al Ejército y decretando toques de queda.”

Leo la nota de HOY DÍA CÓRDOBA y viajo a 1569 (como si fuera ahora), cuando el español Alonso de Ercilla escribió sobre esa tierra chilena: y el rebelde indiano castigado / y el reino a la obediencia reducido, / pasé al remoto Arauco que, alterado, / habla del cuello el yugo sacudido / y con prolija guerra sojuzgado, / y al odioso dominio sometido, / seguí luego adelante las conquistas / de las últimas tierras nunca vistas. Ercilla acompañó a los conquistadores de Chile, vio en primera persona el sometimiento (prolija guerra) y en su vuelta a Lima, a la capital del virreinato, en un viaje por mar (de Concepción al Callao) que tardaba dos meses, conoció a Fray Gil Gonzáles, fraile dominico, que enfrentaba a los conquistadores. Fray Gil, tenía una de las actitudes más radicales de la época, defendía el derecho de los araucanos (nuestros mapuches) a emprender una guerra defensiva y justa. En sus sermones Fray Gil les decía a los soldados imperiales que irían al infierno si mataban indios, y que estaban obligados a pagar todo el daño que hiciesen y todo lo que comiesen “porque los indios defendían causa justa, que es su libertad, casas y haciendas”. No es casual que el poeta Ercilla utilice la misma frase que el sacerdote dominico con el cual viajó y aprendió durante dos meses. Ya el Papa Pablo III había manifestado en la bula Sublimis Deus de 1535 que “la distancia ideológica de los que se negaban a abrazar la doctrina cristiana no era excusa para adueñarse de una partícula de sus haciendas.” Pero el punto inicial de la teorización sobre los derechos de los primitivos pobladores americanos, está dado por el también dominico Francisco de Vitoria. En una serie de conferencias solemnes llamadas “relecciones” en la Universidad de Salamanca, Francisco de Vitoria, el considerado fundador del Derecho Internacional y de la segunda escolástica que seguía a la de Santo Tomás, hablará que los aborígenes americanos son “señores de derecho”, esto le traerá un enfrentamiento con el emperador Carlos I (Carlos V), que luego comprenderá la posición denunciada por de Vitoria, lo que llevará al dictado de las Leyes de Indias, un adelanto para la época.

El poeta Ercilla publicó su magna obra La Araucana y la dedicó al rey español. Fue condecorado, desposó mujer rica y vivió vida de ricos hasta que murió (como todos); pero más allá de todos, sus letras siguen en molde (nos siguen, se adelantan a nosotros, nos hablan): Pues unos estranjeros (sic) enemigos / con titulo y con nombre de clemencia, / ofrecen de acetaros (sic) por amigos, / queriéndonos reducir a su obediencia; / y si no os sometís, que con castigos / prometen oprimir vuestra insolencia, / sin quedar del cuchillo reservado / género, religión, edad, ni estado...

En este punto de la nota iba a seguir contando de aquella épocas, pero no, tan solo Violeta Parra cantando, hablándonos: Cuando fui para la pampa / Llevaba mi corazón contento / Como un chirigüe / Pero allá se me murió / Primero perdí las plumas / Y luego perdí la voz / Y arriba quemando el sol // Cuando vide los mineros / Dentro de su habitación / Me dije mejor habita / En su concha el caracol / O a la sombra de las leyes / El refinado ladrón / Y arriba quemando el sol // Las hileras de casuchas / Frente a frente, si, señor / Las hileras de mujeres / Frente al único pilón / Cada una con su balde / Y su cara de aflicción / Y arriba quemando el sol…

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