Aguafuerte de Paulina Cruzeño

El centinela ciego | Por Leandro Calle

“Entre calles de tierra y el cielo violeta unas pocas casas con veredas blancas y rojas como un tablero, asoman. En el patio antes del campo infinito Fauna se mete en la pileta de lona”. Así comienza el cuento de Paulina Cruzeño, narración onírica, condensada en muy pocas palabras y con una fuerte carga simbólica. Toda la atmósfera del cuento, su tono, sus personajes (Fauna, Hierofante y Atila, los más importantes) tienen una valoración dual. Como todo lo onírico muestran una cosa y representan otra u otras. El acierto en este breve, brevísimo y condensado cuento es que la autora logra que el lector entre en el clima de esa dualidad. En esas aguas, las aguas de “Aguafuerte” el lector se vuelve anfibio. Puede –si lo desea- arriesgarse e interpretar los sueños. Lo cierto es que estamos en el tono del umbral, en los límites de la tierra y el cielo. De algún modo, el paisaje pampeano, la extensión de la llanura, los grandes atardeceres, siguen teniendo presencia en la autora de “Italó”. Ya desde el título, “Aguafuerte” existe una connotación doble: la metodología artística del grabado y el ensamble, la conjunción de dos palabras: el líquido vital y la fuerza. Luego aparece un perro parecido a una cabra, las aguas saladas y las aguas dulces, Atila que mira para arriba y Fauna que mira para abajo, un agua que viene del cielo y otra que viene de la tierra, lo dentro y lo fuera del sueño. Todo ese universo dual que construye Paulina Cruzeño tiene como epicentro una pileta de lona donde Fauna se “baña/ahoga”. La pileta de lona es un continente. La palabra también lo es. La literatura también. Por cierto, la factura del libro tiene que ver con esta dualidad. El libro es un libro objeto compuesto por lenguaje literario (Cruzeño) y lenguaje plástico (Acuarelas de Paola Cervio). Asimismo, el objeto está conformado por dos partes: un librito pequeño, bello “sumergido” en una especie de estuche que al abrirlo, es una pileta de lona en papel. Todo este diseño de arte libresco viene de “Ediciones Galáctico Flâneur” y es “made in Córdoba”.

La pregunta viene naturalmente cuando nos adentramos en la lectura: ¿dónde estamos? ¿En el sueño de una niña? ¿En el sueño de una autora? Porque de repente conforme vamos leyendo esta breve narración estamos perdidos en ella y chapoteamos en el agua, nos hundimos y ya no sabemos si estamos dentro o fuera del cuento y hay que volver a empezar, remitirnos al principio para tratar de tomar el hilo de Ariadna. En este sentido es interesante cómo se construye un laberinto con el agua. “Su padre le ha explicado (a Fauna) que la reunión del agua y la electricidad tienen mala reputación” y más adelante: “Los chimangos también tienen mala reputación: se comen a los muertos”. Esta repetición (de nuevo la dualidad) parece salir un poco del relato y a mi entender es también una pista. Yo lo leí desde Georges Brassens “La mauvaise reputation” que en castellano (La mala reputación) inmortalizó el cantautor español Paco Ibañez. No pretende ser un dato de erudición. Lo que quiero decir es que la que tiene mala reputación es la niña o la autora. Que hay que cuidarse de estas “chicas de Italó”, nacidas allá entre una provincia y otra, sabias en estas dualidades que logran mostrarnos la punta del iceberg a sabiendas de que hay más, que eso que vemos esconde una gran masa de significado. Como dice la canción traducida de Brassens: “En mi pueblo sin pretensión tengo mala reputación”. La literatura, debería tenerla. Al menos, creería que es sano cuando los cuentos nos desinstalan de la comodidad patética y superficial que el mercado nos otorga.

Hans-Georg Gadamer en su célebre libro “Verdad y método” brinda una interesante definición etimológica de “símbolo”: “Símbolo, es en principio, una palabra técnica de la lengua griega y significa “tablilla del recuerdo”. El anfitrión le regalaba a su huésped la llamada “tessera hospitalis”; rompía una tablilla en dos, conservando una mitad para sí y regalándole la otra al huésped para que, si al cabo de treinta o cincuenta años vuelve a la casa un descendiente de ese huésped, puedan reconocerse mutuamente juntando los dos pedazos. Una especie de pasaporte en la época antigua; tal es el sentido técnico originario de símbolo. Algo con lo cual se reconoce a un antiguo conocido”.
La literatura, como símbolo, podríamos entonces decir que es como esa mitad de la tablilla, que el autor arroja (la palabra símbolo viene del verbo “ballo” que significa arrojar en griego) al lector. Ese encuentro entre autor y lector a través de la literatura, en este caso el cuento, la pileta de lona, la tablilla para los antiguos, es el que permite el re-conocimiento. Fuertes son las aguas que vienen de Italó. Tan mala reputación tienen que cuando caemos en ellas tocamos la belleza.

 
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