El compromiso de un poeta revolucionario

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Hace un par de semanas ha fallecido Ernesto Cardenal: poeta, sacerdote y revolucionario sandinista. En todo el mundo resonó su muerte como la partida de una de las grandes figuras de la cultura latinoamericana. Su obra poética consta hoy de tres gruesos tomos. Desde sus primeros poemas de tono amoroso, podemos encontrar tres líneas (entre otras) que se mantienen y sostienen su decir poético a lo largo del tiempo: Dios, la revolución y el universo. Admirador de Ezra Pound, sus últimas publicaciones son largas “cantigas” (así las llama el poeta) que dan cuenta de su admirado maestro.

Reconocido mundialmente en el ámbito poético por “Oración por Marilyn Monroe”, Ernesto Cardenal, logra allí, un conjunto armónico y bello de ternura, realidad y mística.
Contrario modo de lo que se piensa, lo que hace de la poesía de Cardenal una poesía empapada de realidad social y política, no es el mero discurso (tan habitual en cierta poesía militante) sino el compromiso del sujeto. Él es un ser comprometido con la historia de Nicaragua y América latina, por eso su poesía expresa, de algún modo, lo que no es otra cosa que una coherencia de vida. Su vivir, hacer y poetizar.

Ernesto Cardenal formó parte, junto con su hermano, el jesuita Fernando Cardenal, del gobierno de la revolución sandinista, que logró la caída del dictador Somoza y la gestación de una Nicaragua libre. Ernesto fue ministro de Cultura, y Fernando ministro de Educación. Daniel Ortega, el actual presidente de Nicaragua, fue integrante de aquella revolución y de la junta de gobierno.

Como suele pasar con todas las revoluciones, la cuestión comienza el día después. ¿Qué se hace cuando se llega al poder? Y es aquí donde brilla la coherencia del “poeta trapense de Solentiname”, para nombrarlo con una canción de los hermanos Mejía Godoy. Albert Memmi, escritor tunecino de origen judío, escribió a fines de los 50 “Retrato del colonizado” y “Retrato del colonizador”; de algún modo preparaba y se adelantaba a las grandes independencias africanas que, en su mayoría, acontecieron en 1960 (con excepción de las colonias portuguesas que se independizaron en 1975, y algunos países del Maghreb en los 50). Pasados los años independentistas, Albert Memmi, vuelve a la reflexión con un libro que se llamó “Retrato del descolonizado”, en el año 2004. Allí comenta: “Yo sostengo que la desdicha actual de las poblaciones del tercer mundo no provienen solamente de la acción continuada de los antiguos colonizadores, sino principalmente de los nuevos dirigentes, de los que yo denuncié la corrupción y tiranía, que entretenían una pobreza paradojal, incluso en los países ricos, el estancamiento de las costumbres y la migración en masa”.

Esto que resulta común para casi toda África, tiene que ver con América latina. Pasados los crueles bloqueos económicos, la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, “Nuestra América” sigue hundida en la pobreza y la violencia. El Daniel Ortega de la revolución no es, ciertamente, el mismo Daniel Ortega que hoy es presidente. Y Cardenal no silencia la verdad: en uno de los gruesos tomos de “La revolución perdida” -sus memorias- podemos leer este párrafo de cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional – FSLN pierde las elecciones: “Hasta entonces ninguno de los dirigentes había poseído a su nombre propiedades o capital. Ni siquiera las casas donde vivían eran de ellos. El Frente Sandinista, que pasó directamente de la guerrilla al poder, tampoco tenía ningún bien legalizado ni ninguna renta, y al convertirse en un partido de oposición iba a necesitar medios materiales. Apresuradamente se transfirieron edificios, haciendas, empresas, fábricas y toda clase de bienes del Estado a dirigentes que iban a administrarlos para el FSLN; pero se quedaron con ellos… Así fue como la mayoría de los miembros de la Dirección Nacional (aunque no todos) y otras autoridades del partido o altos funcionarios del Gobierno y líderes sindicales se quedaron con cuentas bancarias, casas, vehículos, empresas comerciales, supermercados, haciendas cafetaleras y ganaderas, ingenios de azúcar, fincas bananeras, restaurantes, televisión, radios, empresas comercializadoras de carne y de banano y empresas financieras y bancarias. El pueblo fue ajeno a todo esto.”

Tal vez por esta coherencia entendemos por qué, en el mismo sepelio del poeta, entraron algunos dirigentes y armaron un escándalo allí donde la gente quería despedir a un hombre profundamente comprometido con la causa revolucionaria. “En la revolución, decía Cardenal en sus memorias, no había millonarios; ahora hay millonarios”.

Unos meses antes de la muerte, el papa actual, Francisco, lo rehabilitó en su sacerdocio (discutible y sospechosa manera de moverse, muy habitual en Jorge Bergoglio, que parece hacer siempre leña del árbol caído). La distancia con la institución eclesial aconteció en particular a partir de la visita de Juan Pablo II: la foto del papa polaco retando con un índice aleccionador a un Ernesto Cardenal de rodillas dio la vuelta al mundo. Era algo previsible. Cualquier olorcito a marxismo o socialismo ponía nervioso a aquel papa que había colaborado directamente con la caída del comunismo. Pero, como dice el gran teólogo Gustavo Gutierrez, “entre cristianismo y revolución, no hay contradicción”.

Todos estos aspectos –digamos, pasajeros y lamentables- en la vida de Ernesto Cardenal quedan muy -pero muy- pequeñitos al lado de la obra inmensa que nos deja, fruto de su compromiso hondo con el pueblo y con el evangelio.

Creo que estos versos de Juan Gelman son los adecuados para decirle adiós a uno de los poetas más importantes del siglo XX en América latina: “Nosotros arrastramos los pies en ríos de sangre seca, almas que se pegaron a la tierra por amor, no queremos otros mundos que el de la libertad, y esa palabra no la palabreamos porque sabemos hace mucha muerte que se habla enamorado y no del amor, se habla claro, no de la claridad, se habla libre, no de la libertad”.

 
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