La batalla cultural o cantando en las letrinas

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

En los años ochenta se escuchaba decir que la batalla cultural la habíamos ganado. Veníamos de los tiempos atroces de la dictadura. América Latina se levantaba en efecto dominó y florecían nuevamente las democracias. Luego tras la caída del muro de Berlín, símbolo indiscutible de la tensión entre la URSS y los Estados Unidos, llegó lo que algunos denominaron globalización. ¿Y la batalla cultural? ¿Cómo nos fue a nosotros con la batalla cultural? Más allá de los posicionamientos políticos de cada uno/a creo que ha llegado el tiempo en el que nos preguntemos por la cultura en nuestro país y particularmente aquí en Córdoba. Podríamos estar o no estar de acuerdo en el término “batalla” pero evidentemente es el término “cultura” el que se nos escapa de las manos. ¿Qué decimos cuando decimos cultura? ¿Entendemos lo mismo?

Hay algunos aspectos románticos de la cultura que me permito recordar. Romántico en el sentido del romanticismo, pero incluso creo ser injusto. Hay sentidos entrañables, es decir, hondos y profundos para los hombres y mujeres de la cultura como es el caso que relata Pablo Neruda sobre el poeta turco Nazim Hikmet:
“A Nazim, acusado de querer sublevar la marina turca, lo condenaron a todas las penas del infierno. El juicio tuvo lugar en un barco de guerra. Me contaban cómo lo hicieron andar hasta la extenuación por el puente del barco, y luego lo metieron en el sitio de las letrinas, donde los excrementos se levantaban medio metro sobre el piso. Mi hermano el poeta se sintió desfallecer. La pestilencia lo hacía tambalear. Entonces pensó: los verdugos me están observando desde algún punto, quieren verme caer, quieren contemplarme desdichado. Con altivez sus fuerzas resurgieron. Comenzó a cantar, primero en voz baja, luego en voz más alta, con toda su garganta al final. Cantó todas las canciones, todos los versos de amor que recordaba, sus propios poemas, las romanzas de los campesinos, los himnos de lucha de su pueblo. Cantó todo lo que sabía. Así triunfó de la inmundicia y del martirio. Cuando me contaba estas cosas yo le dije: hermano mío, cantaste por todos nosotros. Ya no necesitamos dudar, pensar en lo que haremos. Ya todos sabemos cuándo debemos empezar a cantar”.

La anécdota que relata el poeta chileno es hermosa y terriblemente dura al mismo tiempo. Asistimos, en el relato, a una escena de tortura de la que el poeta turco logra asir la belleza, apoyarse en ella y transformar de algún modo la realidad. En definitiva, no dejarse vencer. ¿Cabe o no cabe hoy preguntarnos cómo anda nuestra batalla cultural? Tal vez no en el sentido de la ganancia y de la pérdida pero sí en el interrogante de saber si hemos profundizado o hemos retrocedido volviéndonos una sociedad más superficial. El papel de los medios es clave en este caso. La discusión acerca de lo popular o lo perteneciente al pueblo terminó confundiéndose con lo masivo y exitoso. ¿Es lo masivo necesariamente popular? ¿No hay muchas veces una subestimación del pueblo en los discursos políticos, culturales y periodísticos? Habrá que preguntarnos acerca de la cultura, tanto en sentido estricto, como en sentido amplio, porque los espacios vacíos no existen. Lo que sí existe es la falta de idoneidad y la nivelación hacia abajo que genera sí, discursos vacíos. A nivel editorial por ejemplo, es clave la reflexión del editor franco americano André Schiffrin que siendo despedido después de treinta años (fue uno de los descubridores y propulsores de Foucault, entre otras cosas) fundó su propia editorial: The new press. Su denuncia era clara, la economía y el mercado ya no permitían hacer libros serios. Y comparó a los libros con la comida chatarra. La comida chatarra es alimento, claro, pero no alimenta. ¿Cabe entonces preguntarnos con qué nos alimentamos culturalmente? Tiremos de una de las puntas del ovillo: en Córdoba –y es un tema ríspido, discutible y jorobado- ¿no habría que preguntarnos acaso por el tema del cuarteto? ¿Se puede sostener la perspectiva de género allí? ¿Es masivo o es popular? ¿Necesitan los gobiernos visibilizar ese aspecto de la cultura? ¿Cuánto dinero se invierte allí? Como toda actividad cultural encontraremos pros y contras. No se trata de estar a favor o en contra, la cuestión es si nos animamos a pensar, a poner en cuestión, a pulir el acontecimiento para sacar su luz más brillante pero también a dejar atrás sus riesgosas oscuridades.

¿No se habrá vuelto nuestra vieja batalla cultural una cultura de la batalla? ¿Tal vez una cultura con los fundamentos erosionados por la superficialidad?
Leopoldo Marechal en su libro Heptamerón sugiere de alguna manera un camino que parece necesario: “Es un trabajo de albañilería/ ¿Viste los enterrados pilares de un cimiento?/ Anónimos y oscuros en su profundidad,/ ¿no sostienen, empero,/ toda la gracia de la arquitectura?/ Hazte pilar, y sostendrás un día/ la construcción aérea de la Patria”.

¿Hemos ganado o perdido la batalla cultural? ¿Sabremos cuándo debemos empezar a cantar?

 
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