Chá, ma-li-chá

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

«Es importante plantear la necesidad de formar un lector crítico desde la más tierna edad. Para ello es imprescindible eliminar aquellas pautas inamovibles que representan un criterio exclusivamente adulto. La apertura de modelos flexibles con una base cultural que apoye la proyección del yo del lector infantil permite el crecimiento y el reconocimiento de una auténtica personalidad, aunque debemos calificarla de “inicial”. Ante el pedido infantil ¿Me contás un cuento?, o ¿Qué puedo leer? se establece una relación que tiene su matiz preocupante si ese receptor o lector potencial queda sin respuesta. La literatura infantil es, en sí misma, un semillero de estímulos que los adultos tienen que aprender a manejar, como una forma de combatir la indiferencia, o también para combatir actitudes negativas, ya deliberadas, ya por desconocimiento, que pueden desembocar en la abolición del placer de la lectura.

Lo que llamamos “espacio literario” (según terminología de Maurice Blanchot) implica, por un lado, la escritura como un acto posible; y por otro lado, la exigencia de ser leída. Espacio donde los roles protagónicos cambian de lugar (autor, mensaje, receptor), donde la obra de creación deja de sentirse “inacabada” para convertirse en su propia realización… Ese espacio, decimos, debe ser ocupado por la lectura (mirar, escuchar, leer). Por parte del adulto se trata de cubrir ese lugar, que está situado entre la apetencia (del potencial lector) y la satisfacción (procurada por la mediación). De ahí que “enseñar a leer”, más allá de las técnicas preestablecidas, significa dar una respuesta válida a ese espacio; a partir de esa confluencia de intenciones, “el escritor ya es la intimidad naciente del lector infinitamente futuro”. Reconocemos que el proceso es singularmente complejo.»

Leo el tercer capítulo de La literatura infantil en la escuela de María Luisa Cresta de Leguizamón, la admirada Malicha Leguizamón. Ese capítulo es titulado Buscar el espacio para el placer de leer. He vuelto a Malicha cuando el poeta León Vargas me contó que habían cerrado, en el Cabildo, el espacio de lectura infantil que llevaba su nombre. Ese espacio de literatura infanto juvenil tenía una amplia biblioteca juntada en los años. Iban niños y estudiantes a formarse. Tenía mobiliario propio y se producían presentaciones, charlas y lecturas.

Frente a mí veo una hermosa antología de Malicha publicada por nuestra editorial Comunicarte: La caperucita roja de Córdoba y de cómo el lobo no pudo con ella. León me cuenta que Malicha era una persona amabilísima, con un conocimiento profundo de la literatura y del mundo literario de Córdoba al que estudió. Era una gran divulgadora que tuvo programas de radio y paseó su voz por encuentros y ferias de libros. De sus alas crecieron grandes escritoras cordobesas como Graciela Bialet, Perla Suez y Teresa Andruetto y lugares míticos que aún nos nutren como el Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil, el Cedilij.

Malicha nació en Paraná, fue poeta, narradora, ensayista. Se formó y trabajó junto a Fryda Shultz de Mantovani, Juan Mantovani y Antonio Sobral. Se la considera una de las investigadoras, defensora y difusora más importantes de la literatura infanto juvenil latinoamericana. Algunas de sus obras: De todo un poco, El niño, la literatura infantil y los medios de comunicación masivos; Córdoba y sus alrededores, Historia de Mirandolina. En 1988 Malicha fue la primera mujer en la historia de la UNC en ser distinguida como Profesora Emérita. Falleció en 2002, a los 92 años. Antes, antes de la Dictadura (cuando los tentáculos ya se estiraban), uno de sus cuatro hijos, Ramiro, fue asesinado. Ella con su familia pagó exilio hasta la vuelta de la democracia.

Googleo, veo una foto de Malicha en una mecedora blanca. En las manos sostiene su libro Lo que sabía mi loro y, detrás (debo agrandar la imagen para ver los detalles), hay una biblioteca con discos, libros y una multitud de muñequitas con trajes típicos de distintos países (amaba viajar).

Vuelvo al ensayo, nos dice Malicha: «…la capacidad lectora, adquirida por diferentes metodologías, no es un tecnicismo más en el desarrollo del niño. Con esto queremos asentar un principio vertebrador que no abandonará nunca (o no debería abandonar) la función del docente: que el niño no crea que “leer” es solamente “descifrar” caracteres, con más o menos habilidad… …El concepto de aprendizaje de la lectura tiene su natural correlato, la formación del lector. En consecuencia, todo cuanto se haga para promover e incentivar esta conducta, la conducta lectora, debe iniciarse cuanto antes, y teniendo en cuenta este primordial objetivo: el placer de la lectura, o si se quiere, la lectura como placer.»

 
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