Antípodas

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca  

Cruzo el portón de las rejas majestuosas, aprieto el play del celular (ya tengo los auriculares puestos), camino por el parque dejándome llevar por las Gymnopedies de Erik Satie, por los recuerdos. Entro al Museo Ferreyra, es miércoles, gratis (otra maravilla en este mundo de aire caro). Sé donde debo ir, qué quiero ver, igual me niego, vago en esa recomendación de Guy Debord sobre la “deriva” como movimiento sin un fin, tan solo la sapiencia de la recepción de lo que (inevitablemente) va a ocurrir. El rabillo del ojo me deja ver la escalera forrada de cuero negro, la intervención con blindex y ahora la escalera clásica con el salón que sigue y otra escalera alineada y arriba, sobre el balcón, una inconfundible obra de Eduardo Moisset de Espanés.

Los pianos de Satie siguen en mis oídos alejándome (y acercándome) el mundo y los pensamientos. Recuerdo sus obras, la risa que hay en sus títulos: Tres fragmentos en forma de peras, Piezas refrigeradas, Tres aires para huir, Dos preludios para un perro, Embriones disecados, Españañá. Satie dijo: Que su emoción sea suave... Y también escribió: He aprendido siempre mucho más de los pintores que de los músicos. Y alguna vez musitó: El único propósito de esta música es proveer de un fondo sonoro para las poses plásticas de Picasso. Y antes: Cuando era joven me dijeron “Ya lo verá usted cuando tenga cincuenta años”. Ahora tengo cincuenta y aún no he visto nada... Y todo esto lo hacía (según él): Con convicción y una tristeza rigurosa. Y también: Como un ruiseñor con dolor de muelas. Satie murió en 1925 por el alcohol. Nadie, nunca, en veintipico de años, había entrado a su humilde pieza en la periferia de París. Cuando uno de sus amigos lo hizo, dijo que había “cosas como una colección de cien paraguas, los trajes de terciopelo que siempre usaba, dibujos de castillos medievales, el cuadro que Suzanne Valadon (digamos que su único amor público) había pintado de Satie; miles de páginas de textos y partituras que no se habían publicado...”

Sigo en la deriva. Me encuentro (me choco) con Lá Mariana del Val, directora del museo que entre sus pelos volados y su risa contagiosa me cuenta historias que se entremezclan con el piano y las escaleras de los Ferreyra que son las de la novela de Kafka. En las palabras de Mariana hay una velocidad única, una lucha por expresar lo que su cabeza genera a borbotones que hace que las palabras se apretujen, se contraigan, se vuelvan taquigrafía. Caminamos (derivamos), vamos bajando al subsuelo y en medio de la escalera, a mitad de la larga tirada de palabras de Mariana rescato un: “es nuestro Guernica” y su dedo Mariana me señala (frente a nosotros, como una inmensa columna plana) un cuadro de colores feroces. Quedo anonadado, me acomodo sin ningún pudor en un escalón y observo por largos minutos.

Ahora, para esta nota, le mando Whatsapps a Mariana que me responde con audios repletos de sonidos de fondo, con una seriedad y generosidad que emocionan: “Esa obra ingresa a la Colección de Ika-Renault porque sacó el segundo premio de la Bienal de 1966. Se titula “Antípodas” y mide 148 cms. por 396 de alto. Es un acrílico sobre tela, un díptico. Me preguntás por qué es nuestro Guernica, pero antes hay que preguntarse ¿qué sería un Guernica? Porque esa obra de Picasso es un hito dentro de la construcción simbólica del pensamiento. El Gobierno de España trabajó fuerte en su promoción para que se convirtiera en icónica. Por esa difusión, por esa creación del mito, es que una obra deja de ser lo que era para pasar a ser un referente. Pienso que Antípodas es nuestro Guernica por su poder simbólico en contra de la guerra y la maldad del hombre. Es una obra que trabaja sobre los supuestos de la guerra desde un volver a la figuración; un retorno desde lo desgarrador de la conciencia humana. Es una obra que se construye a partir de una gran cantidad de bocetos y variaciones; que le propone al espectador descubrir, en esa simbología, lo que está ocurriendo en algo que es, para mí, cielo e infierno.

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